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Hasta medianoche… y un poco más

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Adrian llevaba rato mirando la pantalla del celular sin parpadear. El correo de sus papás seguía abierto y cada vez que lo leía sentía que el estómago se le hacía nudo.

Hijo, ya reservamos mesa para el sábado a las 8. Queremos conocer de una vez a esa novia de la que tanto hablas. No faltes, por favor.

Había mentido.

Había mentido durante meses. Cada vez que su mamá le preguntaba si ya tenía a alguien, él inventaba detalles: que se llamaba Diana, que era alta, castaña, inteligente y un poco tímida. Que se habían conocido en la universidad. Que todo iba muy bien entre ellos.

El problema era que no existía ninguna Diana.

Y menos aún tenía plata para pagarle a alguien que fingiera ser su novia por una noche.

Estaba con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos cuando se escuchó la llave en la puerta. Dylan, su roomie y mejor amigo desde el primer semestre de la universidad, entró tirando la mochila al sillón.

—Otra vez con esa cara de velorio —dijo mientras abría el refri—. ¿Qué pasó ahora?

Adrian le pasó el celular sin decir nada. Dylan leyó el correo en silencio y después soltó un bufido.

—Joder, hermano. Te la buscaste solo.

—Lo sé. ¿Tienes alguna idea que no sea “diles la verdad y que te deshereden”?

Dylan se quedó pensativo unos segundos, con la nevera todavía abierta. De pronto chasqueó la lengua y la cerró.

—¿Te acuerdas de ese libro raro que encontramos en la biblioteca del sótano el último semestre de la universidad? El que hablaba de transformaciones y pura brujería barata.

—El que usamos de posavasos porque pensamos que era una mierda…

—Exacto. A ver si encontramos algo que sirva.

Pasaron casi dos horas revolviendo foros viejos, capturas mal traducidas y páginas que parecían sacadas de los 2000. Al final dieron con un hechizo corto, escrito en un latín todo chueco. El efecto prometía transformar a una persona en mujer hasta la medianoche, “igual que la Cenicienta”. Al final había una nota casi borrada:

Si el transformado recibe semen antes de la última campanada, el efecto podrá extenderse varias horas más.

Dylan se rio por lo bajo.

—Esto tiene que ser una estafa. Pero bueno… si de verdad funciona, me debes unas cervezas. Y si no funciona, al menos nos reímos un rato.

Se miraron. Adrian estaba desesperado. Dylan, como siempre, demasiado dispuesto a hacer pendejadas por él.

—Hazlo —dijo Adrian finalmente.

Dylan se encogió de hombros, leyó las palabras en voz alta y bebió el vaso de agua con la sal y la gota de sangre que pedía el ritual (un simple pinchazo en el dedo).

Durante tres segundos no pasó nada.

Después el aire se puso denso. Dylan se dobló sobre sí mismo con un jadeo raro. Su cuerpo se suavizó, se curvó, se llenó de formas que no debería tener. Cuando levantó la cabeza, el cabello castaño le caía en ondas suaves hasta la mitad de la espalda. El pecho se había llenado con dos senos firmes. Las caderas se habían ensanchado. Y entre las piernas… ya no quedaba nada de lo que había antes.

Dylan —ahora Diana— se miró las manos temblando.

—…No mames.

Adrian se había quedado completamente duro.

—Funcionó —susurró.

Diana se tocó el pecho con incredulidad y después soltó una risa nerviosa, todavía con la voz un poco más aguda de lo normal.

—Soy una vieja. Y encima estoy buena, ¿eh? Mírate la cara, pendejo.

Esa noche, en el restaurante, todo salió mejor de lo que cualquiera de los dos esperaba.

Adrian presentó a “Diana” con una soltura que ni él mismo se creía. Ella sonreía con una timidez calculada, respondía con inteligencia y de vez en cuando le agarraba la mano debajo de la mesa cuando la mamá de Adrian hacía demasiadas preguntas. Los papás quedaron encantados. La cena fluyó, las risas salieron naturales y por un rato casi olvidaron que todo era mentira.

El problema llegó cuando el papá de Adrian decidió que se iban a quedar al espectáculo de medianoche del restaurante.

Diana miró la hora en el celular debajo de la mesa. 23:41.

Se inclinó hacia Adrian y le habló bajito, casi rozándole la oreja:

—Nos quedan diecinueve minutos. Si no hacemos algo, me convierto en tu roomie otra vez en medio del postre.

Adrian sintió que se le helaba la nuca.

—No nos da tiempo de irnos…

Diana lo miró. Había algo distinto en sus ojos. Un calor raro, urgente, que no estaba ahí hace una hora.

—Entonces vamos al baño. Ahora.

El baño de hombres estaba vacío. Entraron a la cabina del fondo y apenas cerraron la puerta, Diana empujó a Adrian contra la pared y se subió a su regazo, levantándose el vestido.

—Bájate los pantalones —le dijo, con la voz ya entrecortada.

—Dylan, espera, esto está…

—No hay tiempo —lo cortó, rozando ya la verga semidura de Adrian con el coño caliente y empapado—. La última hora… el libro no mentía. Me estoy volviendo loca. Por favor.

Adrian no pudo negarse. Se bajó los pantalones como pudo. Diana se guió sola y se sentó de un solo movimiento hasta el fondo. Lo cierto es que el libro decía que en el último cuarto de hora la persona transformada experimenta un deseo sexual descomunal antes de volver a cambiar.

—Ah… qué rico, cabrón… —gimió ella, empezando a cabalgarlo con un ritmo desesperado—. Me encanta cómo te sientes adentro…

—C-callate… —jadeó Adrian, agarrándole la cintura con fuerza—. Todo esto… ngh… todo esto es tu culpa…

Diana se rio entre gemidos, moviéndose cada vez más rápido, como si llevara años sabiendo exactamente cómo montar una verga.

—Sí, sí, mi culpa… ahora cógeme de verdad. Quiero que me des por atrás antes de que se acabe el tiempo.

Se acomodaron como pudieron en el espacio tan chico. Diana se apoyó en la puerta estando al pendiente de que nadie llegara mientras ponía el culo en alto. Adrian la penetró de una embestida profunda. Los dos soltaron un gemido ahogado al mismo tiempo mientras Adrian comenzaba a mover rápidamente sus caderas.

Entonces la puerta principal del baño se abrió.

Se escucharon pasos. Alguien se acercó a los lavamanos.

Diana se mordió el labio con fuerza, intentando callarse. Cada embestida de Adrian la volvía más loca. Sus manos temblaban mientras intentaba mantener la puerta de la cabina cerrada. Mientras movía sus caderas Adrian empezaba a despertar un sentimiento sutil de satisfacción, en cierta forma tenía la sensación de que todo el tiempo les contó a sus padres de “Diana” en realidad estaban basadas en Dylan, y que ahora estuvieran en esa posición se sentía tan natural que se olvidó por completo de que la mujer que estaba recogiendo fue alguna vez su mejor amigo, en ese momento era una hembra, su hembra.

Mientras tanto Dylan sentía el placer más grande de su vida y al mismo tiempo la idea de poder ser vista en un estado tan patético para cualquier hombre con algo de orgullo sólo la ponían más caliente y en esa distracción soltó la puerta por un instante. El seguro era una mierda. La puerta se abrió un poco y ella la empujó de nuevo con los dedos ya flojos del placer, apenas podía soportar no gritar a todo pulmón el nombre de Adrián y gemir como una zorra.

De algún modo consiguió aguantar hasta que el sujeto salió del baño, fue cuando finalmente pudo dejar salir un gemido de éxtasis marcando como su cuerpo le gustaba ser dominado.

—Más rápido —susurró, casi llorando de necesidad—. Quedan minutos… córrete en mí… márchame…

Adrian no aguantó más. La giró, la puso de rodillas y se corrió justo donde ella quería: en la boca y en la cara. Diana recibió todo con un placer profundo, gimiendo bajito mientras el semen le escurría por la barbilla.

—Así… —susurró con la voz ronca—. Ahora sí soy tu mujer por un rato más.

Se limpiaron como pudieron con papel de baño y jabón de manos, se acomodaron la ropa y salieron intentando parecer normales. Volvieron a la mesa justo cuando empezaba el espectáculo. Los papás de Adrian no notaron nada… o al menos fingieron no notarlo. El resto de la velada fue agradable para todos y los padres de Adrian se retiraron sabiendo que su hijo había encontrado a una mujer.

Más tarde, ya en el departamento, los dos se quedaron mirando el reloj del microondas.

La medianoche había pasado hacía casi una hora. Diana seguía siendo Diana.

Se miraron en silencio un segundo. Después, sin decir casi nada, se quitaron la ropa otra vez.

Esa noche cedieron ante sus mas bajos instintos y como unos salvajes tuvieron sexo a mas no poder, extendieron el hechizo lo suficiente como para que durara una semana entera.

Claro que, ninguno de los dos se quejó.

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