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Mentiras Verdaderas: El Castigo Para un Mentiroso

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Juan era un joven de 23 años que vivía solo en su departamento. Trabajaba de forma remota, por lo que pasaba el día entero frente al monitor. En sus ratos libres le gustaba ser un troll de internet: tenía una cuenta falsa en la que se hacía pasar por una chica caliente con un gran trasero. Convencía a los hombres de que era real mediante fotos generadas con inteligencia artificial y editadas en Photoshop. Tenía el perfil, el carisma y la apariencia perfecta. Su estafa se completaba cuando las víctimas enviaban pagos a cuentas de terceros casi imposibles de rastrear.

Pero todo lo que sube termina por caer. Una mañana llegaron a su puerta dos sujetos de aspecto aterrador. Afirmaron que buscaban a Juan porque había sido convocado a una reunión con el señor Yoshida. Evidentemente Juan se negó, pero aquellos hombres no habían venido a pedir nada con amabilidad. En solo tres segundos lo noquearon con un golpe certero y se lo llevaron en una camioneta a un lugar desconocido. Juan había perdido el conocimiento por lo que no podía saber cuánto tiempo estuvo inconsciente o cuanto tiempo fue el viaje. Lo cierto es que no podían ser solo un par de horas, él tenía la sensación subconsciente de haber estado dormido por días.

Horas después, cuando despertó, se encontraba en una habitación desconocida, completamente inmovilizado. No podía mover la cabeza ni un milímetro. El terror le helaba la sangre cuando de pronto entró un hombre joven y adinerado con aspecto intimidante, sus brazos eran robustos y sus hombros anchos emanaba de él una presencia sofocante, sus manos tenían tatuajes y su rostro una ligera cicatriz, en efecto su propia imagen revela su profesión, era un auténtico líder de la mafia. Aquel hombre se presentó como el señor Yoshida y le dio la cordial bienvenida. Comenzó a hablar de cuánto detestaba las mentiras y a los mentirosos. En ese instante mientras él hablaba Juan lo entendió todo: una de sus estafas había caído alguien con quien no se debía jugar. Tenía frente a él a un miembro de alto rango de la mafia japonesa, y estaba allí precisamente porque lo había estafado.

Con lágrimas en los ojos intentó disculparse, pero tenía la boca tapada. Al escuchar sus gemidos ahogados, Yoshida ordenó que le permitieran hablar. Cuando le quitaron la mordaza, Juan exclamó:

—Lo siento, no era mi intención… ¡no me hagas daño, por favor!

Fue entonces cuando se percató de que su voz sonaba diferente, pero extrañamente familiar. Impactado, cayó en cuenta de que era la misma voz artificial que usaba para engañar en sus estafas.

—Traigan un espejo —ordenó el señor Yoshida.

Lo único que Juan pudo ver reflejado era el avatar que utilizaba para estafar a las personas. Era imposible. No había señales de cirugías ni nada parecido. ¿Cómo era posible esto? Esa pregunta daba vueltas en su cabeza mientras, con horror, comprendía que se había metido con la persona equivocada. En un desconsolado silencio se arrepentía profundamente de sus acciones. Aquella cara de terror complació al señor Yoshida, quien ordenó pasar a la siguiente fase. Sus hombres se acercaron a Juan y le inyectaron una jeringa que lo dejó profundamente dormido.

Al despertar, Juan se sentía extraño. Al principio experimentó un profundo alivio al pensar que todo había sido un sueño, pero la realidad fue mucho más cruel. Aquella pequeña esperanza se desvaneció al ver dos senos grandes colgando de su pecho, diciéndole claramente: “esto es real”.

Juan estaba en un espacio desconocido, a simple vista parecía ser solo una casa, bastante bonita por cierto, en la cabecera de la cama encontró una muda de ropa con indicaciones de ponerse presentable, esperando cubrirse un poco se colocó las bragas ahí puestas pero rehusandose a usar el sujetador lo hizo a un lado con un ligero rubor de vergüenza en sus mejillas. Un teléfono sonó en ese preciso momento, ese sonido tan motivador hizo que olvidara por completo su desnudes y con las tetas al aire corrió en busca de comunicarse con alguien que le pudiese ayudar. Al salir de la habitación apoyándose de las paredes por la falta de costumbre a su nuevo centro de masa, se las arregló para llegar al telefono ubicado en la mesa de la sala

(Es un poco extraño que no haya nadie más aquí) pensó para sí mientras caminaba

Desesperado, quiso pedir ayuda, decirle que llamara a la policía o algo, pero antes de siquiera poder decir una sola palabra, la persona detrás de la llamada habbo, y Juan solo escuchó palabras inentendibles en un idioma desconocido.

—こんにちは、ユミコさんはいらっしゃいますか? (Hola, ¿se encuentra la señorita Yumiko?)

Sin entender nada, intentó responder que no hablaba el idioma, pero su mano se detuvo en el aire. Involuntariamente se colocó el teléfono en el oído y respondió en un japonés perfecto:

—ゆみこと申します。何かご用でしょうか? (Soy Yumiko, ¿en qué puedo ayudarle?)

La persona al otro lado comenzó a reírse con fuerza. Incluso después de colgar, la risa seguía resonando en la sala. Antes de que pudiera reaccionar, unos pasos se acercaron acompañando aquel sonido escalofriante.

El señor Yoshida apareció, visiblemente satisfecho con el experimento.

—¿Cómo se siente, señorita Yumiko? ¿No le gusta su nuevo hogar?

Juan, por primera vez desde que llegó decidió armarse de valor y lo encaró con tono amenazante:

—¿Qué hiciste conmigo?

La pregunta de Juan estaba justificada, aun la medicina moderna dejaría cicatrices en una cirugía de cambio de género y su cuerpo no poseía ninguna, además, la sensación era demasiado real e inexplicablemente aunque su mente no lo notara su cuerpo presentaba respuestas involuntarias como si hubiesen sido grabadas con el paso de los años.

Fue entonces cuando Yoshida reveló la verdad: no se trataba de cirugía ni de medicina moderna, sino de una máquina capaz de intercambiar cuerpos mediante la transferencia de actividad cerebral. La memoria muscular explicaba por qué su nuevo cuerpo se movía con tanta naturalidad y por qué respondía en japonés aunque su mente no entendiera el idioma.

La idea en sí misma parecía ridícula, incluso fantasiosa. Pensar que algo asi realmente podria existir es algo que suena tan tonto como un niño que cree que puede respirar bajo el agua si se lo propone. Sin embargo, para el caso de juan eso explicaria todo, el motivo de que su cuerpo no guardará cicatrices o se comportara de forma tan natural, es simple memoria muscular, no entiende el japonés porque su mente no conoce el idioma, sin embargo puede responder en japonés porque su cuerpo se mueve por instinto.

Cuando todo quedó claro, Yoshida le ordenó prepararse porque pronto recibiría visitas. El cuerpo obedeció sin protestar y, en pocos minutos, Juan se encontró en el baño, donde recuperó parcialmente el control.

Una vez ahí pudo dar en presencia su cuerpo recuperando finalmente el control de sus acciones, el tiempo bajo la ducha le dio suficiente espacio para cuestionar la información previa, aquel sentimiento de que le arrebataron su vida sólo le produjo tristeza, su cuerpo siguió lavando cada parte de si, el agua que escurría por su piel era un sutil recordatorio de que su figura no era la misma, al enjabonarse no pudo evitar tocar sus nuevos pechos con intriga. Al principio fue un toque suave, pero la curiosidad y el morbo pronto se convirtieron en excitación.

Apretó con más fuerza, pellizcó sus pezones los cuales reaccionando al tacto de sus manos, se endurecieron al instante y enviaron descargas de placer que como una corriente eléctrica recorría todo su cuerpo. Para Juan, esto era una nueva forma de excitación y placer, aquel apretón desenfrenado se volvía cada vez más contundente hasta el punto de liberar involuntariamente los gemidos eróticos de una mujer en celo. Escuchar su propia voz emitiendo esos sonidos solo lo ponía más cachondo y susceptible a los toques, comenzó a sensibilizarse hasta el punto que el mismo roce del agua le hacía sentir placer, no midiendo su propia voz subió tanto el volumen que llenó el baño de sus gemidos y conforme más se excitaba estos mismos podían escucharse desde las demás habitaciones.

Sin embargo la acción en la ducha sería interrumpida cuando el sonido de la puerta se hizo notar, aun conservando la dignidad y haciendo un esfuerzo titánico por contener la lujuria en su cuerpo, Juan intentó cubrirse, ocultando sus áreas más privadas como si fuera toda una mujer. Yoshida entró molesto: Juan había pasado treinta minutos disfrutando y había olvidado la orden de apresurarse. Decidido a darle una lección, le ordenó con voz dura:

—No te muevas, carajo.

Aquellas palabras paralizaron por completo el cuerpo de Juan, no podía moverse, ni decir nada, Solo permaneció inerte cual estatua mientras el yakuza lo miraba con furia. Esperando lo peor nuevamente cuestionó sus acciones y ante la impotencia solo pudo gritar en sus pensamientos. Yoshida se acercó, rozó uno de sus pezones sensibles y todo su cuerpo tembló. Un gemido traicionero escapó de sus labios y un hilo de humedad bajó por su muslo.

—Y te hacías llamar hombre… —se burló Yoshida—. Un hombre de verdad no se excita ni se moja solo con un roce. Me das vergüenza.

El señor Yoshida por su parte, no iba a desperdiciar tal oportunidad; Una mujer japonesa de gran belleza ya estaba preparada para consumar el acto sexual, aquella mujer que yacía frente a él solía ser un hombre que por sus propias acciones sucumbió ante el placer y la humillación. Juan, quien no podía resistir sus impulsos más primitivos, poco a poco fue perdiendo su masculinidad ante una figura de un hombre superior, aquel hombre que se encontraba frente a él y hace solo unos segundos, con un solo toque, hizo que se coño se mojara aun cuando el agua de la ducha se encargó de eso. Con cuidado el yakuza se quitó sus vestimentas y dejó expuesta su enorme verga, ese mito de que los japoneses la tienen pequeña quedaba totalmente obsoleto ante el tamaño del captor. Dio la orden a Juan de voltearse y con un movimiento le empezó a penetrarle el coño.

El cuerpo de Yumiko se arqueó violentamente contra la pared mojada de la ducha. Juan sintió cómo la gruesa verga del señor Yoshida lo abría por completo, estirando sus paredes internas con una presión que le robaba el aliento. Un grito agudo, completamente femenino, escapó de su garganta mientras el agua caliente seguía cayendo sobre sus pechos y espalda. Cada centímetro que entraba parecía quemarlo por dentro; era demasiado grande, demasiado grueso, y aun así su coño se contraía alrededor de él con una humedad traicionera que lo humillaba aún más.

—Joder… qué apretada estás, Yumiko —gruñó Yoshida, sujetándolo por las caderas con manos fuertes mientras empezaba a follarla con ritmo aún más salvaje. Sus bolas chocaban contra el culo redondo y suave de Juan con un sonido húmedo y obsceno que se mezclaba con el chapoteo del agua—. Mira cómo te mojas, puta. Tu mente de hombre dice que no, pero este coño ya sabe exactamente para qué sirve.

Juan quería gritar, quería resistirse, pero su cuerpo obedecía cada orden como si llevara años entrenado. Sus piernas temblaban, sus pechos pesados rebotaban con cada embestida profunda y sus pezones rozaban contra los azulejos fríos, enviando descargas de placer que le nublaban la vista. El agua jabonosa resbalaba entre sus muslos, mezclándose con sus propios jugos que goteaban sin control. Para concretar el acto, Yoshida arremete contra Juan, recordandole su cuerpo femenino preseionandola contra la puerta de la ducha, con sus senos tocando el vidrio y siendo presionados repetidamente solo dejaba escapar gemidos roncos y desesperados de su boca. Su clítoris hinchado palpitaba con cada golpe, y la humillación era tan intensa que las lágrimas se mezclaban con el agua de la ducha.

—No… no soy… una mujer… —pensó Juan, pero su voz solo emitía gemidos cada vez más altos y femeninos—. Por favor… para…

Yoshida se rio y aceleró, follándola con más fuerza, inclinándolo aún más para que su culo quedara completamente expuesto. Una mano grande bajó y empezó a frotarle el clítoris con movimientos rápidos y expertos mientras seguía penetrándola sin piedad.

—Vas a correrte, Yumiko. Vas a correrte como la zorra que eres ahora.

Y lo hizo. Contra su voluntad, el orgasmo lo golpeó como un rayo. Su coño se contrajo violentamente alrededor de la verga del yakuza, apretándola con espasmos incontrolables mientras un chorro caliente de placer le recorría todo el cuerpo. Sus piernas cedieron por completo y solo el agarre firme de Yoshida lo mantuvo en pie. Juan gritó, un sonido largo y agudo que resonó en el baño, mientras su mente se quebraba un poco más.

Sin decir una palabra, Yoshida se levantó, se limpió con calma y miró a Juan, que aún temblaba apoyado contra la pared, respirando agitadamente.

—Ahora sí, cámbiate —ordenó con voz fría—. Tienes diez minutos. Quiero que estés presentable para tu nuevo dueño.

Yumiko (Juan) obedeció de inmediato. A pesar de que su mente gritaba de humillación, sus pies lo llevaron fuera de la ducha y hacia la habitación. Se secó rápidamente y se puso la ropa que había dejado sobre la cama: un conjunto de lencería negra elegante, y un vestido negro de una pieza apenas cubría sus muslos. Luego se sentó frente al espejo del tocador.

Sus manos empezaron a moverse con una naturalidad aterradora. La memoria muscular del cuerpo de Yumiko tomó el control: aplicó base, delineador, sombra en tonos suaves y un labial negro que hacía que sus labios parecieran aún más carnosos e invitadores. Se peinó el cabello largo con movimientos fluidos y precisos, dejando que cayera sobre sus hombros. Cuando terminó, la mujer que lo miraba desde el espejo era hermosa, femenina y perfectamente arreglada. Una verdadera Yumiko.

El llamado de Yoshida retumbó en su cuarto, ya era hora. Esta vez, su cuerpo respondió sin que pudiera impedirlo:

—Hai, ya voy.

Se levantó y caminó hacia el living, sus caderas balanceándose de forma natural con cada paso, y en el momento que llegó al living pudo ver de quien se trataba la visita que mencionó el señor Yoshida. Allí, sentado en el sofá con las piernas cruzadas, estaba la verdadera Yumiko ocupando su antiguo cuerpo. Vestía un traje negro elegante y lo observaba con una mezcla de satisfacción y desprecio profundo.

El señor Yoshida, ya vestido, se encontraba de pie a un lado.

—Aquí está —dijo Yoshida con tono formal—. Como acordamos, te entrego a esta mujer. Juan me estafó a mí principalmente, así que su castigo será vivir exactamente la estafa que creó. A partir de hoy, él ya no existe. Solo queda Yumiko… y ella será tu mujer. Deberá comportarse exactamente como la chica caliente y sumisa que fingía ser en internet. Cada mentira que dijo, cada foto provocativa, cada promesa que nunca cumplió… ahora será realidad.

Yumiko, ahora en el cuerpo de Juan, sonrió con crueldad y profunda satisfacción mientras observaba a su antigua figura temblando frente a ella.

—Sabes?, Siempre odié ser mujer. Desde niña mi familia trabajaba para los yakuza. Cuando cumplí la mayoría de edad me entregaron como amante compartida a toda una pandilla. Me usaron durante años… hasta que demostré que tenía más cerebro y habilidades que la mayoría de sus hombres, sin embargo por más que me esforzara siempre había un límite injusto declarado por la genética, en términos de fuerza bruta una mujer no puede vencer a un hombre. Por eso, cuando tú nos estafaste, el señor Yoshida vio la oportunidad perfecta para vengarse de ti y darme al mismo tiempo mi mayor deseo como recompensa en mis años de servicio.

Extendió la mano y tomó la barbilla de Juan con firmeza, obligándolo a mirarlo a los ojos.

—Yo acepté el intercambio con gusto, pero hice una petición: quería el derecho total sobre mi cuerpo original… y sobre este nuevo cuerpo que ahora ocupo. Por eso, a partir de hoy, tú ya no eres Juan. Eres Yumiko, mi mujer. Mi esposa dentro de la organización. Ese cuerpo que tienes fue entrenado desde muy joven para obedecer, para complacer y para someterse. Por eso es tan sensible, tan sumiso y reacciona con tanta facilidad. Cada caricia, cada orden, cada toque… está grabado en su memoria muscular y en sus instintos.

Yumiko se acercó más, su aliento rozando los labios de Juan.

—Vas a vestirte como yo quiera, vas a sonreír cuando te lo ordene, vas a abrir las piernas sin protestar cada vez que te desee y vas a gemir mi nombre, aquel que antes te pertenecia, como la puta obediente que fuiste entrenada para ser. Tu estafa se volvió realidad… pero esta vez no podrás desconectarte. Ahora eres mía.

Juan quiso gritar, quiso insultarla, quiso resistirse con todas sus fuerzas… pero su cuerpo solo tembló débilmente. Una suave y sumisa voz femenina escapó de sus labios:

—Sí… lo entiendo -dijo Juan mientras lagrimas salían de sus ojos por la impotencia-.

Yumiko (en el cuerpo de Juan) sonrió con satisfacción al ver cómo el antiguo Juan bajaba la mirada, derrotado, mientras su cuerpo respondía con sumisión automática ante un beso posesivo. Desde ese momento, la vida para la nueva Yumiko sería completamente diferente.

Obligada a vivir como una esposa sumisa y tradicional japonesa dentro de la organización, cada mañana al despertar se encontraría sola en la cama matrimonial, con el cuerpo aún marcado por los rastros de la noche anterior. Miraría sus grandes pechos subir y bajar con cada respiración, sentiría el peso y la suavidad de su nueva figura, y se preguntaría con amargura qué habría sido de su antigua vida como hombre… y cuánto tiempo más podría resistir antes de que ese cuerpo tan perfectamente entrenado terminara por doblegar también su mente.

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