Estaba recostado en la cama del hospital, con la pierna enyesada colgando de una polea y un aburrimiento que ya me tenía harto. Las luces fluorescentes zumbaban sobre mí y los pitidos monótonos de las máquinas eran el único sonido en la habitación. De pronto, la puerta se abrió con suavidad y entró una enfermera que no había visto antes. Era joven, con cabello castaño que le caía sobre los hombros, curvas generosas que el uniforme blanco ajustado resaltaba sin piedad y una sonrisa traviesa demasiado familiar. Cuando se acercó al monitor y se inclinó sobre mí, sus ojos marrones me miraron directamente y, con una voz suave pero inconfundible, murmuró:
—¿Extrañabas a tu enfermera favorita, idiota?
En ese instante lo supe: era Paul.
Me incorporé como pude, ignorando el dolor en la pierna, y susurré furioso:
—¿Paul? ¿Qué mierda hiciste esta vez? ¿Te volviste a tomar la pastilla rosa? ¡Esto es un hospital, no tu casa! Es completamente ilegal hacerse pasar por enfermera. Si te descubren nos van a meter en un problema serio a los dos. ¡Sal de aquí antes de que entre alguien y nos pillen!
Mi amigo, ahora convertido en una atractiva chica con labios ligeramente pintados y pechos que se marcaban bajo el uniforme, se sentó con calma en el borde de la cama y cruzó las piernas con naturalidad. Me miró con una mezcla de diversión y reproche.
—Es tu culpa —respondió sin inmutarse—. Tú fuiste el que insistió en probar la pastilla “solo por curiosidad” hace semanas, y ayer te la pasaste quejándote por mensaje de lo solo, aburrido y deprimido que estabas aquí encerrado. Así que decidí animarte de la mejor forma posible: me transformé en esta enfermera sexy, me colé en el turno de noche y vine a cogerte hasta que se te olvide que estás en un hospital. Así que deja de quejarte… y disfruta de la atención especial que tu mejor amigo te trajo. Porque no pienso irme hasta dejarte mucho más “aliviado” que cuando llegué.
Paul se levantó, se dio la vuelta y se inclinó ligeramente hacia adelante, dejando que el uniforme se ajustara provocativamente a su trasero. La imagen que vi me dejó sin palabras.
[horas despues]
—Puede que esto esté mal… —murmuré, respirando con dificultad—, pero cómo aprietas, cabrón. Tenías razón, necesitaba esto. Gracias por su increíble servicio… enfermera.
Ella miró por encima del hombro con una sonrisa satisfecha y respondió con voz juguetona, aunque algo entrecortada:
—No hay… de qué. Es mi tra-trabajo… cuidar de mis pacientes.
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