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Corto: Intentando recordar - Aquella noche

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¿Quieren saber algo jodidamente raro? Hace dos días estaba en una fiesta con mis amigos. Bebimos como animales, hicimos mil locuras y terminamos en un casino de lujo a las afueras de la ciudad. Tuvimos una racha increíble. Ganamos una fortuna… y como buenos borrachos, creímos que nunca se iba a acabar.

Uno a uno fuimos perdiéndolo todo. Pasamos de contar billetes a repetir como idiotas “la siguiente es la buena”. Cuando ya no nos quedaba nada, el hombre de la mesa —el que se había llevado todo nuestro dinero— nos miró con una sonrisa fría y dijo algo extraño, por mas que intento no puedo recordar que, solo se que después de que lo dijo me levanté mareado y me fui de la mesa. Después de eso… todo es niebla. Creo que me desmayé.

Al despertar, estaba en una habitación desconocida. Lujosa. Demasiado lujosa. Sábanas de seda, muebles caros y un olor a perfume caro en el aire. Intenté levantarme, pero mi cuerpo se sentía… mal. Demasiado ligero. El centro de gravedad había cambiado.

Bajé la mirada.

Y ahí estaban: dos tetas grandes, redondas y firmes, apenas cubiertas por un delicado vestido negro que las dejaba casi al descubierto. Mi corazón se detuvo. Corrí al espejo de la habitación que estaba junto a la cama y lo que vi me heló la sangre.

Una mujer hermosa me devolvía la mirada. Cabello largo cayendo sobre hombros delicados, labios carnosos, cintura estrecha y caderas anchas. Llevaba lencería provocativa que resaltaba lo erotico de mi nuevo cuerpo, un par de tetas expuestas un un vestido traslúcido que no dejaba mucho a la imaginación. Era yo. Esa puta sexy del espejo… era yo.

El pánico me golpeó y antes de que pudiera procesarlo, la puerta se abrió.

Un hombre alto, vestido de traje negro, entró y me miró sin sorpresa.

—Date prisa. El jefe te está esperando —dijo con voz seca.

—¿Quién carajos eres? ¿Dónde estoy? —pregunté, y mi nueva voz me asustó aún más. Suave, femenina, temblorosa.

Él no respondió. Solo metió la mano dentro de su saco y sacó un arma, apuntándome con calma.

—Báñate y arréglate. Al jefe no le gusta esperar.

Ahora estoy aquí, metida en esta bañera enorme, mirando cómo el agua resbala por unas tetas que no son mías, por unas piernas suaves y por un cuerpo que aún no entiendo. No sé cómo terminé así. No sé qué pasó después de desmayarme en el casino. Ni siquiera sé si mis amigos están vivos.

Solo sé una cosa: tengo que obedecer.

Porque si el “jefe” se impacienta… tengo la horrible sensación de que no voy a salir viva de esta habitación.

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