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Después de la caída de Superman en Metrópolis, el mundo se sumió en un completo caos. Los héroes se encontraron preocupados al ver que el símbolo de la esperanza había cedido ante las perversas manos de Lex Luthor. La tasa de criminalidad en Metrópolis se disparó, y al mismo tiempo en otras ciudades por todo el mundo, producto del pánico y el caos generado por la noticia. Un tiempo después, Batman también desapareció y, en secuencia, a los meses caería la Mujer Maravilla. La tríada estelar, los héroes que inspiraban al mundo, habían desaparecido.
Con la esperanza de cambiar las cosas, Barry Allen, mejor conocido como The Flash, decidió actuar por su cuenta. Pasó meses buscando opciones, esperando poder mover la historia en un punto concreto y con eso manipular el destino de sus compañeros. Tras una larga investigación, encontró lo que podía ser la clave para salvarlos a todos. Cuando finalmente tuvo listo y fijado el objetivo, se preparó para correr con todas sus fuerzas.
Empezó a correr a toda velocidad. El viento chocando contra él, una sensación eléctrica recorriéndole la espalda, su aliento agitado y una velocidad tan estimulante que rompió la barrera del tiempo. Sin embargo, una presencia desconocida entró en el mismo campo. No había duda: se trataba del mismísimo Flash Reverso. El mayor némesis del velocista escarlata se hizo presente y la carrera por el tiempo se convirtió en un choque brutal que hizo temblar la tela del espacio y la historia.
Este combate, cuya duración para el ojo humano habría sido solo un par de segundos, llegó a su fin en un último choque. Ambos velocistas cargaron una gran cantidad de energía cinética y la desplegaron en un ataque final, un golpe que se movía varias veces la velocidad de la luz. Para Barry esta sería su última batalla contra Eobard, pues había algo diferente en él. De alguna manera parecía haberse vuelto más rápido que cuando inició la pelea. Decidido a acabar con él, lo dio todo… y un último haz de luz fue lo único que pudo ver antes de despertar de golpe en una habitación.
Barry abrió los ojos de golpe, respirando con dificultad. Su cabeza se sentía confusa, como si miles de recuerdos intentaran encajar en el lugar equivocado.
«¿Lo logré? ¿Cambié la línea temporal? ¿O solo fue un sueño?»
Se incorporó lentamente, pero al hacerlo sintió algo extraño. Un peso suave y pesado en su pecho que se movía con su respiración. Además, mechones de cabello largo y sedoso cayeron sobre sus hombros desnudos, rozándole la piel. Parpadeó, desorientado.
—¿Qué… qué demonios está pasando?
Su voz sonó más aguda de lo normal, más suave. Barry se tocó la garganta instintivamente y notó que su nuez de Adán había desaparecido. El pánico comenzó a subir por su pecho. Su memoria estaba borrosa; recordaba la pelea contra Eobard, el estallido de luz, pero después de eso… nada. Solo vacío.
Se levantó de la cama con las piernas temblorosas y, movido por un instinto, caminó hacia el espejo del dormitorio. Cuando se vio reflejado, el mundo pareció detenerse.
Frente a él había una hermosa pelirroja completamente desnuda. Cabello rojo intenso que caía en ondas hasta la mitad de su espalda, rostro delicado con labios carnosos, ojos verdes grandes y expresivos, y un cuerpo curvilíneo con senos llenos y firmes, cintura estrecha y caderas anchas. Barry se quedó congelado, mirándose a sí misma.
—No… no puede ser…
Levantó una mano temblorosa y tocó uno de sus pechos. En el momento en que sus dedos rozaron el pezón, una oleada intensa de placer recorrió su cuerpo, tan fuerte que le arrancó un gemido involuntario. Sus rodillas flaquearon. El pezón se endureció al instante, sensible de una forma abrumadora.
—Ah… ¡¿Qué mierda…?! —jadeó, apartando la mano rápidamente, aunque su cuerpo pedía más.
Barry respiró hondo varias veces, intentando controlarse. Su mente de héroe luchaba contra las nuevas sensaciones. No iba a dejarse llevar por esto. Tenía que entender qué había pasado.
Se dirigió al armario con prisa. Abrió las puertas y encontró ropa masculina: camisas, pantalones y chaquetas que claramente le quedaban enormes. Intentó ponerse una camisa, pero le llegaba casi hasta las rodillas y tuvo que sujetarla con las manos para que no se le cayera. Los pantalones eran imposibles; se le deslizaban por las caderas sin remedio.
Resignada y con el rostro enrojecido, miró la otra sección del armario. Allí había ropa claramente femenina: vestidos, blusas ajustadas, faldas y lencería. Con las mejillas ardiendo de vergüenza, Barry tomó lo más sencillo que encontró: un conjunto de blusa blanca ajustada y una falda negra que le llegaba a medio muslo. Se vistió torpemente, sintiendo cómo la tela se pegaba a sus nuevas curvas.
Apenas terminó de vestirse, escuchó un ruido claro en la planta baja. La puerta principal se había abierto.
Barry se tensó. «¿Quién demonios…?»
Bajó las escaleras con cuidado, sujetándose de la barandilla. Sus pasos eran más cortos y ligeros de lo que estaba acostumbrado. Llegó a la sala principal y se detuvo en seco.
Allí, de pie, con una sonrisa tranquila y confiada, estaba Eobard Thawne, vestido con un traje elegante en lugar de su usual uniforme amarillo y rojo. El Flash Reverso lo miró con ojos llenos de satisfacción y afecto.
—Bienvenida, cariño —dijo con voz cálida y amigable, acercándose lentamente—. Llegas justo a tiempo. ¿Cómo amaneció mi hermosa esposa hoy?
Eobard extendió la mano y acarició con suavidad la mejilla de la pelirroja, mirándola con posesión y deseo.
Barry se quedó paralizada, con el corazón latiéndole con fuerza. Su mente gritaba que esto era imposible, que tenía que atacar, que tenía que correr… pero su cuerpo, aún desorientado y débil tras la transformación, solo pudo quedarse allí, temblando ligeramente bajo la mirada del hombre que siempre había sido su peor enemigo.
—¿E-Eobard…? —murmuró con voz temblorosa, casi un susurro femenino.
—Shhh… —Thawne sonrió y colocó un dedo sobre sus labios—. Todo está bien, Iris. Estás en casa. Conmigo. Donde perteneces.
Barry se quedó congelada por un segundo, procesando las palabras de Eobard. Esposa. Iris. Casa. Cada palabra resonaba como un insulto en su mente.
El shock inicial dio paso a la furia.
— ¿Qué demonios has hecho, Thawne? —gruñó Barry con esa voz aguda y femenina que aún le resultaba ajena.
Retrocedió un paso, apretando los puños. Su mente de velocista, aunque desorientada, comenzaba a volver en sí. Recordaba la pelea, la explosión de luz, el intento de cambiar la línea temporal. Esto no era una victoria. Esto era una trampa.
Eobard sonrió con calma, casi divertido, mientras se quitaba el saco del traje y lo dejaba caer sobre el sofá.
—Tranquila, cariño. Tu nuevo cuerpo aún está adaptándose. Es normal que estés un poco… confundida.
— ¡No me llames cariño! —espetó Barry—. ¡Devuélveme mi cuerpo! ¡Devuélveme mi velocidad!
Sin pensarlo dos veces, Barry giró sobre sus talones y corrió hacia la puerta trasera de la casa. Sus piernas, más cortas y con una distribución de peso completamente diferente, le hacían sentir torpe, pero la adrenalina le dio fuerza. Empujó la puerta y salió al jardín trasero.
Apenas dio tres pasos, Eobard ya estaba frente a ella, apoyado tranquilamente contra un árbol con los brazos cruzados.
— ¿Ya te vas, Iris? —preguntó con sorna.
Barry jadeó, giró bruscamente hacia la izquierda y corrió hacia la calle. En un parpadeo, Thawne apareció de nuevo frente a ella, sonriendo.
—Imposible… —murmuró Barry, girando otra vez hacia la casa. Otra vez, Eobard estaba allí, bloqueándole el paso.
— ¿Buscas algo? —preguntó el velocista reverso con voz burlona—. ¿Tu velocidad quizá? Lo siento, Barry. En esta línea temporal… esa ya no te pertenece.
Barry sintió una oleada de impotencia fría subiendo por su pecho. Intentó correr en zig-zag, usar la casa como obstáculo, pero era inútil. Cada vez que cambiaba de dirección, Eobard aparecía frente a ella sin esfuerzo, como si estuviera jugando.
— ¡Maldito seas, Thawne! —gritó Barry, lleno de rabia.
Se lanzó hacia adelante y lanzó un puñetazo con toda su fuerza hacia el rostro de Eobard. Fue un golpe decente para un humano normal… pero para un velocista era patético.
Eobard ni siquiera parpadeó. En un instante desapareció del frente de Barry y reapareció a su espalda. Antes de que pudiera reaccionar, la sujetó por la cintura con un brazo y la giró.
—Tan predecible… —susurró.
Y la besó.
Fue un beso apasionado, dominante, profundo. Los labios de Eobard reclamaron los suyos con hambre. Una de sus manos se enredó en el cabello rojo de Barry, sujetándola con firmeza mientras la otra bajaba por su espalda hasta apretar su trasero.
En ese preciso instante, un torrente de memorias ajenas golpeó la mente de Barry:
Dos jóvenes sentados en un parque al atardecer. Uno de cabello castaño, el otro pelirrojo. Una risa nerviosa. Un primer beso torpe pero lleno de electricidad. “Te quiero, Eobard…” “Y yo a ti, Iris…”
Barry abrió los ojos de golpe y empujó a Thawne con todas sus fuerzas, separándose del beso. Respiraba agitadamente, con los labios hinchados y el rostro completamente rojo.
— ¿Qué… qué mierda fue eso?! —exclamó, tocándose los labios—. ¡Esas no son mis memorias! ¡Yo nunca… tú y yo nunca…!
Eobard lamió lentamente sus propios labios, saboreando el momento, y sonrió con superioridad.
—Oh, pero sí lo hicimos, cariño. En esta nueva línea temporal… tú y yo nos enamoramos hace años. Fuiste Iris West durante mucho tiempo antes de que yo decidiera hacerte mía por completo. Tus recuerdos de Flash están luchando, pero poco a poco se irán desvaneciendo. Pronto solo recordarás lo que yo quiero que recuerdes.
Barry retrocedió hasta chocar contra la pared de la casa, sintiendo cómo su nuevo cuerpo temblaba. Sus pechos subían y bajaban con cada respiración agitada. Sentía vergüenza, rabia… y un calor traicionero entre las piernas que intentaba ignorar desesperadamente.
—Esto no va a funcionar —dijo Barry, tratando de sonar firme—. Voy a salir de aquí. Voy a arreglar esto. Voy a…
— ¿Vas a qué? —lo interrumpió Eobard, acercándose lentamente, acechante—. ¿Correr? ¿Pelear? ¿Salvar el día? Mírate, Barry. Eres solo una hermosa pelirroja indefensa ahora. Sin velocidad. Sin fuerza. Solo curvas y humedad.
Se detuvo a pocos centímetros de ella y bajó la voz hasta convertirla en un susurro seductor:
— Y lo mejor de todo… en el fondo, una parte de ti ya está empezando a gustarle.
Eobard no le dio tiempo a reaccionar. Con una sonrisa confiada, la tomó por la muñeca y la arrastró de vuelta al interior de la casa, llevándola hasta la amplia y lujosa sala de estar. Barry intentaba soltarse, pero su nueva fuerza era patéticamente humana comparada con la de Thawne.
— ¡Suéltame! —protestó, forcejeando.
—Silencio, Iris. Es hora de que te explique cómo están realmente las cosas —dijo Eobard con calma, empujándola suavemente hasta hacerla sentar en el gran sofá. Se quedó de pie frente a ella, mirándola desde arriba.
Barry respiraba agitada, con el corazón latiéndole con fuerza.
—Fui más listo que tú, Barry —continuó Thawne—. Me anticipé a tu plan de alterar la línea temporal. Sabía exactamente cuándo y dónde ibas a correr. Pero no actué solo. Hice un trato con tu querido Batman… o mejor dicho, con lo que queda de él.
Barry abrió los ojos con sorpresa.
—Harley Quinn… —murmuró.
—Exacto —sonrió Eobard—. Ella me hizo más rápido. Mucho más rápido. A cambio, yo la ayudaría a derrocar a Lex Luthor y a consolidar su poder. No sé exactamente qué fue de Luthor después… y honestamente, no me importa. Lo importante es que funcionó.
Thawne dio un paso más cerca.
—En esta nueva línea temporal, tú desapareciste el mismo día que Superman cayó. Nunca fuiste Flash. Siempre has sido Iris West, la periodista. Y yo… he sido tu esposo durante años. Me encargué personalmente de moldearte: creé inseguridades, te hice dependiente de mí, te susurré al oído noche tras noche hasta que tu mente y tu cuerpo aprendieron a necesitarme.
Barry negó con la cabeza, intentando levantarse.
—Mentiroso… Eso no es verdad. Yo soy—
En un parpadeo, Eobard activó su velocidad. El mundo se volvió borroso.
De repente, Barry se encontró de rodillas en la alfombra, frente al sofá. Ni siquiera vio cómo ocurrió. Su blusa blanca ajustada había desaparecido; sus pechos llenos y pesados quedaron completamente expuestos al aire, pezones endurecidos por la sorpresa y el frío.
— ¡No! —exclamó Barry, intentando cubrirse con los brazos.
—Manos detrás de la espalda —ordenó Eobard con voz firme y autoritaria.
Barry luchó internamente, temblando… pero sus brazos obedecieron por instinto. Los colocó detrás de su espalda, sujetando una muñeca con la otra mano, dejando sus pechos totalmente expuestos y empujados hacia adelante. Sus ojos se abrieron con horror al darse cuenta de lo fácil que había sido obedecer.
—Buena chica —ronroneó Thawne.
Se desvistió con lentitud frente a ella. Cuando bajó sus pantalones, su pene erecto, grueso y palpitante quedó a pocos centímetros del rostro de Barry. La pelirroja tragó saliva, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba contra su voluntad: un calor húmedo se acumulaba entre sus piernas y sus pezones se endurecieron aún más.
—Chúpalo, Iris.
—N-no… —susurró Barry, con la voz quebrada—. No voy a…
Quería resistir. Quería morderlo. Quería correr. Pero su cuerpo no respondía. Eobard tomó su cabello rojo con una mano y acercó su miembro a los labios de ella.
En cuanto la punta rozó su boca, un torrente de memorias falsas invadió la mente de Barry:
De rodillas en esta misma sala… chupando con devoción… mirando hacia arriba con ojos llenos de deseo… tragando hasta el fondo mientras Eobard gemía su nombre…
Barry gimió contra su voluntad. Su lengua, traicionera, salió lentamente y lamió la cabeza del pene de Thawne. Un sabor salado y familiar llenó su boca.
—Así… buena chica —gruñó Eobard, empujando suavemente sus caderas hacia adelante—. Sabes que esto es lo que quieres. Lo que siempre has querido.
Barry intentaba gritar en su mente que no, que esto estaba mal, que él era Flash… pero su boca comenzó a moverse, lamiendo y chupando con torpeza al principio, luego con más ritmo. Sus pechos se movían con cada movimiento de su cabeza, y un hilo de saliva ya corría por su barbilla.
Eobard gemía de placer mientras sujetaba con firmeza el cabello rojo de Barry, empujando su miembro grueso más profundo en esa boca cálida y húmeda. Barry luchaba internamente, pero su lengua seguía moviéndose, lamiendo y succionando con una habilidad que no le pertenecía.
De repente, Thawne sacó un pequeño inyector de su bolsillo trasero. Sin detener el movimiento de sus caderas, lo clavó en el cuello de la pelirroja y presionó.
—Esto es para que por fin estemos en paz… Iris.
Un líquido caliente se extendió por las venas de Barry. En cuestión de segundos, sintió como si su mente se partiera en dos.
Un grito silencioso resonó dentro de su cabeza.
«¡¿Qué me estás haciendo?!»
El verdadero Barry Allen quedó atrapado en una esquina oscura de su propia mente, como un prisionero detrás de un cristal. Podía ver, oír y sentir absolutamente todo… pero ya no tenía control. El cuerpo respondía a otra personalidad: la Iris de esta línea temporal.
Iris parpadeó, miró hacia arriba con ojos vidriosos y llenos de deseo, y chupó con más entusiasmo, gimiendo alrededor del pene de su esposo.
«¡No! ¡Ese no soy yo! ¡Detente!» gritaba Barry desde dentro, pero su boca solo producía sonidos húmedos y gemidos de placer.
—Buena chica… —ronroneó Eobard—. Ahora eres solo mía.
Thawne la levantó sin esfuerzo, la arrojó sobre el sofá y le arrancó la falda de un tirón. Iris separó las piernas por instinto, mostrando su coño ya mojado y palpitante.
«¡No… por favor… no dejes que me folle!» suplicó Barry internamente.
Pero Iris sonrió con lujuria y susurró:
—Fóllame, Eobard… por favor… te necesito dentro.
Thawne se hundió de una sola embestida profunda. Iris arqueó la espalda y soltó un gemido largo y agudo. Barry sintió cada centímetro entrando en él, el placer invasivo, caliente y abrumador.
«¡Ahh… mierda… se siente… demasiado bien…!»
Eobard empezó a follarla con fuerza, sujetándola por las caderas. Cada embestida hacía que los pechos de Iris rebotaran.
—Dime a quién perteneces —ordenó Thawne entre jadeos.
—Te pertenezco a ti, mi amor… solo a ti —respondió Iris con voz entrecortada, rodeando la cintura de Eobard con sus piernas.
«¡Yo no… yo soy Flash… soy Barry Allen…!» intentaba gritar el héroe atrapado, pero el placer lo estaba ahogando. Cada golpe contra su punto G enviaba ondas de éxtasis que derretían su resistencia.
Memorias falsas invadían su mente sin parar:
Su boda con Eobard.
Las noches en las que se arrodillaba voluntariamente.
Cómo aprendió a amar ser dominada.
La forma en que su cuerpo se había vuelto adicto a su semen.
«No… esas no son mis… ahh… joder… se siente tan profundo…»
Eobard aceleró, follándola como un animal. Iris gritaba de placer, arañando la espalda de su esposo.
— ¡Córrete dentro! ¡Lléname, por favor! —suplicó ella.
Cuando Eobard eyaculó profundamente en su interior, Barry sintió el orgasmo más intenso de su vida. Su mente se quebró un poco más.
«…Rayos!… no puedo… resistir esto… es demasiado…»
Meses después
La mansión era lujosa y siempre olía a sexo y perfume caro. Iris West-Thawne se paró frente al espejo de cuerpo completo, ajustándose la lencería roja y negra que apenas cubría nada. Medias hasta los muslos, tanga transparente, sujetador push-up que hacía que sus pechos se vieran aún más grandes y provocativos.
Desde dentro de su propia mente, el verdadero Barry observaba con horror y resignación.
«…Ya ni siquiera intento resistir… cada vez que me toca, me corro como una puta… soy tan débil…»
Iris sonrió con dulzura a su reflejo, tomó su teléfono y activó la cámara frontal. Grabó un video corto, moviéndose sensualmente para la cámara:
—Hola, mi amor… —ronroneó con voz seductora—. Tu Iris te está esperando en casa. Me puse la lencería que te gusta… la que me compraste la semana pasada.
Se acercó más a la cámara, mordiéndose el labio.
—Estoy mojada desde que te fuiste esta mañana… Vuelve pronto y fóllame como la zorra que soy. Te amo, Eobard ❤️
Iris envió el video directamente a Thawne con un mensaje adjunto:
“Tu esposa te necesita, papi 😈”
Desde el fondo de su prisión mental, Barry solo pudo mirar en silencio, roto y excitado a la vez, mientras su cuerpo enviaba el video a su mayor enemigo.
«…Ya no queda casi nada de mí… ¿verdad?»
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