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El aroma a ajo y cebolla sofrita llenaba la cocina. Yo, en el cuerpo grande y fuerte de mi esposo, estaba detrás de él, follándolo con fuerza mientras sostenía la espátula con una mano.
Mi esposo (ahora en mi cuerpo delicado y curvilíneo) solo llevaba un delantal blanco que apenas cubría nada. Estaba inclinado sobre la encimera, moviendo la sartén con una mano mientras gemía como una puta cada vez que lo penetraba.
—Mmm… ¿ves, cariño? —gemí con su voz grave y profunda, embistiéndolo lento pero fuerte—. Esto es exactamente lo que te mereces por decir que “las mujeres pertenecen a la cocina”.
Él soltó un gemido agudo, mi propia voz saliendo de su boca mientras sus tetas rebotaban bajo el delantal.
—Dijiste que mi lugar era aquí, ¿verdad? —continué, agarrándolo de las caderas y dándole una nalgada fuerte—. Que las mujeres cocinan, limpian y abren las piernas cuando el marido llega cansado. Pues mírate ahora… cocinando la cena mientras te follo con tu propia verga.
Él intentó responder, pero solo salió un gemido roto cuando lo penetré más profundo.
—Así se siente, ¿eh? Ser la mujercita de la casa.
Lo giré de repente, lo empujé de rodillas frente a mí y le puse mi enorme polla (su antigua polla) justo en la cara.
—Ahora sé buena chica y ayúdame con esto —le dije con una sonrisa burlona—. A cambio déjame ayudarte a mi también, amor. Adelántate a comer este pedazo de carne y saboréalo, es tu favorito…
—Ábrela —ordené.
Obedeció al instante. Sacó la lengua y se metió mi verga en la boca, chupando con ganas mientras yo sostenía la espátula y seguía moviendo la sartén.
Él (en mi cuerpo) me miró con los ojos vidriosos de placer y vergüenza. Siempre le habían gustado mucho las mamadas. Ahora que era yo quien recibía una ahora entendía perfectamente por qué.
—Así… bien profundo —gemí, agarrándolo del cabello (mi propio cabello largo)—. Mientas yo me encargo de terminar aquí. Tú concéntrate en chupar como la buena esposa que siempre quisiste que fuera.
Él gemía alrededor de mi polla, saliva corriendo por su barbilla, los ojos llorosos de placer. Sus rodillas temblaban sobre el piso de la cocina.
—Esto es lo que querías, ¿no? —seguí burlándome mientras cocinaba—. Que yo estuviera en la cocina todo el día. Pues ahora estoy aquí… cocinando y follándote al mismo tiempo. ¿Contento?
Le di unas cuantas embestidas más en la boca, luego lo levanté, lo giré de nuevo contra la encimera y lo penetré por detrás con más fuerza, dejando al descubierto sus pechos que rebotaban con cada embestida.
—Ponte pendiente de la salsa… no dejes que se queme —le ordené entre jadeos—. Y aprieta ese culito. Quiero que sientas cada centímetro mientras termino de preparar tu cena favorita.
Mi esposo, ahora convertido en mi obediente mujercita, solo gemía y obedecía, completamente humillado y excitado, mientras yo terminaba de cocinar con su cuerpo y su polla enterrada en él.
La lección había quedado más que clara.
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