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Leer anterior: Parte 3
Ayer mi hija finalmente me contactó, después de estar desaparecida unos días finalmente quiso hablar conmigo, cuando escuché su mensaje me sentí profundamente aliviada. Después de tanto tiempo saber que se encontraba bien me dio el valor suficiente para contestar a su mensaje y tras unos mensajes cortos acordamos vernos en un café cerca del centro, como era de esperarse tom me acompañó, esperaba que manejamos esto juntos y ya que finalmente se mostraba resiliente a hablar esperaba tomar la oportunidad para decirle lo que siento.
Es difícil retratar sentimientos de este tipo basándonos en nuestra situación, imagínate estar en mi posición, en principio ser padre y luego acabar en el cuerpo de tu propia hija, enamorarse y empezar a verte a ti mismo como una mujer cuando en principio fuiste hombre, aferrarte a esa masculinidad pero ceder a la naturaleza. Luego, que tu hija, cuya mente no ha madurado ve como su padre hace las cosas que ella deberia estar haciendo, ella deberia estar por ahi disfrutando de la juventud, conociendo a un chico, enamorarse y tener sexo con la persona indicada. Pero todo eso lo perdió, acabó en mi viejo cuerpo, perdió su juventud, fue obligada a estar en un trabajo que no quiere, intenta ser fuerte para no preocuparme pero es claro que esta situación la afectó, para agravar las cosas ve como su propio padre en su cuerpo roba su vida y lo encuentra teniendo sexo mientras ella no esta en casa
Todos estos pensamientos y reflexiones invadieron mi mente, no tenia excusas para ella y apenas tenía el valor para mirarla a la cara, una parte de mi quiso correr, escapar de la situación, decirle a tom que encendiera el auto, pero no podía hacerle eso a mi hija, quien tuvo más valor que yo en el momento que decidió enviar ese mensaje. Paso el tiempo y finalmente llegó, debo admitir que me alivió bastante cuando la vi llegar, entro mi cuerpo adulto y se le veía diferente. En el momento que me vio, el ambiente al igual que su expresión se volvió serio y muy asfixiante. No sabría decir que parte de todo esto seria la mas incomoda, pero ya era tarde para retirarse.
El ambiente en el café se volvió aún más pesado desde el momento en que se sentó frente a mí.
Mi hija entró con una postura más firme de lo habitual, pero su expresión cambió en cuanto me vio. Tom permaneció a mi lado en silencio, ofreciéndome apoyo sin interferir.
Ella fue la primera en hablar:
—Pedí unos días libres en el trabajo porque necesitaba alejarme. He estado quedándome en un motel barato estos tres días. No sabía qué más hacer.
Su voz sonaba cansada. Bajé la mirada, sintiendo un nudo en la garganta. Estaba claro que tenía razón en el cómo se sentía. Solo necesitaba ser honesta.
—Siento mucho todo lo que ha pasado —dije con voz temblorosa—. Sé que no hay palabras suficientes, pero estoy consciente del daño que te he causado. Me siento de verdad muy culpable por el cómo te sientes
—¿Culpable? Te vi gimiendo como si nunca hubieras sido mi padre. ¿Eso también es culpa?
La pregunta resonó en todo mi ser, no había ninguna respuesta a aquella pregunta, tenía tanta razón que el shock me impidió hablar
—Necesito volver a casa —continuó—. Mañana tengo que reincorporarme al trabajo y no puedo seguir pagando el motel. Ese es mi hogar… o al menos lo era.
Tom me apretó suavemente la mano debajo de la mesa. Me hizo sentir confiada y cuando lo vi note la determinación de su mirada, decidida a apoyarme en esto.
—Entonces nos iremos nosotros —respondió—. No queremos que te sientas incómoda ni forzada a vivir con esto, es demasiado que procesar. Te daremos el espacio que necesites.
Mi hija pareció sorprendida por un momento. No esperaba esa respuesta tan directa.
—¿Te vas a ir? —me preguntó.
—Sí. Es lo mínimo que puedo hacer ahora. La casa es tuya. Yo… ya he tomado demasiado.
— Pero… ¿dónde te vas a quedar?
Aquella pregunta tan sincera me dio la esperanza de poder arreglar las cosas, demostraba preocupación, eso reafirmo mi decisión, la cual se vio acogida por las palabras de Tom
—Se quedará conmigo —intervino Tom con voz calmada—. Te enviaré la dirección por si algún día quieres visitarnos. Lo importante ahora es que tú estés bien y tengas tu espacio.
El silencio volvió a caer entre nosotras. Ella miró hacia la ventana un rato antes de hablar de nuevo:
—No sé cuánto tiempo voy a necesitar. Ni siquiera sé cómo sentirme respecto a todo esto todavía. Solo… dame tiempo.
—Todo el que necesites —respondí, conteniendo las lágrimas—. Cuando estés lista para hablar, estaré aquí. No voy a presionarte.
Ella asintió lentamente, se levantó de la silla y, sin decir nada más, salió del café.
Me quedé ahí sentada, con un vacío enorme en el pecho. Tom me abrazó por los hombros y besó mi cabeza con ternura.
Por primera vez desde el Gran Cambio, sentí que estaba haciendo algo realmente correcto por ella: cederle su espacio.
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