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El que ríe al último

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Ben Collins siempre fue el mejor de su promoción. Notas perfectas, profesores que lo adoraban y un futuro prometedor en ingeniería. Todo eso cambió cuando Claire Vanderbilt entró en su vida.

Claire era todo lo contrario: hermosa, heredera de una fortuna familiar, y completamente inútil académicamente. No necesitaba esforzarse; su padre donaba lo suficiente a la universidad como para que le aprobaran todo. Lo que sí disfrutaba era humillar a los que sí se esforzaban.

Y Ben era su blanco favorito.

“¿Otra vez estudiando, perdedor?” le decía en voz alta frente a todos. “Deberías aceptar que gente como tú solo sirve para servirnos a los demás.”

Sus “bromas” fueron escalando: rumores sobre su pobreza, fotos manipuladas, comentarios crueles sobre su ropa barata. Pero una tarde Claire se pasó de la raya. Presentó una denuncia formal acusando a Ben de acoso sexual y de intentar propasarse con ella en la biblioteca. La acusación era completamente falsa, pero el daño estaba hecho.

El escándalo explotó. Los profesores que antes lo apoyaban ahora lo miraban con desconfianza. Le retiraron la beca. Sus oportunidades de prácticas y recomendaciones desaparecieron. Aunque Claire retiró la denuncia semanas después diciendo que “se había confundido”, el daño ya era irreversible.

Ben terminó trabajando como mesero en un restaurante de comida rápida, sirviendo hamburguesas mientras veía en su teléfono cómo Claire subía fotos de fiestas y vacaciones en yates.

Hasta esa noche.

Fue un fenómeno global, el gran cambio. Una luz cegadora envolvió el planeta durante unos segundos. Cuando Ben recuperó la vista, ya no estaba en su pequeño apartamento. Estaba en una enorme habitación de lujo, frente a un espejo de cuerpo entero.

Y el reflejo no era el suyo.

Pechos grandes, firmes. Cintura estrecha. Caderas anchas. Cabello largo cayendo sobre hombros delicados. Una cara preciosa que conocía muy bien: la de Claire Vanderbilt.

Ben (ahora en el cuerpo de Claire) tocó sus nuevos senos con incredulidad. Bajó la mano lentamente por su vientre plano hasta llegar entre sus piernas. Un gemido involuntario escapó de sus labios cuando sus dedos encontraron una humedad caliente y sensible.

—Joder… —susurró con la voz dulce y arrogante de Claire.

El mundo entero estaba en caos. El “Gran Cambio” había afectado a millones, pero especialmente a familias poderosas. Redes sociales explotaban con videos de gente famosa despertando en cuerpos equivocados.

El teléfono de Claire empezó a sonar sin parar. Número desconocido. Ben contestó con una sonrisa.

—¿Ben? ¿Eres tú, maldito hijo de puta? ¡Devuélveme mi cuerpo! —gritó la voz de Ben desde el otro lado. Claire estaba atrapada en el cuerpo flaco y común de él.

Ben se rio suavemente, sentándose en la enorme cama king size.

—Vaya… qué irónico. La princesita ahora vive como el “perdedor” al que tanto odiaba. ¿Cómo se siente servir mesas y que te miren con lástima?

Claire empezó a llorar de rabia. Ben cambió al modo de videollamada, se sento en la alfombra de la habitación y abrió las piernas frente al espejo del dormitorio.

—Quiero que escuches bien esto… —murmuró.

Deslizó dos dedos dentro de su nuevo coño, ya empapado. El placer fue inmediato e intenso. Gimió alto, sin vergüenza, mientras movía los dedos más rápido. Sus tetas rebotaban con cada movimiento de su mano.

—¿Ves eso, Claire? Así se ve tu cuerpo corriéndose por primera vez… y no será la última.

Claire sollozaba al otro lado de la línea. Ben aceleró, frotando su clítoris hinchado con la otra mano hasta que un orgasmo poderoso lo recorrió. Gritó con la voz de Claire, arqueando la espalda mientras sus jugos mojaban la alfombra cara.

Cuando recuperó el aliento, habló con calma:

—Disfruta tu nueva vida de perdedor, Claire. Yo voy a disfrutar la tuya. Y si intentas contar la verdad… bueno, tengo todo tu dinero, tus contactos y tu cara. Nadie te va a creer.

Colgó la llamada.

Desde ese día, “Claire Vanderbilt” cambió. Se volvió más inteligente, más estratégica y, para sorpresa de muchos, más humilde en público. Pero en privado, Ben usaba ese cuerpo perfecto para todo lo que quería: fiestas, sexo sin consecuencias, y una venganza lenta y deliciosa.

Mientras tanto, el verdadero Claire (ahora en el cuerpo de Ben) aprendía lo que significaba realmente ser un “perdedor”.

Y Ben… Ben reía el último.

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