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Leer anterior: Parte 4
Han pasado cinco días desde que nos mudamos al departamento de Tom.
La primera noche fue intensa y cargada de emociones. Las siguientes… simplemente se han sentido más naturales. Tom se ha encargado de hacerme sentir como una reina, siempre ha sido mi apoyo constante y no puedo estar más agradecida.
Cada mañana despierto con el cuerpo de Tom pegado al mío. Su brazo rodeándome la cintura, su aliento en mi nuca y, casi siempre, su erección mañanera presionando contra mi culo. Gracias a eso último, terminó gimiendo su nombre antes de que termine la primera hora del día.
Esta mañana no fue la excepción.
Tom me tenía boca abajo, con la cara hundida en la almohada mientras me follaba con embestidas profundas y lentas. Cada vez que entraba del todo, soltaba un gemido ahogado. Mi cuerpo ya conocía perfectamente su ritmo.
—Así… más fuerte —supliqué con voz entrecortada.
Él obedeció. Me agarró de las caderas y empezó a penetrarme con más fuerza, golpeando ese punto que me hace ver estrellas. Mis dedos se aferraban a las sábanas mientras sentía cómo otro orgasmo se acercaba rápido.
—Eres tan puta cuando te pones así… —gruñó contra mi oído, acelerando el ritmo.
Me corrí con fuerza, apretando su verga dentro de mí y temblando debajo de él. Segundos después, Tom se enterró hasta el fondo y se corrió, llenándome con su semen caliente mientras soltaba un gemido ronco.
Caímos exhaustos. Me giré y me acurruque contra su pecho, todavía sintiendo cómo su semen se escapaba entre mis piernas.
—Cada día te deseo más —murmuró besando mi frente—. Esto se siente cada vez más correcto.
Sonreí débilmente, pero no respondí.
Porque aunque el placer es real y cada vez más intenso… la culpa no se ha ido.
Pienso mucho en mi hija. Me pregunto cómo estará en casa sola, si estará comiendo bien, si el trabajo la está sobrepasando. He tenido que contenerme varias veces de mandarle un mensaje. Le prometí espacio y pienso cumplirlo, aunque me duela.
Tom se levantó para preparar el desayuno mientras yo me quedaba un rato más en la cama, mirando el techo. Me pasé la mano por el vientre, todavía sensible, y bajé hasta mi coño hinchado y mojado. Era imposible negar lo mucho que disfrutaba esto.
Ser mujer. Ser follada. Ser deseada por él. Eso me encantaba pero no dejaba de pensar en que estaba viviendo una vida que no me pertenecía.
Me levanté, me puse una de sus camisetas (que me queda grande y cómoda) y fui a la cocina. Tom estaba preparando huevos y café, solo en bóxers. Verlo así todavía me provoca una sensación cálida en el pecho, me daba confianza de poder expresar lo que sentía.
—¿Crees que algún día me perdone? —pregunté de repente, apoyándome en la barra.
Tom se giró y me miró con ternura.
—Con el tiempo… quizás. Pero no puedes seguir castigándote por algo que no elegiste. El Gran Cambio pasó. Tú no pediste esto.
—Lo sé —suspiré—. Pero igual le quité todo, ¿qué clase de padre hace esto? Estoy viviendo su vida.
Se acercó y me abrazó con firmeza, y mirándome a los ojos me dijo.
—Disfruta esto mientras puedas —me dijo suavemente—. Porque por muy mal que suene… yo no quiero que esto termine. Me enamoré de ti, no del cuerpo. Aunque este cuerpo me vuelva loco.
Me dio la vuelta y me besó con intensidad. Sentí que su verga empezaba a endurecerse de nuevo contra mi vientre.
Y aunque la culpa seguía ahí… por ahora, decidí callarla y dejarme llevar otra vez.
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