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Ya había pasado una semana desde que desperté en este maldito cuerpo.
Una semana viviendo como Sophie, mi hermana menor. Siete días de humillaciones constantes desde que ese bastardo me tendió la trampa. Y para colmo, el hijo de puta que me hizo esto ahora ocupa mi cuerpo original. No quiero admitirlo, pero esta situación me está superando.
Cada mañana era igual. El Jefe (el que ahora tenía mi cara y mi fuerza) me despertaba metiendo su mano entre mis piernas sin pedir permiso. Me obligaba a vestirme con ropa ridículamente provocativa: faldas cortas que apenas cubrían mi culo, tops ajustados que marcaban mis tetas y tacones altos que me obligaban a caminar contoneándome como una puta barata.
Cada vez que intentaba resistirme o ponerme a la defensiva, él me recordaba con calma que mi hermana pagaría las consecuencias. No sabía si ese cabrón tenía algún límite. Odiaba profanar de esta forma el cuerpo de Sophie, pero ¿qué opción tenía? Tenía que comportarme como una mujer sumisa. Yo mejor que nadie sabía de lo que era capaz mi antiguo cuerpo… y ahora entendía lo frágil y vulnerable que se siente una mujer en este mundo.
Siempre que él quería, tenía que masturbarlo. Decía que era para “aliviar su estrés”, pero ambos sabíamos que simplemente disfrutaba verme arrodillada, usando estas delicadas manos para sacudir la polla que antes era mía.
Y lo peor era que mi cuerpo empezaba a traicionarme. Cuando lo tocaba, sentía el calor y la dureza de mi antiguo pene. Esas manos suaves percibían cada vena, cada latido… y mi coño se humedecía sin que pudiera evitarlo. El placer era ridículamente intenso. ¿Cómo carajo soportan las mujeres esto? Si fuera más débil, ya me habría corrido solo con tocarlo.
El se aprovechaba de mi vulnerabilidad y mientras yo frotaba mi antiguo pene, él por su parte estimulaba mi cuerpo con un tacto suave en lugares que no sabía que eran sensibles. No pude evitar esbozar una sonrisa ligera por las corrientes de placer que acechaban mi cerebro.
Días después
La dinámica había empeorado. Ya no se conformaba con órdenes simples. Una mañana me lanzó un uniforme de colegiala sobre la cama.
—Ponte esto hoy —ordenó con mi propia voz grave—. Quiero verte como la putita inocente que siempre imaginé que eras por dentro.
Intenté resistirme, intenté mantener algo de la dignidad de Mike… pero mi nuevo cuerpo me traicionaba. Mis pezones se endurecían solo con escuchar su voz. Mi coño se mojaba cada vez más rápido. Y cada vez me costaba más contener los gemidos vergonzosos.
Lo que empezaron siendo pajas pronto se convirtieron en mamadas. Me hacía arrodillar y chupar mi propia polla como si fuera una paleta, mientras él observaba cómo usaba mis dedos para estimular mi clítoris y mis pezones por mi cuenta. Mi mente gritaba que no, pero mi cuerpo cada vez respondía más.
Esto era muy humillante, yo solía ser un hombre fornido y respetado. Ahora estaba a merced de este bastardo como una mujer débil que no puede defenderse. El pensar en eso, en ser dominada por un macho hacía que este cuerpo se excitara, como si la sumisión fuera su estado natural. No sabría decir si es cosa del cuerpo de mi hermana o es que yo siempre he sido así y no lo sabía.
Estar vestida así solo alimentaba sus fetiches pero sorprendentemente el usar estas ropas era algo que no se sentía ajeno a mi, me hacía sentir vulnerable e indefenso pero aquello solo incrementó el placer. Algo definitivamente está mal con este cuerpo.
Al día siguiente
Esa mañana preparaba el desayuno con solo un delantal puesto (y nada debajo). El Jefe se acercó por detrás en silencio, levantó la tela y me penetró lentamente mientras yo intentaba remover los huevos en la sartén.
—Buena chica… —susurró mordiéndome la oreja—. Cocina mientras te follo. Esto es lo que querías para tu hermana, ¿no? Que estuviera en la cocina abriendo las piernas.
—No te atrevas a mencionarla, bastardo pervertido —gruñí entre dientes—. ¿Hasta cuándo crees que podrás mantenerme aquí? Mi pandilla es fuerte y mi gente es leal. Aunque yo no pueda matarte, ellos vendrán por ti.
Él solo soltó una risa baja. De un fuerte empujón me levantó del suelo, empalándome completamente. Gemí sin poder evitarlo. Mi espalda se arqueó sola y mi coño se contrajo alrededor de su verga. El placer era brutal. En ese momento entendí que se había estado conteniendo todo este tiempo. Ahora me estaba mostrando la verdadera diferencia de poder.
Cuando terminó de correrse dentro de mí, me obligó a arrodillarme y limpiarle la polla con la boca.
—Traga todo, Sophie. Las buenas esposas lo hacen.
Obedecí, odiándome profundamente por lo mucho que mi cuerpo disfrutaba esa sumisión.
Por la tarde
El Jefe anunció que iríamos a una “reunión importante”. Me vistió con un vestido corto y ajustado, tacones y lencería cara. Cuando llegamos al viejo almacén, creí que sería una reunión con la pandilla rival. La sorpresa fue mayor cuando vi que eran mis hombres. Mi antigua pandilla. Mis hermanos. Arrodillados en mitad de la sala como prisioneros.
El Jefe me sentó en su regazo frente a todos y me acarició el muslo descaradamente. Mis mejillas ardían de vergüenza.
—Miren lo que tengo aquí —dijo con mi antigua voz—. La hermanita de Mike… convertida en mi puta personal.
La sala estalló en risas mientras el horror se reflejaba en la cara de mis colegas. Quería desaparecer. Quería morir.
Entonces Ricky, mi mano derecha de la pandilla, aquel en quien más confiaba, se levantó con una sonrisa de oreja a oreja.
—Joder, Mike… o mejor dicho, Sophie —rio—. Perdón por todo esto, carnal. Pero tenía que ser así.
Se acercó y me acarició la mejilla con fingida ternura.
—Yo planeé todo desde el principio. Tú eras demasiado fuerte, demasiado leal. Estorbabas para que yo tomara el control. Así que usé al Jefe rival, organicé el secuestro, los intercambios de cuerpos… todo. Ahora yo soy el nuevo líder.
Antes de que pudiera reaccionar, el Jefe rasgó mi vestido de un tirón, destruyéndolo como si fuera papel. Me arrojó sobre un viejo sofá y, sin previo aviso, me penetró con fuerza desde atrás delante de todos mis excompañeros.
Quise resistirme. Quise gritar. Pero mi cuerpo, ya entrenado durante días, respondía como una perra en celo. Cada embestida profunda me arrancaba gemidos altos y vergonzosos. Me tiró del cabello y me obligó a mirar a mis antiguos hermanos mientras me follaba.
—Diles quién eres ahora —ordenó.
—Soy… Sophie… —gemí entre sollozos y placer, corriéndome sin poder evitarlo.
Cuando terminó, el Jefe dio la orden y se llevaron a todos. Ricky se marchó sonriendo, convertido en el nuevo líder que había pactado la paz con la pandilla rival. Un héroe para los demás.
A mí me dejó tirada en el sofá, con el semen corriendo por mis muslos. Mientras se alejaba, reuní fuerzas e intente alcanzarlo pero fue inutil, mis piernas estaban demasiado débiles y cai al suelo, mientras me arrastraba me llene de valor y pregunté entre gemidos agotados:
—¿Dónde está mi hermana?
El Jefe (el que tenía mi cara) se acercó, se agachó y me susurró al oído con una sonrisa cruel:
—Tu hermana siempre estuvo al mando de todo esto. De hecho… soy yo.
Me quedé congelada.
La persona por la que había sacrificado todo, la razón por la que entré en este mundo… era la que me había traicionado de la peor forma posible.
Ricky se quedaba con mi pandilla.
Yo me quedaba con mi hermana… convertida en mi dueño y ama.
Y lo peor de todo era que, a pesar del odio y la humillación que sentía, mi cuerpo seguía corriéndose una y otra vez con solo pensar en ello.
Odio esto.

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