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Se mudaron un viernes por la tarde.
La casa estaba en un barrio discreto, de calles arboladas y vecinos que casi no se asomaban. No era grande, pero tenía buena luz, un patio pequeño y un precio que parecía demasiado bueno para ser verdad. El agente inmobiliario solo dijo que el dueño anterior se había ido con prisa por “asuntos personales” y que había dejado algunas cosas atrás. Esteban y Natalia no preguntaron más. Necesitaban el lugar.
El primer día lo pasaron subiendo cajas y muebles. Al atardecer, mientras revisaban el trastero, encontraron lo que el anterior inquilino no se había llevado: una máscara de cerámica blanca con la boca entreabierta, un balón de fútbol desinflado, un par de revistas viejas de deportes y un manojo de cartas atadas con un listón desteñido. Lo juntaron todo en una caja de cartón y la dejaron en un rincón. No parecía importante.
En la habitación principal había un espejo de cuerpo completo apoyado contra la pared. Marco oscuro, cristal grueso, sin adornos. Natalia se paró frente a él mientras se recogía el pelo y se miró con la camiseta vieja de la mudanza. El reflejo hizo exactamente lo que debía.
Cuando Esteban se colocó detrás de ella, el espejo no mostró a los dos.
Solo a Natalia.
Parpadeó. Se movió hacia la izquierda. El reflejo de su esposa se movió con él, pero su propio cuerpo no apareció. Donde debería estar él solo estaba la habitación vacía… o, más exactamente, el cuerpo de Natalia ocupando el espacio que le correspondía.
—¿Viste eso?
Natalia se giró, confusa. Él se señaló a sí mismo y después al cristal. Ella se colocó a su lado y esta vez el espejo los mostró a ambos con normalidad. Esteban sintió un escalofrío que no pudo explicar.
Revisaron el espejo a fondo. Lo giraron, buscaron cables, cámaras, cualquier truco electrónico. No había nada. Solo madera, cristal y el reverso forrado con una tela vieja y polvorienta. Esteban decidió bajarlo al trastero al día siguiente. Mientras lo sujetaba para apartarlo de la pared, el suelo tembló.
No era normal. En esa zona casi nunca temblaba. El movimiento fue corto, seco y violento. El espejo se le resbaló de las manos, cayó de canto y se hizo añicos contra el suelo de madera. Fragmentos por todas partes. Natalia gritó. Esteban se quedó mirando los restos como si todavía esperara que el cristal se recompusiera solo.
Pasaron el resto de la tarde barriendo y aspirando cada trozo. Cuando terminaron ya era de noche. Cenaron poco, se ducharon con el agua todavía a medio calentar y se metieron en la cama con el cansancio de la mudanza pegado a la piel. Se durmieron rápido.
Esteban despertó primero.
La luz de la mañana entraba por la ventana sin cortinas. Estiró el brazo hacia el lado de Natalia y tocó un hombro desnudo. Sonrió con los ojos cerrados y se acercó para abrazarla… y entonces notó que el cuerpo contra el suyo no era el de ella, o no era lo único que había.
Abrió los ojos.
Apresurado tomó su teléfono y trató de ver que pasaba usando la cámara.
A su lado, todavía dormida, estaba Natalia.
Y él también tenía la cara de Natalia.
Se incorporó de golpe. El pecho se movió con un peso que no reconocía. Miró hacia abajo: dos pechos desnudos, pálidos, con los pezones contraídos por el aire fresco. La cintura era estrecha. Las caderas, anchas. Entre las piernas solo había una suavidad desconocida y una abertura que se cerró por reflejo cuando juntó los muslos. Se llevó las manos a la cara. Los dedos tocaron pómulos altos, labios más llenos, una mandíbula suave. El pelo le caía hasta los hombros.
—¿Natalia…?
La voz que salió fue la de ella. Exactamente la de ella.
Natalia abrió los ojos y se encontró mirando su propio rostro a centímetros del suyo. Durante tres segundos no entendió nada. Después retrocedió hasta casi caerse de la cama, señalándolo con un dedo tembloroso. Esteban intentó explicar. Las palabras salían en la voz de su esposa. Le mostró el cuerpo, el pecho, la ausencia entre las piernas. Natalia se tapó la boca con las dos manos y negó con la cabeza una y otra vez. Durante casi una hora solo hubo preguntas sin respuesta, llanto contenido y la certeza absurda de que el espejo roto había hecho algo que ninguno de los dos podía deshacer.
Los primeros meses fueron un derrumbe lento y silencioso.
Esteban intentó volver al trabajo. Explicó lo ocurrido una y otra vez. Nadie le creyó. Una historia de espejos, temblores y cuerpos intercambiados sonaba a locura o a una estafa muy elaborada. Sin documentos que coincidieran con su nueva cara, sin forma de demostrar que seguía siendo la misma persona, quedó fuera del sistema. Natalia consiguió un turno de tarde en una cafetería del centro. Él buscaba lo que podía: limpiezas esporádicas, turnos de almacén que no pedían demasiados papeles, cualquier cosa que dejara algo de dinero en la mesa. Aun así, casi siempre llegaban tarde con la renta.
La casa era lo único que les quedaba.
Y el uno al otro.
Natalia empezó a mirarlo de otra forma. El hombre al que durante años había encontrado, estable, predecible y un poco aburrido ahora era una versión exacta de sí misma: más suave, más contenida, más fácil de dirigir. A Esteban le costaba sostenerle la mirada. Por dentro seguía sintiéndose hombre. Por fuera solo existía el cuerpo de su esposa, y cada día que pasaba se volvía más difícil recordar el peso de su antigua voz, la forma de sus propias manos, la ausencia de pechos al agacharse.
La ropa de él ya no servía. Terminó usando la de Natalia porque no había otra opción. Primero con vergüenza. Después con una resignación cansada. Después, algunas mañanas, sin pensarlo demasiado.
La tarde en que todo se rompió, Natalia regresó antes de lo esperado.
Había terminado el turno más temprano y decidió caminar a casa en lugar de esperar el autobús. Abrió la puerta con la llave y se encontró con la escena en la sala: Esteban de rodillas sobre la alfombra, el vestido subido hasta la cintura, chupándole la verga al casero. El hombre tenía una mano apoyada en su cabeza y la expresión tranquila de quien no es la primera vez que usa esa boca. La otra mano sostenía el teléfono y grababa sin ningún pudor.
Natalia se quedó congelada en el umbral.
Esteban se apartó de golpe. La cara se le encendió de vergüenza. Intentó hablar, explicar que no le quedaba otro modo de cubrir lo que debían ese mes, que se sentía miserable por no poder sostenerlos, que por dentro seguía considerándose un hombre y que rebajarse a eso lo estaba destrozando más que el propio cambio de cuerpo.
Natalia no reaccionó como él esperaba.
No hubo gritos. No hubo llanto de traición. Solo un silencio largo y una risa corta, amarga, casi aliviada.
—También yo —dijo por fin, cerrando la puerta detrás de sí.
Resultó que el casero llevaba semanas alternándolas. Unos días Natalia, cuando Esteban no estaba. Otros días la copia, cuando ella trabajaba. Nunca al mismo tiempo. Las había convertido en un secreto rotativo sin que ninguna de las dos lo supiera del todo. El hombre se había limitado a sonreír, a anotar las fechas en un cuaderno y a cobrar la renta de la forma más conveniente para él.
Esa misma noche, sentados los tres en la sala que todavía olía a sexo y a vergüenza, el casero les hizo la propuesta definitiva.
Podían quedarse en la casa.
A cambio, las dos se convertirían en sus putas personales. Harían lo que él ordenara. Atenderían a quien él mandara, cuando él lo mandara. A cambio recibirían una comisión por cada cliente satisfecho y la seguridad de no volver a dormir en la calle ni llegar tarde con la renta.
Esteban quiso negarse. La vergüenza todavía le quemaba la garganta.
Natalia lo miró durante mucho rato. Después le tomó la mano y le apretó los dedos con fuerza.
No querían separarse.
Eso era lo único que todavía importaba.
Aceptaron.
La vida se dividió en dos mitades claramente distintas.
De día eran una pareja rara y callada. Compartían ropa, comidas y el silencio de quienes han perdido demasiado para seguir discutiendo por orgullo. A veces salían juntas a comprar, a caminar por el parque cercano, a sentarse en una banca a ver pasar a la gente. Los vecinos empezaron a tratarlas como hermanas gemelas. Algunas sonrisas cómplices. Algunos comentarios sobre lo parecidas que eran. Ninguna pregunta demasiado profunda. Esteban aprendió a responder al nombre de Natalia cuando alguien se dirigía a las dos. Aprendió a sonreír como ella. Aprendió a dejar que el cuerpo hiciera lo que el cuerpo ya sabía hacer.
Ciertas noches la casa cambiaba de función.
El casero avisaba con un mensaje corto. A veces pedía solo a una. A veces pedía a las dos. Los hombres llegaban después de las diez, algunos con traje, otros con ropa de trabajo, otros con la cara de quien no quiere ser reconocido. El morbo de tener delante a dos mujeres idénticas se volvió el principal argumento de venta. Los usaban por separado o juntas: en la cama de matrimonio, en el sofá de la sala, contra la pared del pasillo, de rodillas en la alfombra. Esteban aprendió a callar la parte de sí que todavía se consideraba hombre mientras el cuerpo de Natalia se abría, gemía y se corría bajo manos que no conocía. Aprendió el sabor de vergas distintas. Aprendió a mirar a Natalia a los ojos cuando las dos estaban de rodillas frente al mismo cliente y a no apartar la mirada cuando el hombre se corría en la boca de una y después en la de la otra.
Natalia, por su parte, dejó de mirarlo con lástima. Algunas noches, cuando terminaban y los clientes se habían ido, le buscaba la mano en la oscuridad y se la apretaba en silencio. Ya no había nada que explicar. Solo el acuerdo tácito de que esto era lo que les quedaba.
El dinero empezó a entrar.
Primero lo justo para la renta. Después sobró para la despensa. Después sobró para cambiar el colchón y comprar cortinas. El casero sonreía cada vez que les entregaba la comisión y les recordaba, en voz baja, que el morbo de las gemelas pagaba mejor que cualquier empleo decente que hubieran podido conseguir por separado.
No era la vida que habían planeado cuando firmaron el contrato de la casa.
No era digna.
No era limpia.
Pero seguían juntas.
Ya no solo como esposos.
Como hermanas.
Como el único negocio que el espejo les había dejado.
Y cada vez que un cliente las pedía a las dos al mismo tiempo, Esteban cerraba los ojos, dejaba que el cuerpo de Natalia hiciera lo que tenía que hacer, y pensaba —con una claridad amarga— que al menos no estaba solo en esto.
Por otro lado, el casero. Complacido con el modelo de negocio que no paraba de darle ganancias, pudo comprar otro departamento para rentar. Y después de dejarlo listo, abrió su bodega y sacó otro espejo maldito de su colección junto con otros objetos mas.
Fin.
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