Latest Post / Última publicación
- Get link
- X
- Other Apps
Adrián, era delgado por naturaleza, de esos cuerpos que nunca terminaban de llenar la ropa. Esa tarde había salido con Valeria, su amiga de toda la vida, a hacer algunas compras. Hablaban de cualquier cosa mientras cargaban las bolsas. El cielo se veía pesado, pero ninguno esperaba el aguacero que cayó de golpe.
Valeria sacó un impermeable del bolso y se lo puso entre risas. Adrián no tenía nada. En menos de un minuto estaba empapado hasta los huesos. El agua fría se le filtró por la camisa, por el pantalón, por la piel. Corrieron hasta la casa de ella. Al entrar, Valeria le tiró una toalla y señaló las escaleras.
—Sube, date un baño y cámbiate. La ropa de mi hermano debe estar por ahí. La tuya se va a secar mientras tanto.
Adrián subió. Se duchó con agua caliente hasta dejar de tiritar. Salió envuelto en una toalla y fue al pasillo. La puerta del cuarto del hermano estaba cerrada con llave. Probó dos veces. Nada.
Volvió a la habitación de Valeria, abrió el armario y suspiró. Solo había ropa de ella. Vestidos, blusas, faldas.
Al final tomó un vestido sencillo de tirantes, color crema, lo más holgado que encontró. Se lo puso pensando que solo sería un rato. Para su sorpresa, le quedó casi perfecto. La tela cayó sobre sus hombros delgados y se ajustó en la cintura con una naturalidad que le resultó extraña. Se miró un segundo en el espejo del armario y apartó la vista, incómodo.
Cuando Valeria regresó (había olvidado una bolsa y volvió bajo la lluvia), lo encontró de pie en la sala con el vestido crema. Se detuvo en seco y soltó una carcajada.
—No mames… ¿En serio?
Adrián sintió el calor subirle a la cara.
—La puerta de tu hermano está cerrada. No había otra cosa.
Valeria se acercó, todavía riéndose, y le dio un par de vueltas.
—Te queda mejor de lo que debería, te lo juro. Espera.
Fue a su cuarto y volvió con un estuche de maquillaje. Adrián intentó negarse, pero ella ya estaba en modo “vamos a hacer una tontería”. Le pasó un poco de corrector, un toque de rubor, un labial suave. Cada vez que él protestaba, ella se reía más.
—Relájate, es solo para morir de risa.
Abrieron una botella de vino. Después otra. La lluvia no paraba. Seguía golpeando los ventanales con la misma insistencia de hace horas, como si algo en el agua tuviera paciencia.
Los cambios empezaron de forma discreta.
Primero fue la piel. Se volvió un poco más suave al tacto. Después la cintura, que pareció estrecharse bajo el vestido crema. Adrián lo notó cuando se pasó una mano por el costado, pero el alcohol ya le nublaba la cabeza lo suficiente como para no darle importancia. Valeria tampoco dijo nada. Solo seguían riendo.
Cerca del atardecer, Valeria decidió que el vestido crema ya estaba “aburrido”.
—A ver, pruébate este, luego este y después este.
Aquella tarde Adrián se la pasó como la muñeca personal de Valeria, primero una falda, después un traje completo, después un bikini. Tenían tanto alcohol en el cerebro que ninguno de los 2 se dio cuenta que Adrian cada vez más parecía una mujer.
Al final Valeria le pasó un vestido corto, oscuro, de tirantes finos. Debajo le hizo ponerse una blusa blanca delgada, casi transparente. Adrián, ya con la cabeza ligera por el vino, se cambió en la misma sala entre risas. El vestido oscuro le quedó más ajustado que el anterior. La tela se pegó a unos muslos que parecían haberse redondeado en las últimas horas. La blusa debajo marcaba un pecho que ya no era plano del todo. Había una suave hinchazón, sensible, que rozaba la tela cada vez que se movía.
—Estás raro —dijo Valeria, entrecerrando los ojos, todavía sonriendo—. Como más… no sé. Suave.
—Es el alcohol —contestó Adrián, aunque su voz sonó un poco más alta de lo normal.
Siguieron bebiendo. La lluvia no cesaba. Cada vez que Adrián se movía sentía el vestido oscuro de una forma distinta: más ceñido en la cintura, más holgado en los hombros, más presente en el pecho. El cuerpo estaba cambiando con la misma constancia con la que caía el agua afuera. Los hombros se habían estrecho. Las caderas empujaban la tela. Entre las piernas, una sensibilidad nueva e incómoda empezaba a instalarse, pero el alcohol lo mantenía en una nube donde todo parecía una broma pesada.
Cerca de la medianoche llegó Diego, el hermano de Valeria. Entró sacudiéndose el paraguas, escuchó las risas y asomó la cabeza. Vio a su hermana y a otra chica (o lo que parecía una chica) en la sala, maquilladas, con vestidos, pasando la botella. Rodó los ojos.
—Están bien pedas las dos.
Subió a su cuarto sin decir más.
Horas más tarde, Diego bajó por un vaso de agua. En la sala había un ruido suave. La “amiga” de su hermana estaba de pie cerca del sofá, desorientada. El vestido oscuro se le pegaba al cuerpo de una forma que ya no dejaba lugar a dudas: pecho definido, cintura marcada, caderas redondas. Parecía mareada.
—Oye… ¿estás bien? —preguntó en voz baja—. Te ayudo a llegar a un cuarto.
Le tocó el brazo.
Ella se giró. Tenía la mirada brillante, confusa, casi tierna. Y de pronto se lanzó hacia él. No fue violento. Fue torpe, necesitado, como alguien que todavía cree que está soñando. Lo besó. Diego, sorprendido, respondió.
Terminaron en el sofá.
Adrián sentía el peso del cuerpo de Diego encima, la respiración caliente, las manos subiendo por el vestido oscuro. Pensó que era un sueño raro. Hizo bromas entre gemidos, se rio contra el cuello de Diego, dijo cosas como “qué pedo con este sueño tan real”. En un momento, con la cabeza todavía nublada, se quitó el vestido y la blusa por completo. Se quedó desnuda frente a él, en la penumbra de la sala, sin entender del todo por qué su cuerpo se sentía tan distinto ni por qué la humedad entre sus piernas era tan evidente. Diego lo miró unos segundos en silencio y después lo tomó con más ganas.
Cuando Diego lo penetró, el ardor y el placer se mezclaron de forma confusa. Adrián se aferraba a él entre risas borrachas y jadeos, todavía convencido de que amanecería en su propia cama.
No fue así.
Despertó cuando la luz de la mañana entraba por la ventana. Estaba en la cama de Diego, completamente desnuda. El cuerpo que reconoció al bajar la mirada ya no era el suyo: pecho suave y pesado, cintura estrecha, caderas redondeadas, y entre las piernas solo una abertura sensible cubierta por el semen seco de Diego.
Se le heló la sangre.
La puerta se abrió.
Valeria apareció en el umbral, todavía en pijama, con el cabello revuelto. Miró la cama. Miró a su hermano. Miró a Adrián.
— Valeria, espera un momento, no es lo que crees.
Se quedó en silencio varios segundos.
Luego dejó escapar una risa corta, incrédula, mientras se llevaba una mano a la boca.
—No… mames…
Y ahí terminó todo.
- Get link
- X
- Other Apps

Comments
Post a Comment