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Cuando abri贸 los ojos, lo primero que not贸 fue el dolor sordo detr谩s de las sienes y la luz amarillenta de una l谩mpara de noche.
No sab铆a qui茅n era.
No sab铆a d贸nde estaba.
Solo sab铆a que el techo era bajo, que las s谩banas ol铆an a detergente barato y que alguien respiraba en la habitaci贸n contigua.
Intent贸 incorporarse. El cuerpo le respondi贸 de forma extra帽a: m谩s ligero de lo que su mente esperaba, con un peso desconocido en el pecho. Baj贸 la mirada y vio dos pechos suaves bajo una camiseta de hombre demasiado grande. Entre las piernas… nada de lo que cre铆a que deber铆a haber.
La puerta se abri贸.
Un hombre de unos cuarenta a帽os, hombros anchos, barba de varios d铆as y ojos cansados, se qued贸 en el umbral con una taza de caf茅 en la mano. Al verla despierta, su expresi贸n se suaviz贸 con alivio.
—Por fin. Llevas tres d铆as fuera. Pens茅 que no ibas a volver.
Ella abri贸 la boca. La voz que sali贸 fue aguda, desconocida.
—¿Qui茅n… soy? ¿D贸nde estoy?
El hombre se acerc贸 con cuidado y dej贸 la taza en la mesita.
—Me llamo Paul. Te encontr茅 tirada a un lado de la carretera, empapada, sin documentos. Fren茅, pero igual te di de lleno con el cami贸n. Cualquiera habr铆a muerto. T煤 solo quedaste inconsciente. Te traje aqu铆 porque el hospital m谩s cercano est谩 a horas y no ten铆as fiebre ni heridas graves… solo el golpe en la cabeza.
Hizo una pausa.
—Como no ten铆as nombre, te empec茅 a llamar Lena. Mientras recuerdas, si te parece bien.
Lena.
El nombre se sinti贸 ajeno, pero no molesto. Asinti贸 despacio.
Fue entonces cuando mir贸 realmente alrededor.
El departamento era un desastre. Platos amontonados en el fregadero, ropa sucia en una esquina, polvo en los muebles, cajas sin abrir apiladas contra la pared. La 煤nica cosa verdaderamente limpia era la cama donde estaba: s谩banas frescas, almohada sin arrugas, olor a jab贸n.
Paul sigui贸 su mirada y se pas贸 una mano por la nuca, inc贸modo.
—S铆… est谩 hecho un desastre. Mi esposa muri贸 hace dos a帽os. Desde entonces no le he puesto mucho orden. Puedes quedarte el tiempo que necesites. No tienes a d贸nde ir y yo… se agradece la compa帽铆a.
Lena mir贸 otra vez las s谩banas limpias y despu茅s al hombre que las hab铆a cambiado para ella. Asinti贸 en silencio.
—Gracias.
Las semanas siguientes fueron una mezcla extra帽a de normalidad y vac铆o.
Lena no recordaba nada. Ni su nombre real, ni su pasado, ni c贸mo hab铆a terminado en esa carretera. Solo sab铆a que era una mujer y que Paul la hab铆a cuidado. 脡l trabajaba largas horas como camionero. Ella, para agradecerle, empez贸 a poner orden.
Limpio el departamento de arriba abajo. Lav贸 la monta帽a de ropa. Cocino comidas simples. Como no ten铆a ropa propia, empez贸 a usar la de la esposa muerta de Paul: vestidos sencillos, blusas suaves, ropa interior que ol铆a ligeramente a un perfume olvidado. Al principio le result贸 extra帽o. Despu茅s se sinti贸 natural.
Paul nunca se sobrepas贸. La miraba con respeto, a veces con una tristeza callada, pero nunca con hambre. Hablaban por las noches cuando 茅l regresaba. Ella le contaba los peque帽os progresos de la casa. 脡l le hablaba de las carreteras, de los pueblos que cruzaba, de lo sola que se sent铆a la cabina del cami贸n.
Poco a poco, Lena empez贸 a tener destellos.
Una imagen de 谩rboles bajo la lluvia.
El sonido de voces que no eran humanas.
La sensaci贸n de correr sin aliento.
Nada concreto. Solo fragmentos que se deshac铆an apenas intentaba atraparlos.
Una noche, m谩s de un mes despu茅s, Lena se despert贸 con sed.
Baj贸 descalza al pasillo y entr贸 a la sala. Hab铆a una luz tenue encendida. Sin pensar demasiado, decidi贸 seguir avanzando.
Paul estaba sentado en el sof谩, con los pantalones bajados hasta los muslos. En una mano ten铆a un par de bragas usadas —las que ella hab铆a llevado esa tarde— y con la otra se masturbaba en silencio, la respiraci贸n agitada, los ojos cerrados.
Lena deber铆a haber sentido asco.
Deber铆a haber retrocedido.
En cambio, un calor traicionero le subi贸 entre las piernas. El cuerpo reaccion贸 antes que la mente. Se qued贸 mirando, el pulso acelerado, la respiraci贸n corta. Paul abri贸 los ojos y la vio. El p谩nico le cruz贸 la cara. Intent贸 cubrirse, balbucear una disculpa.
Ella entr贸, cerr贸 la puerta detr谩s de s铆 y se quit贸 la camiseta de dormir de un solo movimiento.
—No pares —dijo con voz ronca.
Lo que sigui贸 fue torpe al principio y despu茅s urgente. Paul la tom贸 contra el sofa, despu茅s sobre el sill贸n. Cada embestida, cada tir贸n de pelo, cada gemido que se le escapaba le hac铆a sentir m谩s mujer. Como si el cuerpo por fin encajara. Como si algo que hab铆a estado reprimido se soltara de golpe.
Cuando terminaron, ella se qued贸 temblando, con el semen caliente dentro y una sensaci贸n extra帽a en el pecho. Algo andaba mal. Algo estaba a punto de romperse.
Fue en la ducha, al d铆a siguiente, donde todo regres贸.
El agua caliente le ca铆a sobre los hombros. Paul entr贸 detr谩s de ella, la abraz贸 contra su pecho y la penetr贸 otra vez, despacio, profundo. El ruido del agua, la presi贸n del cuerpo grande contra el suyo, el vaiv茅n constante…
Y de pronto las im谩genes dejaron de ser fragmentos.
El campamento.
Los amigos.
La lluvia que no paraba.
Las voces en la cabeza que no eran el viento.
El cuerpo volvi茅ndose m谩s pesado, m谩s curvo, m谩s ajeno mientras corr铆a entre los 谩rboles.
El esp铆ritu que intentaba entrar y no pod铆a del todo.
La carretera.
Las luces del cami贸n.
El impacto.
Ra煤l.
Se llamaba Ra煤l.
Hab铆a salido a buscar ayuda.
Hab铆a terminado as铆.
El recuerdo lo golpe贸 completo mientras Paul segu铆a movi茅ndose dentro de ella. El orgasmo le lleg贸 mezclado con la certeza brutal de qui茅n hab铆a sido. Gimi贸 contra el azulejo, las u帽as clavadas en los antebrazos del hombre, y cuando termin贸 se qued贸 quieta bajo el agua, respirando agitada.
Paul not贸 el cambio.
—¿Est谩s bien?
Lena (Ra煤l) abri贸 los ojos. El agua le corr铆a por la cara. Podr铆a haberlo dicho todo. Podr铆a haber gritado, haber pedido ayuda, haber intentado volver a una vida que ya no exist铆a.
En su vida anterior estaba endeudado hasta el cuello. Lo buscaban. Hab铆a aceptado ese viaje de campo precisamente porque necesitaba desaparecer unos d铆as.
Ahora nadie lo buscaba.
Ten铆a un techo.
Ten铆a a alguien que lo cuidaba.
Y el cuerpo, traicionero, ya no le ped铆a volver atr谩s.
Se gir贸 entre los brazos de Paul, le rode贸 el cuello con las manos mojadas y lo bes贸.
—Estoy bien —susurr贸—. Solo… no quiero recordar todav铆a.
Paul la abraz贸 m谩s fuerte, sin hacer m谩s preguntas.
Y Lena, que una vez se hab铆a llamado Ra煤l, cerr贸 los ojos bajo el agua caliente y decidi贸 que, por ahora, esta era la vida que iba a vivir.
Fin.
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