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Se creía más listo que el sistema.
Durante semanas estudió las cámaras, los ángulos muertos, el ritmo de los crupieres y los hábitos de los supervisores. No era un aficionado. Años como mago de fiestas infantiles le habían enseñado a manipular cartas con una naturalidad casi invisible: el deslizamiento desde la muñeca, el cambio de dedos, la forma de cortar el mazo sin que nadie notara el peso extra. La trampa era mínima, casi elegante. Lo suficiente para inclinar las probabilidades sin disparar ninguna alarma evidente.
Esa noche salió del casino con más de quinientos mil dólares en fichas canjeadas. El dinero pesaba en el maletín como una confirmación de su inteligencia. Llegó a su departamento, cerró la puerta con doble pestillo y abrió una botella para celebrar. Mientras contaba los fajos y planeaba el siguiente golpe —uno todavía más limpio, todavía más grande—, llamaron a la puerta.
No era la policía.
Era el gerente del casino.
Entré sin esperar invitación. Traje oscuro, sonrisa tranquila, manos en los bolsillos. Se sentó frente a él como si estuviera en su propia oficina y miró el maletín abierto sobre la mesa.
—Quinientos mil —dijo con voz casi amable—. En apuestas que, según nuestras tablas, no debiste poder ganar. Nos interesa saber cómo.
El hombre sonrió con arrogancia. Estaba seguro de que no tenían nada concreto. El gerente, sin embargo, no parecía enfadado. Parecía curioso. Después de un rato de conversación tensa, propuso algo simple:
Una mano de póker.
Una sola.
Todo el botín sobre la mesa.
Si el gerente ganaba, el dinero volvía al casino y el asunto terminaba ahí.
Si él ganaba, se quedaba con todo y nadie lo molestaría de nuevo.
Aceptó. La soberbia le pudo.
Mientras el gerente barajaba, el ex mago preparó el movimiento que había perfeccionado durante años. El intercambio fue rápido, casi imperceptible. Cuando las cartas quedaron boca arriba sobre la mesa, él tenía una escalera corrida perfecta. Sonrió. Ya estaba calculando cómo gastaría el resto.
El gerente miró las cartas, soltó una risa breve y de pronto su tono cambió por completo.
—Sabía que eras un tramposo.
Mostró su propia mano. Había cartas repetidas. No hacía falta ser un genio para entender que alguien había introducido naipes desde fuera del mazo. El gerente lo miró fijamente, sin ningún rastro de la amabilidad anterior.
—Nos tomamos el tiempo de investigar a nuestros clientes. Más aún a las ratas. En tu reporte decía que eras mago, no estúpido. Supongo que tanto tiempo haciendo trucos para niños en fiestas de cumpleaños te dejó el coeficiente intelectual de uno de ellos.
El hombre intentó hablar, justificar, negociar. El gerente levantó una mano y lo cortó en seco.
—Hay que ser hombres de palabra. Hiciste trampa. Eso te descalifica. Por lo tanto, yo gano. Me devolverás todo.
Resignado, empujó el maletín hacia él. El gerente ni siquiera lo miró.
—Ese dinero no te pertenece. Lo obtuviste haciendo trampa. Así que no cuenta como pago. Me deberás algo más.
El nerviosismo apareció por primera vez. Intentó explicar que incluso vendiendo el departamento y el coche no alcanzaría a cubrir una suma así de inmediato. El gerente inclinó la cabeza, casi divertido.
—Eso se arregla fácil.
¿Sabías que yo también tengo algo de mago?
Lo agarró del cuello con una sola mano y lo levantó del suelo como si no pesara nada. Los pies dejaron de tocar el piso. Mientras permanecía suspendido, el cambio comenzó. Fue rápido y brutal. La figura se volvió curvilínea en segundos. Los pechos crecieron con un peso repentino y sensible. El cabello se alargó hasta los hombros. La cintura se estrechó. Las caderas se ensancharon. La ropa —camisa, pantalón, cinturón— se volvió de pronto demasiado grande y se deslizó sobre una piel nueva. Entre las piernas, la ausencia fue absoluta: solo una abertura suave y ya húmeda por la adrenalina y el miedo.
El gerente lo bajó y lo giró contra la mesa del comedor. Las fichas y las cartas del partido anterior todavía estaban esparcidas sobre el cristal. Se bajó la bragueta, sacó una polla gruesa y ya dura, y habló con la misma calma de antes:
—Hagamos otra apuesta.
Si logras evitar correrte antes que yo, te devuelvo a tu forma habitual y te perdono la deuda.
Si no… trabajarás para mí hasta que pagues cada centavo.
Lo penetró de un solo empujón, bruto, profundo. Los pechos nuevos chocaron contra el cristal frío de la mesa. La verga caliente abrió el interior que nunca había existido y empezó a acomodarlo a su ritmo. La sensación fue tan ajena y tan intensa que el pensamiento se quebró. Cada embestida hacía que los pechos se aplastaran y rebotaran contra la superficie, enviando descargas eléctricas por todo el cuerpo. Intentó moverse, forcejear, pedir que parara. De la boca solo salieron gemidos agudos, ahogados, cada vez más necesitados.
Se había considerado un alfa toda su vida. Un hombre que controlaba la mesa, las probabilidades, a la gente. Esa noche, con las caderas sujetas por manos más fuertes que las suyas y el cuerpo respondiendo sin su permiso, esa idea se hizo pedazos. El placer subió desde los dedos de los pies, recorrió las piernas y, al llegar a la cintura, se desbordó. Se corrió con un grito largo, roto, digno de una película para adultos, mientras el interior se contraía alrededor de la verga que seguía usándolo.
El gerente se detuvo solo cuando terminó. Lo dejó tendido sobre la mesa, con el semen escurriéndole entre los muslos y el pecho agitado contra el cristal.
—Parece que hoy no tienes buena racha —dijo simplemente.
Así fue como el hombre que se creía más listo que el sistema terminó formando parte de él.
Al día siguiente ya llevaba las orejas de conejo y el disfraz ajustado del personal femenino del casino. Su trabajo consistía en servir bebidas, sonreír, inclinarse lo suficiente y dejar que las manos de los clientes recorrieran lo que quisieran a cambio de propinas mínimas. La cuota diaria de la deuda era alta. Con lo que ganaba apenas cubría el pago del día. A ese ritmo le tomaría años siquiera acercarse a la mitad.
Intentó recuperarse. Buscó apuestas locas, tratos paralelos, cualquier forma de hacer trampa otra vez. Cada semana terminaba en la oficina del gerente pidiendo otra mano, otra oportunidad, otra condición. Cada semana perdía. El gerente tenía magia de verdad en las manos, y la casa nunca perdía.
Había, sin embargo, algo que empezó a cambiar.
Cada encuentro, cada derrota, cada vez que terminaba temblando sobre el escritorio o contra la pared de la oficina, el odio se mezclaba un poco más con otra cosa. El cuerpo nuevo aprendió rápido qué lo hacía correrte. La mente, más lenta, empezó a dejar de pelear con la misma fuerza. Llegó un punto en que ya no estaba del todo claro si seguía buscando ganar para recuperar su antigua vida… o si seguía presentándose a esas apuestas privadas porque, de alguna forma retorcida, también ganaba cuando perdía.
A su manera, el ex mago había encontrado una posición extraña dentro del sistema.
Si algún día ganaba, recuperaba su cuerpo y su libertad.
Si perdía, seguía teniendo el placer de un cuerpo que respondía demasiado bien y un lugar dentro de la casa.
Una apuesta segura, en cualquier dirección.
Por primera vez, quizá, la casa había perdido un poco.
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