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Iván “El Martillo” Ríos entró al gimnasio como si fuera suyo.
Récord impecable, cuerpo marcado y una arrogancia que hacía que hasta los pesos pesados bajaran la mirada cuando pasaba. Para él, el resto de los boxeadores eran poco más que sparrings desechables. Y el Maestro Ortega, su entrenador, no era la excepción.
Esa tarde Ortega lo esperaba junto al ring con los brazos cruzados y una expresión que no prometía nada bueno.
—Sube. Hoy vas a aprender una lección.
Iván soltó una risa burlona mientras se ajustaba los guantes.
—¿Otra vez con eso, viejo? Cada vez que subimos al ring termino dejándote contra las cuerdas. ¿De verdad quieres que te humille otra vez delante de todos?
Varios de los otros boxeadores se acercaron, oliendo sangre. Todos sabían lo insoportable que se había vuelto Iván.
La campana sonó.
Iván salió rápido, preciso y cruel. Cada golpe iba acompañado de una provocación:
—Más rápido, maestro.
—Así no se golpea.
—¿Eso es todo lo que tienes?
En menos de dos minutos ya tenía a Ortega retrocediendo. Una combinación limpia lo mandó contra las cuerdas. Iván se pegó a él, presionándolo con el cuerpo, y le habló al oído con voz cargada de superioridad:
—Mírate… ni siquiera puedes sostenerme. Eres débil. Siempre lo has sido.
Ortega escupió la proteca a un lado del ring, jadeando. Pero en sus ojos ya no había solo cansancio.
Había algo más oscuro.
—Sigue hablando —murmuró—. Disfruta mientras puedas.
Iván sonrió, convencido de que la pelea ya estaba decidida.
No sabía que, en cuestión de segundos, su cuerpo iba a empezar a traicionarlo… y que el hombre al que estaba humillando iba a aprovechar cada segundo de su debilidad.
Iván seguía presionando.
Otro gancho al hígado. Otro jab que hizo retroceder a Ortega. El entrenador ya respiraba con dificultad y tenía el labio partido, pero no pedía que se detuviera. Al contrario: parecía estar esperando algo.
—Ríndete de una vez, viejo —escupió Iván, pegándose a él contra las cuerdas—. Esto es patético.
Fue entonces cuando lo sintió.
Un calor raro le subió desde el estómago. Al principio pensó que era adrenalina. Después notó que sus guantes le quedaban un poco más holgados. El protector bucal se le movió. Y de pronto, su pecho… se apretó de una forma que no tenía sentido.
Iván dio un paso atrás, confuso.
—¿Qué…?
Sus hombros se estrecharon. La camiseta de entrenamiento se le quedó grande de golpe. Sintió cómo su entrepierna se vaciaba de forma brutal mientras una nueva sensibilidad aparecía entre las piernas. El cabello le creció hasta los hombros en cuestión de segundos. Su voz se quebró cuando intentó hablar:
—¿Qué carajos me está pasando?
Ortega se quitó los guantes con calma. Ya no jadeaba. Solo lo observaba con una sonrisa fría mientras el cuerpo de Iván terminaba de cambiar sobre el ring.
Pechos firmes empujando la tela sudada. Cadera más ancha. Cintura estrecha. Piernas todavía fuertes, pero ahora inconfundiblemente femeninas. En menos de un minuto, “El Martillo” Ríos ya no existía.
En su lugar había una mujer atlética, de curvas marcadas, todavía con los guantes puestos y la expresión de puro horror.
Los demás boxeadores del gimnasio ya no fingían. Varios estaban sonriendo. Otros directamente se estaban acomodando el bulto.
Ortega habló con voz tranquila, casi didáctica:
—Pastilla rosa. Disuelta en tu bebida deportiva hace media hora.
Todo el gimnasio lo sabía. Estábamos hartos de ti, Iván… o debería decir Ivanna.
Ella retrocedió hasta chocar con las cuerdas, temblando. La camiseta le colgaba de un hombro, dejando a la vista la curva de un pecho.
—Esto… esto es ilegal… no pueden…
—Ya lo hicimos —respondió Ortega, acercándose—. Y ahora que pesas treinta kilos menos y ya no tienes la fuerza de antes… vamos a terminar la lección.
La empujó con facilidad contra las cuerdas. Ivanna intentó golpearlo por reflejo, pero sus puños ahora eran más pequeños, más débiles. Ortega le atrapó ambas muñecas con una sola mano y se las pinzó por encima de la cabeza.
Con la otra mano le bajó el pantalón de entrenamiento de un tirón.
No llevaba ropa interior. Su nuevo coño quedó expuesto al aire fresco del gimnasio.
—Mírate —dijo Ortega en voz baja, pero lo suficientemente alta para que todos escucharan—. Antes nos mirabas por encima del hombro. Ahora ni siquiera puedes cerrar las piernas sin que se te note lo mojada que estás.
Ivanna quiso gritarle, insultarlo, amenazarlos a todos… pero cuando los dedos del entrenador rozaron entre sus labios, solo se le escapó un gemido tembloroso.
Y los demás boxeadores empezaron a acercarse al ring.
Ortega no tuvo piedad y en poco tiempo la dejó completamente desnuda.
Con Ivanna contra la lona, le separó las piernas con la rodilla y empujó su verga dentro de ella sin aviso. Ella soltó un grito agudo, mitad rabia, mitad shock. Sus manos, todavía enguantadas, intentaron empujarlo, pero ya no tenía la fuerza de antes.
—Antes nos hacías callar con los puños —dijo Ortega, moviendo los dedos con crudeza—. Ahora vas a aprender a callar de otra forma.
La giró bruscamente y la obligó a arrodillarse en el centro del ring. Varios de los boxeadores ya se habían bajado los pantalones. El primero en acercarse fue el que más había sufrido las burlas de Iván durante meses. Le agarró el cabello y le empujó la cara contra su verga.
—Abre.
Ivanna apretó los labios. Ortega, detrás de ella, le dio una nalgada seca que resonó en todo el gimnasio.
—Ábrelos. O esto se pone peor.
Aprovechándose de su debilidad la arrojó contra el suelo y comenzó a masturbarse para acabar en su cara.
Con los ojos brillantes de humillación, abrió la boca. La primera carga de muchas entro en su boca y bajo la directriz de tragarlo no tuvo más remedio que obedecer.
El grito de Ivanna se ahogó en el semen de la verga que llenaba su boca.
La usaron sin prisa y sin piedad. Uno detrás de otro. Ortega la embestía con fuerza mientras los demás se turnaban su boca, sus pechos, sus manos. Cada vez que intentaba protestar, alguien le tiraba del pelo o le obligaba a tragar más profundo. El orgullo que tanto había exhibido se deshacía con cada gemido involuntario que se le escapaba.
Cuando por fin Ortega se corrió dentro de ella, la dejó caer sobre la lona, temblando, con el semen escurriéndole por los muslos y la cara hecha un desastre.
El entrenador se puso de pie, se ajustó el pantalón y miró al resto del gimnasio.
—Desde hoy, Ivanna es la nueva “asistente” del equipo.
Limpiará el ring, traerá agua… y cuando alguno de ustedes necesite descargar tensiones después del entrenamiento, sabrá exactamente dónde encontrarla.
Ivanna intentó levantarse. Las piernas le fallaron. Uno de los boxeadores se rió y le dio una palmada en el culo desnudo.
—Bienvenida al fondo, puta.
Ella apretó los dientes, el rostro ardiendo de rabia y vergüenza. Todavía sentía el semen caliente dentro de ella. Todavía sentía cómo su nuevo cuerpo respondía, traicionándola, a cada mirada lasciva que le lanzaban.
Ortega se agachó a su lado y le habló al oído, lo bastante bajo para que solo ella lo escuchara:
—Esto apenas empieza.
Y créeme… vas a aprender a pedirlo.
Ivanna cerró los ojos.
Por primera vez en su vida, no tenía cómo pelear.
Fin.
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