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Todo empezó con una idea de mierda.
Mario y Leo llevaban semanas obsesionados con la piscina del complejo “Aqualuna”. Era exclusiva para mujeres. Nadie de fuera entraba. Las fotos que circulaban por grupos privados mostraban cuerpos perfectos, bronceados, en bikinis mínimos. Los dos se pasaban las noches fantaseando con cómo sería colarse.
Hasta que Mario consiguió las pastillas.
—Rosa brillante, efecto completo en veinte minutos, dura doce horas —dijo, enseñándole el frasco—. Entramos, miramos, tocamos si se puede, y antes de que se pase el efecto nos vamos. Nadie se entera.
Leo dudó solo un segundo. Después sonrió.
—Dale.
Se tomaron las pastillas en el coche, en el estacionamiento del complejo. El cambio fue rápido y brutal: pechos, caderas, voces más agudas, entrepiernas vacías. Se miraron el uno al otro con una mezcla de nervios y excitación estúpida. Se pusieron un bikini y un traje de baño que habían comprado esa misma mañana (tan reveladores como ridículos) y caminaron hacia la recepción intentando no cojear.
La recepcionista los miró por encima de las gafas.
—¿Primera vez?
—Sí —respondió Mario con voz demasiado aguda.
Ella sonrió con amabilidad profesional y les extendió dos pulseras.
—Piscina de mujeres está por el pasillo de la izquierda. Disfruten.
No les dijo que el arco por el que pasaron no solo detectaba metales.
También escaneaba la intención.
Y la intención de esos dos olía a kilómetros.
La “piscina de mujeres” resultó ser un área amplia, soleada… y llena de hombres.
Todos hombres.
Algunos en bañador, otros solo con toalla a la cintura, la mayoría mirándolos directamente desde el segundo en que cruzaron la puerta. El agua brillaba. La música era baja. Y no había ni una sola mujer además de ellos dos.
Mario se detuvo en seco.
—Leo… esto no es…
—Cállate —susurró Leo, ya pálido—. No mires a nadie. Damos la vuelta y nos vamos.
No dieron la vuelta.
Dos tipos altos, de hombros anchos, se interpusieron en el camino. Sonrieron con demasiados dientes y con sus manos las acercaron a sus cuerpos.
—Vaya, vaya. ¿Nuevas?
Qué atuendos más… invitadores.
Otro se acercó. Después un tercero. En menos de un minuto estaban rodeados. Manos “accidentales” en la cintura, comentarios bajos, risas. Uno les tiró del nudo del bikini top “para ver si estaba bien atado”. Otro les dio una palmada en el culo que resonó.
—No… nosotros solo… —intentó Mario.
—Solo qué, putita —dijo el alto—. Vinieron vestidas así a la zona de hombres. ¿Qué esperaban?
La verdad los aplastó de golpe: los habían engañado. Los habían mandado a propósito al área exclusiva masculina. Y ahora eran las únicas dos mujeres en un lugar lleno de tipos que no tenían ningún interés en fingir educación.
Intentaron empujar. Intentaron quejarse.
No sirvió de nada.
No pelearon de verdad.
Porque en el fondo nunca habían sido valientes. Solo pervertidos con pastillas rosas y demasiada imaginación. Cuando la situación se volvió real, cuando las manos empezaron a ser más insistentes y las voces más roncas, se acobardaron.
Uno de los hombres les bajó los bottoms de un tirón. Otro les obligó a darse la vuelta. Las risas se mezclaron con silbidos. Mario sintió dedos entre sus piernas nuevas y soltó un sonido que odió. Leo temblaba, los ojos húmedos, sin atreverse a gritar.
—Mírenlos —dijo alguien—. Ni siquiera se resisten. Sabían exactamente a lo que venían.
Los empujaron hacia una de las tumbonas más apartadas y posteriormente a las habitaciones de descanso donde se turnaron para follarlas sin descanso. El bikini top de Mario terminó en el suelo. El traje de baño de Leo, perdido. Las manos ya no pedían permiso.
Y ellos… ellos solo agacharon la cabeza.
Porque cuando la fantasía se volvió real, lo único que quedó fue el miedo.
Y la certeza de que, en el fondo, siempre habían sido exactamente lo que esos hombres estaban diciendo en voz alta, unas putitas pervertidas.
Fin.
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