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Adrian Cole y Hector Brooks se detestaban desde el primer día en Blackwood Law.
Ambos eran brillantes, ambos ambiciosos y ambos creían merecer el puesto de socio de planta que acababa de quedar libre. La diferencia estaba en el método. Hector era intenso, rencoroso y necesitaba ganar a la vista de todos. Adrian prefería mover las piezas en silencio.
Cuando el consejo anunció que el puesto se decidiría con un caso de alto perfil, Hector lo tomó como una declaración de guerra. Adrian sonrió y aceptó el reto.
Fue Adrian quien propuso la apuesta, con esa calma que tanto irritaba a su rival:
—El que gane se queda con el despacho del piso 18 y el título.
El que pierda limpia su escritorio y no vuelve a pisar este edificio.
Hector aceptó sin dudarlo. Quería ver a Adrian Cole salir derrotado.
El caso duró tres semanas. Hector se dejó la piel. Durmió en la oficina, destrozó argumentos de la contraparte y conquistó al cliente. El día del veredicto, cuando la decisión favoreció su estrategia por un margen mínimo, sintió que por fin el universo le hacía justicia.
Adrian, en cambio, recibió la noticia con una expresión neutra. Parecia casi decepcionada.
Esa misma tarde Hector recibió las llaves del despacho del piso 18. Todavía olía a madera nueva y a poder. Se sentó en la silla de cuero y sonrió solo. Por primera vez en años no tendría que soportar la mirada altanera de Adrian Cole cada vez que cruzaban un pasillo. Para su sorpresa la oficina tenía en el escritorio una botella de champagne con una etiqueta que decía “para festejar un nuevo comienzo”.
Se sentía como el rey del mundo pero de cierta forma también se hallaba decepcionado. Pensar que sería la última vez que vería a su eterno rival lo hizo sentir molesto. No por algún vínculo afectivo de compañerismo, sentía que le debía pagar por todos esos años siendo un dolor en el culo. Quería humillarlo, imponerse sobre él y obligarlo a respetarlo como un superior.
Entonces se le ocurrió la idea.
Le envió un mensaje:
“Tragos de despedida en mi nueva oficina. 8 pm. Solo nosotros dos. Por el cierre de una era.”
Adrian respondió casi de inmediato:
“Allí estaré.”
Hector preparó todo con cuidado. Consiguió una pastilla rosa a través de un contacto discreto. Pequeña, inodora, diseñada para humillar. Cuando Adrian llegara, le serviría champagne y se aseguraría de que esa fuera su última noche como hombre dentro de Blackwood Law.
Adrian llegó puntual.
Entró en el despacho del piso 18 con las manos en los bolsillos y esa misma calma irritante de siempre. Hector ya tenía la botella abierta y dos copas preparadas.
—Por los ganadores —dijo Hector, sirviendo.
Mientras Adrian se giraba un segundo a mirar la vista de la ciudad, Hector dejó caer la pastilla rosa en la copa que le correspondía a su rival. El gesto fue rápido, limpio. Cuando Adrian volvió a mirarlo, Hector levantó su propia copa con una sonrisa tensa.
—Salud.
Adrian no bebió.
Dejó la copa sobre el escritorio, dio un paso atrás y sostuvo la mirada de Hector durante varios segundos quien no demoró en beber de su copa.
—Sabía que lo harías.
Hector sintió un frío repentino.
—¿Qué?
Adrian caminó despacio alrededor del escritorio.
—El puesto siempre fue mío, Hector. Desde antes de que anunciaran el caso. Tenía un contacto en el consejo. Él se encargó de que el comunicado saliera cuando me convenía y de que el resultado final pudiera manejarse. Yo no necesitaba ganar el juicio. Solo necesitaba que tú creyeras que lo habías ganado.
Señaló las dos copas.
—La champagne ya estaba contaminada antes de que yo llegara. Para empezar, ¿quién crees que la puso ahí? Contiene un Virus TG de última generación. Yo no he bebido ni una gota. Tú por otro lado...
Hector miró su propia copa, casi vacía. El ligero sabor metálico que había notado de fondo ahora tenía sentido. Intentó levantarse. Las piernas no le respondieron. Un calor violento le subió desde el estómago hasta el pecho.
—Hijo de…
No terminó la frase.
El cambio fue rápido y brutal. Su pecho se expandió rompiendo los botones de la camisa. Las caderas se ensancharon. La voz se le quebró en un gemido agudo mientras entre las piernas todo se reorganizaba con una velocidad cruel. En menos de un minuto, Hector Brooks ya no existía.
En su lugar había una mujer de curvas marcadas, el pelo más largo y una expresión de puro pánico, todavía con la corbata floja alrededor del cuello.
Adrian la observó en silencio mientras ella temblaba sobre la alfombra nueva.
—Esta versión del virus tiene un extra —explicó con voz calmada—. Vuelve sumisa a la persona infectada… hacia aquel con quien se acueste por primera vez.
Y como a partir de ahora ya no eres abogado sino mi nueva secretaria personal…
Se acercó, le levantó la barbilla con dos dedos y sonrió.
—Tu primera acción oficial será complacerme.
Ella intentó gatear hacia la puerta. El cuerpo nuevo no tenía la fuerza ni la coordinación de antes. Adrian no necesitó forcejear. La tomó del brazo, la levantó con facilidad y la sentó sobre el escritorio que hace apenas unas horas Hector había considerado suyo.
—Mírame —ordenó.
Ella lo miró. La rabia seguía ahí, quemándole la garganta, pero debajo crecía una necesidad caliente e indeseada de obedecer. De abrir las piernas. De no pelear.
Adrian le bajó lo que quedaba del pantalón de traje de un tirón. Estaba húmeda. Soltó una risa baja.
—Hasta tu cuerpo sabe quién manda ahora.
Le dio la vuelta sobre el escritorio y la penetró de un solo empujón.
El grito que salió de su garganta fue agudo, femenino, completamente ajeno. Adrian no fue suave. La tomó con la misma frialdad con la que había planeado cada movimiento de las últimas semanas, embistiéndola sobre el escritorio mientras ella se aferraba al borde de la madera. Cada embestida le arrancaba gemidos que odiaba. Cada orden (“más fuerte”, “mírame”, “dime quién soy”) salía de su boca sin permiso.
Cuando Adrian se corrió dentro, profundo y posesivo, ella tembló con un orgasmo que le destrozó lo poco que le quedaba de orgullo masculino.
Adrian se retiró, se abrochó el pantalón y le acarició la mejilla con una falsedad casi cariñosa.
—Bienvenida a Blackwood Law, secretaria Brooks.
A partir de mañana, 8:00 en punto. Café negro, sin azúcar.
Y si te portas bien… quizá te permita volver a sentir esto.
Ella se quedó sentada sobre el escritorio por un momento antes de caer de rodillas sobre la alfombra, con el semen escurriéndole por los muslos y la corbata todavía colgando del cuello.
Había perdido el género.
Había perdido el puesto.
Había perdido la identidad.
Y lo peor de todo era que una parte de ella, la parte que el virus ya controlaba, ya estaba esperando la siguiente orden.
Adrian Cole siempre había estado dos pasos adelante.
Ahora ella lo entendería todos los días, desde el otro lado del escritorio.
Fin.
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