Dylan y Gwen se conocían desde que tenían cinco años.
Habían crecido en el mismo vecindario, compartido secretos, peleado y reconciliado más veces de las que podían contar. Eran de esas amistades que sobreviven a todo: la adolescencia, la universidad, los primeros trabajos y hasta los cambios de personalidad. Para el resto del mundo eran “como hermanos”. Para ellos, eran simplemente familia.
A los veintiséis años, sin embargo, sus vidas no podían ser más distintas.
Dylan se había convertido en un empresario exitoso. A los veinte ya facturaba cifras que la mayoría solo soñaba. Vivía en un apartamento moderno, cambiaba de auto cada año y coleccionaba noches de fiesta y mujeres que nunca se quedaban hasta el desayuno. Era el típico playboy que nunca se comprometía… y que, en el fondo, empezaba a notar que algo faltaba.
Gwen, en cambio, había estudiado Filosofía. Nunca la ejerció. Se casó joven con Greg, un hombre serio y trabajador, y desde entonces su mundo giraba alrededor de la casa y de Mandy, su hija de ocho meses. Amaba a su esposo y adoraba a su bebé, pero a veces, cuando se quedaba sola en la cocina a las tres de la tarde, sentía que se le había escapado algo. Fiestas. Viajes. La sensación de no tener que rendirle cuentas a nadie.
Esa tarde Gwen había ido a visitar a Dylan como tantas otras veces. Mandy dormía en su moisés en la sala. Estaban sentados en el sofá, con cervezas en la mano, hablando de cómo habían crecido.
—A veces siento que desperdicié mi vida —confesó Gwen, mirando la botella—. Soy feliz con Greg, de verdad… pero me hubiera gustado salir de fiesta más, viajar, conocer mundo. Ahora todo es pañales y horarios de siesta.
Dylan la miró con empatía. Conocía esa frustración. Él, por su parte, a veces envidiaba la estabilidad que ella tenía.
—Si Greg no estuviera de viaje… te invitaría a desaparecer una semana conmigo —dijo medio en broma—. Pero no hay quién cuide a Mandy.
Gwen sonrió con tristeza.
—Lo sé.
En ese momento sonó el timbre. Dylan se levantó y volvió un minuto después con un paquete pequeño y sin remitente. Al abrirlo encontró una estatuilla de piedra oscura, del tamaño de una mano, con una inscripción en un idioma que ninguno reconoció.
—La compré en una subasta online hace semanas —explicó—. Supuestamente concede deseos. Pensé que era solo decoración.
Gwen la tomó entre las manos, curiosa.
—¿Y funciona?
Dylan se encogió de hombros, sonriendo.
—Pruébala. Pide algo. Lo peor que puede pasar es que no pase nada.
Gwen cerró los ojos, todavía sonriendo, y susurró casi sin pensarlo:
—Ojalá pudiera salir a donde quisiera… sin que importara nada. Sin responsabilidades. Solo… ser libre.
La estatuilla se calentó entre sus dedos.
Y el mundo dio un vuelco.
El cambio fue instantáneo.
Dylan parpadeó y de pronto estaba sentado en el lugar de Gwen. Sintió el peso distinto del cuerpo, el tirón de una blusa que no era la suya y, entre las piernas, una ausencia imposible. Bajó la mirada y se encontró con pechos suaves dentro de un sujetador de lactancia y un vientre todavía un poco blando.
Frente a él, en su propio cuerpo, Gwen se miraba las manos grandes y el pecho plano con la boca abierta.
—¿Qué carajos…?
—Gwen —dijo Dylan con una voz aguda que no reconocía como propia—. Soy yo. Estoy en tu cuerpo.
Se miraron en silencio varios segundos. El pánico inicial se transformó en incredulidad y después en una risa nerviosa que los dos compartieron. Mandy hizo un ruidito suave en su moisés, completamente ajena.
Gwen (ya en el cuerpo de Dylan) tomó la estatuilla de la mesa antes de que él pudiera reaccionar. Dylan se levantó de un salto —torpe, todavía sin acostumbrarse a las caderas nuevas— y trató de arrebatársela. Ella simplemente levantó el brazo. Ahora era considerablemente más alta. La estatuilla quedó fuera de su alcance, exactamente como cuando eran niños y él intentaba quitarle algún juguete.
—En serio —se rio Gwen, sosteniéndola sobre su cabeza—. ¿Todavía haces eso?
—¡Dámela! Podemos desear volver ahora mismo.
Gwen negó con la cabeza, todavía sonriendo, pero había algo más serio en sus ojos.
—No tan rápido.
Greg está de viaje un mes entero. Treinta días. Si nos quedamos así… yo puedo usar tu vida. Tu dinero, tu libertad, tus noches. Puedo hacer todo lo que nunca pude.
Y tú… tú puedes cuidar a Mandy. Nadie va a sospechar. Eres “yo”.
Dylan abrió la boca para protestar, pero ella lo interrumpió, bajando un poco la voz:
—No finjas que no lo quieres.
Desde que teníamos quince años hablabas de que algún día te gustaría “sentar cabeza”. De que tenías curiosidad por saber qué se sentía cuidar a un hijo de verdad. Yo te conozco, Dylan. Esto no es solo un favor para mí. También es la excusa que necesitabas.
Él se quedó callado. Porque tenía razón. En el fondo siempre había habido esa curiosidad, esa envidia secreta hacia la vida estable de Gwen.
Al final suspiró y cruzó los brazos bajo los pechos que todavía le resultaban ajenos.
—Está bien… un mes.
Pero solo un mes. Después usamos esa cosa y cada uno vuelve a su vida.
Gwen sonrió, victoriosa, y guardó la estatuilla en el bolsillo trasero del pantalón de Dylan.
—Trato.
Y no te preocupes… la cuidaré yo.
Dylan la miró con fingida resignación, aunque una parte de él —una parte que no quería admitir todavía— ya estaba empezando a preguntarse cómo se sentiría realmente vivir como Gwen durante las próximas semanas.
La primera semana fue un infierno.
Dylan descubrió que tener pechos llenos de leche no tenía nada de erótico. Dolían, se filtraban y Mandy parecía oler su pánico, porque justo entonces empezaba a llorar pidiendo pecho. La primera vez que la amamantó se quedó mirando el techo con el alma fuera del cuerpo mientras la bebé succionaba con fuerza. Los quehaceres tampoco ayudaban: lavar ropa con un sostén de lactancia que se le clavaba, cocinar con Mandy gateando entre sus piernas, tropezar con los muebles porque el centro de gravedad ahora era otro.
Pero al séptimo día algo cambió.
De pronto sabía preparar el biberón con una sola mano. Sabía cómo mecer a Mandy para que se durmiera en minutos. Ya no se le escapaba la leche cada vez que oía un llanto. Hasta había aprendido a abrocharse el sujetador sin ayuda. Y lo más extraño… le gustaba.
Empezó a verlo como unas vacaciones de su propia vida.
No más reuniones eternas. No más decisiones de millones. No más noches vacías en un apartamento de soltero. Solo una rutina simple, cálida y estable. Cuidar a Mandy, mantener la casa, existir sin que el mundo le exigiera ser el playboy exitoso todo el tiempo. Por primera vez en años, se sentía… quieto. Y esa quietud le sentaba bien.
Fue exactamente al octavo día cuando la puerta se abrió.
—¡Sorpresa!
Greg entró con la maleta y una sonrisa cansada. El viaje se había acortado. Dylan sintió un frío en el estómago, pero Mandy soltó un gritito de felicidad. Greg dejó la maleta, lo abrazó con naturalidad y lo besó en la boca como quien vuelve a casa. Dylan se obligó a corresponder.
—Te extrañé —murmuró Greg contra su pelo—. Mucho.
Esa noche, después de acostar a Mandy, Greg no tuvo paciencia.
Lo empujó contra la cama matrimonial y le quitó el camisón con manos expertas. Sus ojos se clavaron de inmediato en los pechos de Gwen, todavía pesados por la leche.
—Joder, cómo te extrañé estas tetas… —gruñó, atrapando uno con la boca y chupando con fuerza, sin importarle que saliera un hilo de leche. Dylan arqueó la espalda por reflejo y tuvo que morderse el labio para no gemir demasiado alto.
Lo hago por Gwen, se repitió. Solo estoy protegiendo el matrimonio de mi mejor amiga.
Pero su cuerpo no estaba de acuerdo.
Greg lo trató exactamente como siempre había tratado a su esposa en la intimidad: como una puta de su propiedad. Le abrió las piernas con brusquedad, le escupió en el coño y empujó hasta el fondo de un solo golpe. No hubo suavidad. Solo embestidas profundas y posesivas mientras le hablaba al oído:
—Tan apretada… tan puta cuando te cojo fuerte. Dime que te gusta.
Dylan apretó los dientes. Quiso quedarse en silencio. Pero el cuerpo de Gwen tenía memoria y hambre. Cada embestida le arrancaba gemidos cada vez más altos. Cuando Greg le agarró del pelo y le obligó a mirarlo a los ojos, la frase se le escapó sola, con la voz de ella:
—Me gusta… me gusta que me uses así…
Es por Gwen, pensó mientras se corría con las piernas temblando. Solo por Gwen.
Pero cuando Greg se corrió dentro y se quedó encima, todavía latiendo, Dylan sintió cómo su propio cuerpo (el de ella) se aferraba a él y pedía más.
Los días siguientes fueron una doble vida perfecta.
De día era la esposa ideal: desayunos, pañales, sonrisas.
De noche era la puta que Greg necesitaba. Se dejaba poner en cuatro, se dejaba cachetear las tetas, se dejaba llenar una y otra vez mientras se repetía la misma mentira:
Lo hago por mi mejor amiga.
Aunque cada vez que miraba al espejo por la mañana, con el cuello marcado y el semen secándosele entre los muslos, la mentira sonaba un poco más débil.
El mes se terminó un martes por la mañana.
Dylan estaba en la cocina, con Mandy sentada en la trona y un café en la mano, cuando escuchó la llave girar en la cerradura. No era Greg. Greg había salido temprano. La puerta se abrió y entró su propio cuerpo… con la expresión de Gwen.
Gwen (en el cuerpo de Dylan) entró rápido, casi agitada. Llevaba una maleta pequeña y el pelo revuelto. En cuanto lo vio, se le descompuso la cara.
—Dylan… tenemos un problema.
Al mismo tiempo, Dylan dejó el café sobre la mesada y habló con la voz de ella:
—Gwen… tenemos un problema.
Se quedaron mirándose. Las dos frases habían salido al unísono.
Gwen fue la primera en reaccionar. Sacó del bolsillo de la chaqueta los dos trozos rotos de la estatuilla y los dejó caer sobre la mesa con un temblor en las manos.
—Se me resbaló. Hace tres días. Estaba borracha en una azotea en Lisboa y… se me cayó. Intenté desear volver mil veces y no pasó nada. Está rota. Completamente rota.
Dylan no dijo nada. Simplemente abrió el cajón de los cubiertos, sacó la prueba de embarazo y la colocó junto a los trozos de piedra.
Dos rayas rosadas. Clarísimas.
Gwen se quedó congelada. Abrió la boca. La cerró. El color se le fue del rostro (del rostro de Dylan).
—No…
No me jodas…
¿Estás…?
—Greg llegó a la semana —contestó Dylan con voz plana—. Me folló casi todas las noches. Como le gusta a él. Fuerte. Sucio. Como si fuera su puta.
Y al parecer… funcionó.
El silencio que siguió fue tan denso que hasta Mandy dejó de golpear la bandeja de la trona.
Gwen miró la prueba.
Dylan miró la estatuilla rota.
Los dos entendieron al mismo tiempo la magnitud del desastre:
Ella había destruido la única forma de volver.
Él estaba embarazado del marido de su mejor amiga.
Ninguno de los dos dijo “lo siento”.
Ninguno ofreció una solución.
Solo bajaron la mirada a la mesa, donde la prueba de embarazo y los restos de la estatuilla se tocaban, y hablaron al mismo tiempo, con exactamente el mismo tono de derrota:
—Carajo.
Fin.



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