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TG October: Día 4 - El Deseo

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TG October: Día 4 - El Deseo

Leo era el friki del instituto.

No el invisible. El que todos conocían… y nadie quería cerca. El que se sabía de memoria las referencias de animes viejos, el que cargaba cómics en la mochila y hablaba solo cuando alguien le preguntaba algo de videojuegos, no era el único que tenía esos gustos, sin embargo, sus habilidades sociales resultaban tan inexpertas que le hacían imposible sostener una conversación por más de 2 minutos. La gente no lo odiaba. Simplemente no se juntaba con él. Era “rarito”. Y ser rarito en ese lugar era suficiente para quedarse solo.

En el fondo le dolía, de cierta forma se sentía menos, ya se había rendido a la posibilidad de tener amigos o pareja.

Todas las mañanas veía cómo los demás formaban grupos, reían, se tocaban el hombro, se invitaban a salir. Él se quedaba en su pupitre o caminaba solo por los pasillos. La única atención constante que recibía venía de Damián, el matón del curso. No era violencia abierta. Era peor: comentarios diarios, empujones disimulados, burlas que hacían que el resto se riera y luego lo ignorara todavía más. Pero nunca lo reporto ya que aquel contacto era lo único que lo hacía sentirse como alguien más del grupo, y siendo una dinámica casi diaria en su mente solitaria era lo más cercano a un amigo.

Mientras tanto, Cloe era todo lo que Leo no era.

Ridículamente sociable. Siempre rodeada de gente, siempre invitada, siempre en el centro. Sonreía fácil, hablaba con todos y parecía tener el mundo a sus pies. Verla le produce a Leo una sensación de envidia y fascinación “¿Como se sentirá ser así de popular?” era una pregunta recurrente.

Esa noche Leo estaba en su habitación meditando sobre su situación, mirando por la ventana. El cielo estaba despejado revelando las estrellas y constelaciones que le gustaba ver, y entonces, una estrella fugaz cruzó rápido.

Pensó en Cloe. En lo fácil que parecía todo para ella. En lo mucho que le gustaría, que la gente lo mirara como la miraban a ella.

—Ojalá fuera como Cloe… —susurró.

La voz llegó clara, dentro de su cabeza:

“Deseo concedido.”

Leo se asustó. Se quedó quieto varios segundos y después volteo a los alrededores, no encontró a nadie. Se pasó una mano por la cara y pensó que solo estaba cansado así que se fue a dormir.

Cuando despertó a la mañana siguiente, el techo que vió no era el suyo.

La habitación era distinta. Más grande. Olía a perfume dulce y sudor. Tenía la mente entumecida, como si hubiera dormido demasiado profundo. Entonces sintió una mano grande y caliente que le acariciaba el costado… y subía hasta posarse sobre algo suave, pesado y extremadamente sensible que no debería estar ahí.

Leo abrió los ojos de golpe.

Giró la cabeza.

Damián estaba recostado a su lado, desnudo, con los ojos todavía cerrados y una sonrisa perezosa. La misma cara que lo humillaba todos los días en el instituto ahora estaba a centímetros de la suya.

El corazón se le disparó.

Con dedos temblorosos apartó las sábanas.

Lo que vio lo dejó sin aire.

No era su pecho plano. Eran dos pechos redondos, firmes, con los pezones ya duros por el roce de la mano de Damián. El vientre era suave y curvado. Y entre las piernas… nada de lo que conocía. Solo una abertura rosada y húmeda que todavía goteaba un poco.

Ese no era su cuerpo.

Era el de Cloe.

Intentó incorporarse de un salto. El movimiento fue torpe, desconocido. Las sábanas se corrieron del todo y el frío de la habitación le golpeó la piel desnuda. Damián gruñó, abrió los ojos y sonrió con pereza al verla despierta.

—Buenos días, putita…

Su verga ya estaba dura. Gruesa. Más grande de lo que Leo había visto nunca en su propia vida. Se le quedó mirando, paralizado, sin poder articular una sola palabra.

Damián interpretó el silencio como invitación.

Se inclinó y le robó un beso mañanero, profundo y posesivo. La lengua de Leo (ahora de Cloe) respondió sola. El simple contacto hizo que un escalofrío brutal le recorriera todo el cuerpo. Era ridículamente sensible. Cada roce de labios, cada roce de pecho contra pecho, le robaba la capacidad de pensar.

Cuando Damián se separó, tenía los ojos oscuros de deseo.

—Listo para el round 2 —dijo con voz ronca—. Esta vez te voy a dar más duro.

Se colocó entre sus piernas, le abrió los muslos con las manos y empujó.

Leo quiso gritar. Quiso empujarlo. Quiso decir que no era Cloe.

Pero su nuevo cuerpo no le obedeció.

Al contrario: se abrió con facilidad, se humedeció más y soltó un gemido agudo cuando la verga gruesa lo llenó de un solo empujón. Damián empezó a moverse con fuerza, sin piedad, exactamente como había prometido. Cada embestida hacía que los pechos de Leo rebotaran y que un placer absurdo, traicionero, le subiera por la columna.

No podía desobedecer.

No quería desobedecer.

Y lo peor de todo… es que la sensación no le desagradaba.

Damián no se contuvo.

Lo tomó con la misma rudeza con la que hablaba en los pasillos del instituto, pero ahora dirigida completamente a ese cuerpo. Cada embestida era profunda, posesiva, casi castigadora. Leo intentó aferrarse a lo que quedaba de su mente masculina, a la lógica, al pánico… pero el cuerpo no le daba tregua.

Era ridículamente sensible.

Cada roce de la verga gruesa contra ese punto interno le arrancaba gemidos que nunca había escuchado salir de su garganta. Los pechos le rebotaban con el ritmo. Las uñas se le clavaban solas en la espalda de Damián. Y cuando el matón le agarró las muñecas y se las pinzó por encima de la cabeza, algo dentro de Leo se quebró de forma definitiva.

Ya no luchaba.

Solo sentía.

El orgasmo lo golpeó de improviso, violento, haciendo que su espalda se arqueara y que un grito ahogado se le escapara. Damián gruñó al sentirlo apretarse a su alrededor y aceleró, embistiéndolo con más fuerza hasta clavarse hasta el fondo y corrérsele dentro con un gemido bajo y satisfecho.

Leo se quedó tirado en la cama, temblando, con el semen todavía caliente dentro de él y la mente en blanco. El cuerpo había sido estimulado más allá de lo que su cabeza de nerd podía procesar. Durante varios minutos solo pudo quedarse mirando el techo, sintiendo los latidos entre las piernas y el olor a sexo impregnado en las sábanas.

Cuando por fin recuperó algo de claridad ya Damian se había marchado, y luego escuchó el vibrar de un móvil sobre la mesita.

Lo tomó con dedos torpes.

Había un mensaje de un número que no estaba registrado, pero que reconoció al instante. Era el suyo.

Cloe (en el cuerpo de Leo):

“Necesito verte. Plaza del centro, en media hora. Por favor.”

Media hora después, Leo (en el cuerpo de Cloe) llegó a la plaza.

Todavía sentía el semen de Damián entre los muslos. Había intentado limpiarse lo mejor que pudo, pero el cuerpo seguía hipersensible y cada roce de la ropa le recordaba lo que acababa de pasar. Llevaba una de las faldas de Cloe —la única que encontró— porque no tenía idea de dónde estaban sus propias cosas. Se sentía expuesto, vulnerable… y extrañamente observado. Varias personas lo miraron al pasar. Miradas que Leo nunca había recibido en su vida.

En un banco, bajo un árbol, lo esperaba su propio cuerpo.

Cloe estaba sentada con las piernas abiertas de forma despreocupada, usando la ropa de Leo (sudadera grande, jeans holgados) y una expresión que él nunca había visto en su propio rostro: alivio. Casi felicidad.

Cuando lo vio acercarse, sonrió.

—Llegas tarde —dijo con su voz (la de Leo)—. ¿Te costó salir de la cama?

Leo se detuvo frente a ella, todavía procesando la situación. Ver su propio cuerpo hablando con naturalidad era surrealista.

—¿Qué… qué demonios pasó? —preguntó con la voz de Cloe, aguda y temblorosa—. Yo solo pedí un deseo y…

—Yo también —lo interrumpió ella con calma—. Anoche. Vi la misma estrella desde mi ventana. Pedí… libertad. Pedí no tener que fingir más.

Se encogió de hombros, como si estuviera hablando del clima.

—Cuando desperté en tu cuerpo entendí que el deseo se había cumplido de la forma más literal posible. Intercambiamos.

Leo abrió la boca para protestar, pero Cloe levantó una mano.

—Escúchame antes de que te alteres.

Yo odiaba ser yo. Odiaba la presión de ser “la popular”. Odiaba tener que sonreír todo el tiempo. Y sobre todo… odiaba este cuerpo. —Se señaló a Leo, es decir, al cuerpo de Cloe—. Es demasiado sensible. Demasiado sumiso. Con Damián… no podía decir que no. Mi cuerpo simplemente obedecía. Me asqueaba. Me asqueaba él y me asqueaba yo misma por no poder resistirme.

Se pasó una mano por el pelo corto de Leo y soltó una risa baja.

—En cambio tú… tú eras libre. Nadie esperaba nada de ti. Podías ser friki, rarito, lo que quisieras. Yo siempre lo fui en secreto, al mirar tu habitación me di cuenta de que no somos tan diferentes en lo que a gustos respecta. Coleccionaba las mismas cosas que tú. Veía los mismos animes. Pero nunca pude demostrarlo porque “Cloe” no podía ser esa persona.

Se levantó del banco y se acercó un poco más.

—Así que no voy a pedir que volvamos. Me quedo con tu cuerpo. Tú te quedas con el mío.

Leo sintió que el estómago se le caía.

—No puedes… no puedes decidir eso tú sola. ¡Yo no pedí esto!

Cloe lo miró con una mezcla de lástima y diversión.

—¿Seguro? Porque según lo que vi en tu cara cuando llegaste… no pareces tan arrepentido.

Antes de que Leo pudiera responder, una voz grave y familiar cortó el aire detrás de ellos.

—Mira nada más…

Ambos se giraron.

Damián se acercaba con las manos en los bolsillos y esa sonrisa de superioridad que Leo conocía demasiado bien.

Miró a Cloe (en el cuerpo de Leo) con desinterés y luego fijó la vista en Leo (en el cuerpo de Cloe). Lo recorrió despacio, de arriba abajo, deteniéndose un segundo más de la cuenta en las piernas y en la falda corta.

—Vaya, vaya… —dijo con tono burlón—. ¿Mi novia ahora se junta con el friki del salón?

Cloe, desde el cuerpo de Leo, solo se encogió de hombros y soltó una risa corta. No dijo nada. No necesitaba hacerlo.

Damián no esperó respuesta. Se acercó a Leo, le rodeó la cintura con un brazo posesivo y, sin previo aviso, le dio una nalgada seca y fuerte sobre la falda. El sonido resonó en la plaza. Y luego continuó frotando su trasero sin importar las miradas de la gente.

Leo soltó un gemido ahogado, involuntario. El cuerpo reaccionó al instante: un calor vergonzoso le subió entre las piernas y se le puso la cara roja.

Damián se rió, satisfecho, y miró a Cloe (en el cuerpo de Leo) con superioridad.

—¿Ves? Así es ella. Una puta sumisa. Le gusta que la traten así.

Por eso salgo con ella… y no con raritos como tú.

Le apretó el culo con la mano, sin ningún disimulo, y empezó a llevársela.

—Vamos. Tengo ganas de redondear la mañana.

Leo intentó resistirse un segundo. Abrió la boca para decir algo, cualquier cosa… pero la mano de Damián en su trasero y la forma en que el cuerpo respondía le robaron las palabras. Solo pudo girar la cabeza un momento y mirar a Cloe.

Ella (en su antiguo cuerpo) lo observaba con una sonrisa tranquila, casi agradecida. Levantó una mano en un gesto de despedida y murmuró, lo bastante bajo para que solo él lo escuchara:

—Disfruta. Yo ya lo estoy haciendo.

Damián lo arrastró calle abajo, la mano todavía firmemente plantada en su culo, apretando de vez en cuando solo para arrancarle otro gemidito. Varias personas los miraron. Algunas susurraron. Leo sintió las miradas como fuego sobre la piel.

Y entonces, en medio de la vergüenza, la confusión y el placer traicionero que todavía le latía entre las piernas, llegó la verdad que no quería admitir:

Se arrepentía del deseo… pero no por haber perdido su vida de friki.

Se arrepentía de no haberlo pedido antes. Ahora era popular. Ahora era sexy. Ahora el sexo era increíble.

Y aunque Damián fuera un cretino, aunque lo estuviera usando en plena calle, aunque su antiguo yo estuviera mirando desde la distancia con su propio rostro…

Leo ya no quería volver atrás, se aferró a Damian y encantada volvió al departamento.

Fin.

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