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TG October: Día 5 - Stripper

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Esta soy yo, la mujer que baila como ramera en un tubo para complacer hombres lujuriosos, mi nombre es Kendra, pero no siempre fui esto.

Yo antes era Kevin.

Heredé el negocio de mi padre cuando él murió. Una tienda de repuestos y herramientas que había mantenido a flote durante treinta años. Yo creí que podía hacerlo mejor. Creí que con un par de cambios modernos y algo de publicidad iba a multiplicar las ganancias.

Me equivoqué.

En menos de dos años las deudas me comieron vivo. Proveedores, alquiler, impuestos… todo se acumuló. Pedí préstamos en el banco. Me los negaron. Entonces recurrí a lo que juré que nunca haría: un usurero.

Se llamaba Rivas. Un hombre tranquilo, de voz suave y sonrisa fría. Me prestó el dinero que necesitaba para mantener el negocio a flote. Firmé. Creí que con ese respiro podría enderezar el rumbo.

Me equivoqué otra vez, no pude.

Seguí gastando mal. Seguí tomando decisiones estúpidas. En seis meses la deuda se había triplicado. Rivas me llamó a su oficina un martes por la tarde. No gritó. No amenazó. Solo me miró por encima de sus gafas y habló con calma.

—Kevin, ya no me interesa seguir corriendo detrás de ti. Con los años entendemos que existen personas que simplemente no nacieron para estar a la cabeza, como tu. Sería un caso perdido tratar de jugar al gato y al ratón por lo que te resta de vida, así que te ofrezco un trato.

Me explicó las condiciones:

Él perdonaba toda la deuda.

Dejaba el negocio en paz.

A cambio, yo pasaba a trabajar para ellos y delegaría la administración a otra persona.

—¿Trabajar en qué? —pregunté.

Rivas sonrió por primera vez.

—Eso lo verás cuando aceptes. Tienes hasta mañana para decidir. Si dices que no… empiezo a cobrar de otra forma. Y créeme, no te va a gustar.

Salí de esa oficina con el estómago revuelto.

Esa noche miré a mi hijo mayor, el que me había estado ayudando en la tienda desde los dieciséis. Pensé en mi esposa. En lo poco que nos quedaba. Me acerque a ellos esa noche, contándoles que me llegó una oferta de trabajo fuera del país. El negocio quedaría a su cargo y cada que pudiese mandaría dinero para apoyar con los pagos. Mi hijo me miró con orgullo cuando le entregué las llaves. Mi esposa lloró, pero me abrazó y me deseó suerte.

Al día siguiente volví a la oficina de Rivas y firmé.

No tenía idea de lo que realmente estaba firmando.

Esa misma noche me llevaron a un sótano. Me inyectaron algo. El mundo se volvió borroso y el dolor llegó después sentía como me quemaba debajo de la piel, como si mis huesos y órganos internos se movieran, no pude soportar más y me desmayé. Cuando desperté, ya no era Kevin.

Tenía pechos.

Cadera ancha.

Una voz aguda.

Y entre las piernas… nada de lo que recordaba.

Me pusieron un nombre nuevo: Kendra.

Me dieron tacones, un microbikini de lentejuelas y me empujaron a un escenario.

Desde entonces trabajo de stripper a tiempo completo en uno de los antros de Rivas.

Todas las noches subo al tubo. Me quito la ropa poco a poco mientras hombres que podrían ser mis vecinos, mis antiguos clientes o incluso amigos de mi hijo me miran con hambre. Bailo. Me froto. Me arrodillo. Dejo que me metan billetes en el elástico del tanga. Sonrío aunque por dentro me esté muriendo de humillación.

El dinero que gano se divide: una parte paga lo que “todavía debo”, otra parte la mandan a mi familia como si viniera de mi trabajo en el extranjero. Ellos creen que me va bien. Mi hijo me manda mensajes diciendo que la tienda está creciendo. Mi esposa me dice que me extraña.

Yo les contesto con la voz de Kendra, fingiendo acentos y excusas, y después me miro al espejo del camerino con los pechos al aire y el maquillaje corrido.

Ya no puedo volver atrás.

El cambio es permanente.

Y cada vez que un cliente me agarra del pelo y me obliga a abrirle la boca en el salón VIP, siento que el último resto de Kevin se deshace un poco más.

Llevo un año así.

Un año bailando semidesnuda, gimiendo cuando me tocan, fingiendo que me gusta.

Y esta noche… esta noche paso lo peor.

Ahora mismo estoy de rodillas en el salón VIP, con las tetas al aire. La música del antro retumba a través de las paredes. Frente a mí, sentado en el sillón central con las piernas abiertas, está mi hijo.

No me reconoce.

Llegó hace media hora con cuatro amigos. Uno de ellos es su mejor amigo de toda la vida, el mismo que venía a casa cuando eran adolescentes. Rivas, mi jefe, los vio entrar, sonrió de esa forma fría que todavía me pone los pelos de punta, y me mandó llamar.

—Servicio especial gratuito para la mesa ocho —me dijo al oído—. Y hazlo bien. Quiero que el chico del centro se acuerde de esta noche.

No me dio opción.

Ahora mismo estoy entre las piernas del mejor amigo de mi hijo, con la boca llena de su verga, chupando como la puta que se supone que soy. Mi hijo está sentado justo al lado, riéndose, con una cerveza en la mano, mirando cómo le hago una felación a su amigo sin tener ni puta idea de que la mujer arrodillada frente a ellos soy yo.

—Joder, qué buena es esta —dice uno de ellos.

Mi hijo asiente, sonriendo.

—El dueño dijo que era cortesía de la casa. Menuda bienvenida.

Siento la mano del amigo de mi hijo agarrarme del pelo y empujarme más profundo. Me atraganto un poco. Un hilo de saliva me cae por la barbilla. Gimo alrededor de su verga porque es lo que se espera de mí.

Mi hijo me mira directamente a los ojos.

No hay reconocimiento. Solo lujuria y diversión.

Rivas está en la puerta del VIP, con los brazos cruzados, disfrutando el espectáculo. Cuando nuestro miradas se cruzan, me guiña un ojo.

Sigo chupando.

Sigo gimiendo.

Sigo balanceando el culo semidesnudo mientras el mejor amigo de mi hijo se corre en mi boca y se une a la acción colocando su pene en mi mano para que lo masturbe.

Y lo único que puedo pensar, mientras trago y sonrío como la puta profesional que ahora soy, es:

Ojala nunca se entere que soy yo, y que nunca termine como yo.

Fin.

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