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TG October: D铆a 23 - Subasta

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Me llamo Derek Holt.

O me llamaba.

脡ramos cinco. Marcus, Tyler, Jason, Brett y yo. No 茅ramos una banda de pel铆cula. 脡ramos tipos que se hab铆an juntado porque ninguno ten铆a ya nada que perder y todos sab铆an cu谩ndo callar. Marcus era el m煤sculo, el que abr铆a lo que hab铆a que abrir. Tyler manejaba como si el auto le respondiera al pensamiento. Jason sab铆a de alarmas y de sistemas. Brett consegu铆a la informaci贸n, hablaba con la gente correcta en los lugares incorrectos. Yo era el que decid铆a. El que dec铆a cu谩ndo entrar y cu谩ndo largarse. El que cargaba con la responsabilidad si algo sal铆a mal.

Llev谩bamos a帽os juntos. Suficientes para confiar el uno en el otro con cosas que no se le conf铆an a casi nadie. Hab铆amos hecho trabajos chicos, trabajos medianos, un par de cosas lo bastante limpias como para seguir respirando sin mirar constantemente por encima del hombro. La subasta privada apareci贸 por Brett. Una carpeta con planos, horarios, lista de invitados, el tipo de piezas que solo se mueven cuando nadie est谩 mirando. Parec铆a el golpe que nos sacaba de una vez de esa vida.

Yo dije que s铆.

Yo insist铆.

La mansi贸n estaba demasiado silenciosa cuando llegamos. Entramos por el acceso de servicio. Avanzamos. Despu茅s solo hubo gas, oscuridad y el ruido sordo de cuerpos cayendo.


Despert茅 solo.

Habitaci贸n blanca, sin ventanas, luz constante que no permit铆a distinguir el d铆a de la noche. Las mu帽ecas sujetas. El pecho me ard铆a por dentro. Cuando intent茅 hablar, la voz me sali贸 m谩s delgada, m谩s alta, como si algo ya estuviera presionando desde adentro. Mi cuerpo ya no era el mismo, cuando observ茅 por el reflejo de una l谩mina de metal solo pude ver a una mujer indefensa en donde se supone que deber铆a estar yo.

O铆a a los dem谩s.

A trav茅s de las paredes, o por alg煤n sistema que dejaban abierto a prop贸sito, llegaban los gritos. Marcus soltando puteadas que se quebraban a mitad de frase. Tyler llorando con un sonido que jam谩s le hab铆a escuchado. Jason golpeando algo una y otra vez. Brett pidiendo, en voz baja, que pararan. Estaban cerca. Suficientemente cerca para que yo supiera que segu铆an vivos… y para que ellos, tal vez, me oyeran a m铆.

Vino el suero. Era extra帽o, cada aplicaci贸n quemaba y sent铆a como tras cada dosis una parte de mi se hac铆a papilla desde el interior. No sabr铆a decir exactamente que hac铆a pero tras unos minutos con un dolor intenso mi cuerpo y mente ya no eran los mismos. Por lo que me explicaron el suero solo te quita la capacidad de negarte. El cuerpo escucha. La cabeza puede gritar todo lo que quiera; los m煤sculos igual obedecen. Es como si pusieran 3 sesiones de hipnosis en una botella y luego te lo inyectaran por las venas para hacerte susceptible a recibir 贸rdenes.

Los d铆as siguientes se convirtieron en una rutina de quiebre.

D铆a uno

Me desataron lo justo para ponerme de rodillas. Un hombre que no conoc铆a me sujet贸 el pelo y me abri贸 la boca. Cuando intent茅 morder, el suero hizo que la mand铆bula se aflojara. Me usaron la garganta hasta el fondo. Cada vez que me atragantaba, esperaban un segundo y segu铆an. Al terminar me giraron hacia una c谩mara en la esquina.

—Di: “Que se joda mi equipo”.

Apret茅 los labios. Negu茅 con la cabeza una, dos, tres veces. Intent茅 escupir, apartar la cara, cerrar la boca con toda la fuerza que me quedaba. El suero empuj贸 desde dentro. Sent铆 c贸mo la mand铆bula se aflojaba otra vez, c贸mo la lengua se mov铆a sin mi permiso. Forceje茅 hasta que me temblaron los hombros. Al final las palabras salieron igual, rotas, entre dientes:

—Que… se joda… mi equipo.

D铆a dos

Me apoyaron a un lado de la cama. Me hicieron doblegarme mientras usaba unas pocas prendas para cubrir mi cuerpo. En ese momento un hombre negro que me superaba en tama帽o y fuerza restrego su pene contra mi trasero expuesto. Entraron sin casi prepararme. El dolor fue blanco. Grit茅. El cuerpo, traidor, no puede contener sus gemidos, aquel hombre termin贸 empujando mi cuerpo hacia atr谩s buscando un ritmo que yo no quer铆a. Me usaron hasta que se corrieron dentro varias veces. Despu茅s, otra vez la c谩mara.

—Di: “Me encanta tu verga, dame m谩s”.

Cerr茅 los ojos. Apret茅 la mand铆bula hasta que me dolieron los dientes. Intent茅 pensar en otra cosa, en cualquier cosa. El suero no negociaba. Sent铆 el empuj贸n interno. Forceje茅 contra las correas, mov铆 la cabeza de un lado a otro, solt茅 un sonido gutural de pura rabia. No sirvi贸. Las palabras salieron arrastradas, entrecortadas:

—Me… encanta… tu verga… dame… m谩s.

D铆a tres

Dos hombres. Uno por delante y otro por detr谩s. Me doblaron sobre la misma camilla y me llenaron hasta que no pude pensar. Cada embestida sacaba sonidos de mi garganta que ya no reconoc铆a. Cuando terminaron me obligaron a mirar a la c谩mara con la cara hecha un desastre.

—Di: “No me importan. Nunca me importaron”.

Esta vez resist铆 m谩s. Sacud铆 la cabeza con violencia, solt茅 un “no” ronco una y otra vez, intent茅 morder mi propia lengua para no hablar. El suero fue m谩s lento, m谩s pesado, como si disfrutara el forcejeo. Me temblaba todo el cuerpo cuando por fin las palabras se abrieron paso:

—No… me importan… nunca… me importaron.

D铆a cuatro y cinco

Me usaron de pie, contra el muro, en cuatro, de rodillas. Cada posici贸n ven铆a con una frase nueva. “Soy una puta.” “Mi equipo puede pudrirse.” “F贸llame m谩s duro.”

Cada una me la arrancaron igual. Apretaba los labios hasta hacerse sangre, negaba con la cabeza, soltaba sonidos de rabia y de asco. El suero esperaba. Despu茅s empujaba. Y las frases sal铆an igual, m谩s rotas cada vez, m谩s humillantes porque se notaba la pelea.

El cuerpo ya no era m铆o. Pecho pesado. Cintura estrecha. Entre las piernas solo una abertura sensible que se humedec铆a incluso cuando yo solo sent铆a asco. El placer traicionero aparec铆a sin permiso. Cada vez que el cuerpo se corr铆a yo odiaba un poco m谩s lo que estaba quedando de m铆.


El d铆a de la subasta me sacaron de la habitaci贸n blanca. Me lavaron, me depilaron, me maquillaron. Me pusieron un vestido blanco corto que no escond铆a nada. Me llevaron por un pasillo alfombrado hasta una sala amplia con luces c谩lidas y asientos de terciopelo. Olor a perfume caro y dinero viejo.

Hab铆a hombres de traje, copas en la mano, conversaciones bajas. Y en la primera fila, separados del resto, estaban ellos cuatro.

Marcus. Tyler. Jason. Brett.

Ya no ten铆an el cuerpo con el que hab铆amos planeado el golpe, eran mujeres tambi茅n pero los ojos segu铆an siendo los mismos. Y en esos ojos solo hab铆a odio y una l谩stima fr铆a. Me miraron como se mira a alguien que te empuj贸 al vac铆o y despu茅s se qued贸 observando.

El presentador, traje gris, sonrisa profesional, se adelant贸.

—Caballeros, el lote principal de esta noche. Para demostrar la calidad de este lote, aqui tenemos una l铆der. Convertida. Obediente. Entrenada. Y, como tendr谩n oportunidad de comprobar, plenamente consciente de lo que hizo con su propio equipo. Fue ah铆 que colocaron frente a todos un video editado con las grabaciones de aquellas palabras que me obligaron a decir estos 煤ltimos d铆as.

Me empujaron al centro de la tarima. Intent茅 hablar. Intent茅 gritarles que los videos eran mentira, que nunca los hab铆a vendido, que cada frase me la hab铆an arrancado a la fuerza. La boca se abri贸… y no sali贸 nada de eso. El suero no lo permiti贸. Solo un sonido ahogado, in煤til.

El presentador se coloc贸 a mi lado y, sin ning煤n pudor, se baj贸 la bragueta frente a toda la sala.

—Demostraci贸n en vivo. De rodillas.

Me arrodill茅.

Apret茅 los labios un segundo. Un 煤ltimo intento in煤til.

Despu茅s abr铆 la boca y sent铆 el peso de su verga sobre la lengua.

Mientras lo chupaba, pude ver de reojo a mi equipo. Marcus ten铆a la mand铆bula apretada. Tyler miraba hacia otro lado. Jason no parpadeaba. Brett, el que hab铆a tra铆do la carpeta, ten铆a una expresi贸n que mezclaba asco y algo parecido al alivio de por fin tener a alguien a quien culpar.

El presentador puso una mano sobre mi cabeza y, con la misma voz tranquila con la que se subasta un cuadro, anunci贸:

—Que empiece la subasta.

La casa nunca hab铆a vendido antig眉edades.

Vend铆a ladrones.

Los atra铆a con golpes demasiado perfectos, los capturaba, los transformaba y los ofrec铆a como doncellas obedientes a quien pudiera pagar.

A ellos los vendieron esa misma noche.

A m铆 me dejaron.


Ep铆logo

Las pantallas se encienden todas las noches a la misma hora.

Marcus aparece primero. Ya no tiene el cuerpo con el que forzaba puertas. Pechos pesados, cintura estrecha, muslos abiertos. Un hombre mayor lo embiste desde atr谩s mientras 茅l mira a c谩mara con los ojos vidriosos y dice, entre gemidos agudos:

—Derek… hijo de puta… nos vendiste… nos trajiste aqu铆… ah… m谩s duro…

Tyler sale despu茅s. Llorando. Montando a alguien. La voz quebrada, femenina, mientras se corre y escupe:

—Est煤pido maric贸n… siempre supe que nos ibas a joder… m茅temela toda…

Jason y Brett aparecen juntos en la misma cama, enredados con dos tipos. Se turnan para mirar a c谩mara mientras los follan. Llaman a Derek traidor. Traidor. Hijo de puta. Cada insulto sale entre gemidos reales, h煤medos, de cuerpos que ya no intentan resistirse.

No son montajes.

No hay edici贸n.

Son ellos. Genuinos. Rotos. Odi谩ndolo mientras los usan.

Y yo los miro todas las noches desde el suelo de la misma habitaci贸n blanca donde me convirtieron.

A ellos los vendieron.

A m铆 me dejaron.

La mascota. La putita personal de la casa de subastas.

El suero sigue ah铆.

Y Derek Holt ya no manda en nada.

Fin.

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