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TG October: Día 28 - Hotel

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Zack Litt cursaba el último año de administración hotelera. No tenía un círculo cercano de amigos ni pareja. Desde los dieciséis años había decidido que su camino sería el mismo que el de su padre: el hotel. No cualquier hotel. El más exclusivo de la ciudad. Uno de esos edificios de cristal y mármol donde las suites costaban lo que un sueldo mensual de clase media, con piscinas climatizadas en las azoteas, salas de juegos privadas, spas de mármol blanco y personal disponible las veinticuatro horas. Su padre era el gerente. El dueño solo aparecía un par de veces al año, pero su palabra era ley.

Zack admiraba a su padre con una devoción casi infantil. Cuando su madre los abandonó, el hombre no se quebró. Trabajó hasta convertir el hotel en su vida entera. Zack creció entre pasillos alfombrados y carros de servicio. En cuanto tuvo edad legal empezó a ayudar: primero en lavandería, después en recepción de turnos menores, finalmente en servicio a habitaciones. El dinero extra le pagaba los libros y parte de la matrícula. Nunca se quejó. Era el precio de seguir los pasos del único modelo que había tenido.

Aquella tarde de octubre el dueño envió un comunicado interno. Habría una gran fiesta de Halloween y quería tematizar todo el hotel. No solo el lobby o el salón principal, como en años anteriores. Cada pasillo, cada elevador, cada restaurante, cada rincón visible debía respirar la festividad. El plazo era de tres días. El personal entró en modo de crisis. Zack corrió de un piso a otro cargando cajas de calabazas de plástico, guirnaldas negras, luces LED de colores enfermizos y decoraciones que pesaban más de lo que parecían. Trabajaron hasta altas horas. Terminaron exhaustos la noche del 30.

Cuando ya creían que solo restaba volver a la rutina, llegó un segundo comunicado. Todos los empleados debían presentarse disfrazados el día 31. Adjuntaban la ubicación de una bodega con los trajes asignados según el puesto. El padre de Zack recibió un traje de Drácula impecable: capa negra con forro rojo, chaleco, camisa blanca, colmillos postizos. Resultaba imponente. Cuando le entregaron a Zack su paquete, el contenido lo dejó mirando el suelo durante varios segundos: un vestido negro corto de tirantes, una peluca negra con una mechón blanco frontal, medias opacas, botas de plataforma bajas y una capa pequeña con cuello alto.

Lo entendió al instante.

Si el gerente era Drácula, el hijo debía ser Mavis.

Protestó en la oficina de su padre. Dijo que no pensaba ponerse aquello, que era ridículo, que los huéspedes se reirían. Su padre, cansado y con ojeras, solo le contestó que el dueño había sido explícito: cualquiera que se negara quedaría fuera del hotel de forma inmediata. Zack miró el paquete otra vez. Aceptó en silencio.


El 31 de octubre empezó antes del amanecer.

Zack se encerró en el vestidor del personal y se puso el disfraz con movimientos mecánicos. La peluca le cayó con una naturalidad que le irritó. El vestido se ajustó a su cintura demasiado fácil. Años de turnos tempranos, comidas irregulares y poco ejercicio habían dejado su cuerpo más pequeño y delgado que el de la mayoría de los chicos de su edad. La tela negra marcaba una silueta que no quería reconocer. Cuando se miró en el espejo de cuerpo completo sintió un calor de vergüenza subirle por el cuello. Parecía una versión barata, pero convincente, de Mavis Drácula.

El turno de servicio a habitaciones fue un ejercicio de humillación constante. Cada vez que tocaba una puerta y decía “servicio a la habitación” con aquella voz que intentaba mantener grave, recibía una de tres reacciones: risa abierta, una mirada de lástima rápida, o —las peores— el silencio pesado de ciertos huéspedes mayores y ricos que lo recorrían de arriba abajo sin disimulo. Uno de ellos, un hombre de traje oscuro y reloj demasiado caro, le pidió que entrara a dejar la bandeja “más adentro”. Zack lo hizo lo más rápido que pudo y salió sin mirarlo a la cara.

Para las nueve de la noche los pies le ardían y la peluca le picaba el cuero cabelludo. La fiesta en el salón principal ya era un estruendo sordo que se filtraba incluso hasta los pisos altos. A las diez el volumen subió de golpe. El bajo retumbaba en el pecho. Los gritos y las carcajadas borrachas llenaban los pasillos cada vez que alguien abría una puerta. Zack caminaba hacia la habitación 1407, su última de la noche, con la bandeja de cortesía en las manos y la certeza de que solo quería terminar, quitarse aquel disfraz y dormir.

Fue entonces cuando llegó el sonido.

No formaba parte de la música. Era una frecuencia distinta: aguda y profunda al mismo tiempo, un zumbido que pareció atravesar las paredes, el suelo y los huesos. Zack se detuvo en medio del pasillo, soltó la bandeja y se tapó los oídos. El sonido no venía de fuera. Parecía originarse dentro de su cabeza. Durante varios segundos el mundo se redujo a esa vibración imposible.

Cuando cesó, algo había cambiado.

El pecho se sentía más pesado. Cada paso hacía que la tela del vestido rozara una piel demasiado sensible. La peluca ya no le picaba; se sentía como si fuera su propio cabello. La cintura del vestido, que antes le quedaba un poco suelta, ahora se ceñía con precisión. Bajó la mirada y vio el escote más pronunciado, la suave curva de unos pechos que no estaban ahí minutos antes. Las caderas empujaban la tela. Entre las piernas había una ausencia extraña y una humedad que no debería existir. Intentó tocarse la cara y notó pómulos más altos, labios un poco más llenos. La voz con la que maldijo en voz baja salió aguda, dulce, completamente ajena.

Para cuando llegó frente a la puerta de la 1407 ya no era un chico disfrazado de Mavis.

Era una versión casi perfecta de ella.

Intentó llamar a su padre. No había señal. Intentó escribir a recepción. El mensaje quedó en “enviando”. Durante casi diez minutos el hotel entero pareció desconectado del mundo exterior. Cuando la música volvió, Zack —o lo que ahora era— decidió terminar el turno y después buscar respuestas. Levantó una mano que ya no reconocía del todo y tocó la puerta.


Según el registro, la 1407 pertenecía a los Guberth, un matrimonio de casi cincuenta años. Lo que encontró al abrir no coincidía en nada.

Sobre la cama estaba un hombre de unos treinta años, atlético, vestido con un traje negro ajustado de Spider-Man con el simbionte. En una silla junto a la ventana, completamente noqueada, desnuda de la cintura para abajo y con una expresión todavía distorsionada por el placer, había una mujer de cabello desordenado y maquillaje corrido. Zack abrió la boca para gritar o preguntar. El hombre se levantó de un salto, le cubrió la boca con una mano grande y lo empujó contra la pared de la entrada.

En el instante en que la piel ajena tocó sus labios nuevos, una corriente de placer absurdo le recorrió la columna. Calor. Euforia. Una necesidad inmediata y vergonzosa de abrirse, de bajarse, de pedir que lo tocaran más. Forcejeó. Intentó apartar la mano. El cuerpo no colaboró: se reblandeció, se humedeció entre las piernas de forma escandalosa y soltó un gemido ahogado contra la palma del desconocido.

—Por fin llega el plato principal —dijo el hombre con voz ronca, mirándolo de arriba abajo—. El imbécil de mi marido quería saber qué se sentía ser mujer… y se rompió ahí en la silla. A ver si la vampira aguanta un poco más.

Zack intentó hablar. La voz que salió fue dulce y temblorosa.

—Esto no está bien, señor. Debo irme. Todavía estoy en turno…

El hombre soltó una risa corta, lo tomó del brazo y lo lanzó sobre la cama sin ningún esfuerzo. Zack rebotó contra el colchón y sintió cómo el vestido se le subía hasta la cintura.

—Te irás cuando yo diga, zorra. Pagué demasiado por esta noche y pienso divertirme.

Zack conectó los datos demasiado tarde. El registro hablaba de un matrimonio mayor. Ahora el hombre que lo sujetaba se refería a sí mismo como “ella” y llamaba “marido” a la mujer inconsciente de la silla. Antes de que pudiera formular una pregunta coherente, el traje negro le arrancó el vestido de un solo tirón. Debajo solo quedó una ropa interior negra y húmeda que Zack jamás se había puesto… y una vagina completamente formada, ya empapada, que latía con cada latido de su corazón acelerado.

El hombre lo giró a cuatro patas.

Se colocó detrás.

Empujó.

La verga gruesa entró de un solo movimiento. Zack gritó. El dolor se mezcló de inmediato con una oleada de placer químico que le nubló la visión. Era su primera vez. Nunca había tenido relaciones sexuales, y las estaba teniendo como mujer, en el cuerpo de un personaje de dibujos animados, debajo de un desconocido que gemía y lo llamaba puta mientras lo embestía con fuerza. Intentó aferrarse a la rabia, a la confusión, a la certeza de que algo imposible había ocurrido en todo el hotel. El cuerpo no le hizo caso. Cada embestida le arrancaba sonidos más agudos, más necesitados. Las manos se cerraron sobre las sábanas. Las rodillas se abrieron más solas. En algún momento dejó de pensar en escapar. Empezó a empujar hacia atrás. Empezó a pedir más.

—¿Sra. Guberth…? —logró articular entre jadeos.

—Sí —contestó el hombre, acelerando, sujetándolo de las caderas con fuerza—. Di mi nombre, zorra. Más fuerte.

Zack lo dijo.

Y después lo repitió.

Y después solo gimió mientras el placer lo atravesaba una y otra vez, borrando cualquier resto de la persona que había entrado en aquella habitación con una bandeja de cortesía.


Treinta minutos después la puerta se abrió sin previo aviso.

El padre de Zack, todavía con el disfraz de Drácula a medio ajustar y la capa revuelta, apareció en el umbral con el rostro tenso por la urgencia. La expresión se le congeló. Su hijo —o lo que ahora era su hijo— cabalgaba la verga del desconocido con las piernas abiertas, el vestido hecho jirones a un lado de la cama, los pechos rebotando a cada movimiento y la boca abierta en un gemido continuo y roto.

—¡Zack! —la voz le salió estrangulada—. Rápido, tenemos que irnos de aquí. Ahora.

La cabeza de Mavis se giró hacia la puerta. Los ojos estaban nublados de placer, las mejillas sonrojadas, el cabello negro y el mechón blanco pegados a la frente por el sudor. La voz que salió fue dulce, casi profesional, con el tono exacto de alguien que todavía cree estar cumpliendo con su trabajo:

—Hola, papi.

Estoy dando un servicio a la habitación.

¿Podrías volver luego? Estoy trabajando…

tal vez veinte minutos más…

agh…

treinta minutos más…

Y volvió a mover las caderas, sin dejar de mirar a su padre mientras el hombre debajo de ella soltaba una carcajada baja, le agarraba la cintura con más fuerza y mientras ella era quien se movia por voluntad propia al tiempo que también miraba a los ojos a su padre.

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