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TG October: D铆a 13 - videojuego

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El dolor de cabeza fue lo primero.

Un latido sordo y profundo que le atravesaba el cr谩neo como si alguien le hubiera clavado un hierro caliente detr谩s de los ojos. Leo intent贸 abrirlos y la luz le golpe贸 con una intensidad artificial, demasiado limpia, demasiado perfecta. El cielo sobre 茅l no era cielo: era una c煤pula de azul saturado con nubes que se mov铆an en bucle. El suelo bajo su espalda ten铆a la textura de metal pintado de blanco y rosa.

Intent贸 incorporarse y el peso lo traicion贸.

Hab铆a algo pesado en el pecho. Dos curvas firmes que tiraban hacia abajo cuando se movi贸. Baj贸 la mirada y vio el traje caracter铆stico: blanco y azul, el escote pronunciado, el emblema rosa del conejito justo en el centro. Las manos que apoy贸 en el suelo eran m谩s peque帽as, con u帽as perfectas. Entre las piernas solo hab铆a una suave protuberancia cubierta por la tela ajustada del traje.

No era su cuerpo.

El p谩nico le subi贸 a la garganta, pero la voz que sali贸 fue aguda, casi infantil:

—¿Qu茅…?

Se toc贸 la cara. Piel suave, labios m谩s gruesos, pelo casta帽o largo que le ca铆a sobre los hombros. Sab铆a exactamente qu茅 aspecto ten铆a. Hab铆a visto ese rostro cientos de veces en pantallas, en posters, en el escritorio de…

Kai.

El nombre le golpe贸 la memoria como un segundo impacto.

Intent贸 recordar. Las im谩genes llegaron a trompicones, desordenadas:

Kai en su taller, rodeado de pantallas y cables, hablando sin parar de inteligencia artificial y de c贸mo alg煤n d铆a conseguir铆a compactar suficiente poder de c贸mputo para crear una compa帽era real.

Kai mostr谩ndole bocetos y modelos 3D de D.Va, el personaje con el que estaba obsesionado desde la universidad.

Kai llam谩ndolo una tarde con la voz temblando de emoci贸n:

“Lo logr茅. Ven. Ahora.”

Leo recordaba haber conducido hasta el laboratorio improvisado en el s贸tano del edificio de Kai. Recordaba la m谩quina enorme, el casco de interfaz neural, la sonrisa nerviosa de su amigo. Recordaba el olor a ozono y el zumbido creciente…

Despu茅s, la explosi贸n.

O al menos eso cre铆a haber sentido.

Ahora estaba aqu铆. En un mundo que gritaba “falso” por cada textura demasiado limpia, por cada sombra perfecta, por la ausencia total de viento real. Y ocupaba el cuerpo exacto de la mujer que Kai hab铆a intentado construir durante a帽os.

Se puso de pie con torpeza. El traje se le pegaba a la piel nueva de una forma obscena. Cada paso hac铆a que los pechos se movieran y que una sensibilidad desconocida le recorriera el bajo vientre.

—Kai… —susurr贸, y la voz de D.Va sali贸 temblando—. ¿Qu茅 me hiciste?

Solo el eco artificial le respondi贸.

El mundo digital estaba vac铆o.

El sonido lleg贸 de repente: un zumbido suave, como el de un portal abri茅ndose.

Leo se gir贸. A pocos metros, el aire se distorsion贸 y de 茅l emergi贸 una figura familiar. Al principio no la reconoci贸 del todo. El avatar era humano, s铆, pero m谩s alto, m谩s definido, con una chaqueta negra que no recordaba haberle visto nunca a Kai. Hasta que habl贸.

—Tranquilo. Todo est谩 bajo control.

Era la voz de Kai. Inconfundible.

—¿Kai? ¿Qu茅 carajos es esto? ¿D贸nde estoy? ¿Por qu茅… por qu茅 tengo este cuerpo?

Kai levant贸 ambas manos en un gesto calmado, casi paternal.

—Hubo un accidente en el laboratorio. La sobrecarga fue mayor de lo que calcul茅. Tu cuerpo f铆sico qued贸… da帽ado. Para salvarte tuve que transferir tu conciencia aqu铆, a uno de los entornos de entrenamiento que usaba con la IA. Es temporal. Tengo un plan para sacarte.

Leo abri贸 la boca para seguir preguntando, pero no tuvo tiempo.

Kai levant贸 dos dedos y susurr贸 un comando corto.

Los trajes de ambos se desvanecieron como humo digital.

Leo baj贸 la mirada y sinti贸 el aire fr铆o (o la simulaci贸n de aire fr铆o) contra la piel desnuda. Pechos redondos y firmes, vientre plano, y entre las piernas una abertura suave y rosada que no deber铆a existir. El p谩nico le subi贸 otra vez a la garganta.

—¡Kai, qu茅 mierda haces!

Kai no respondi贸 con palabras. Otro comando invisible recorri贸 el c贸digo del mundo. El cuerpo de Leo se movi贸 solo. Las rodillas se doblaron, la espalda se arque贸 y las manos se apoyaron en una baranda para no caerse. Qued贸 expuesto en mitad de la plaza digital, el culo levantado bajo el sol artificial.

—No te alteres —dijo Kai mientras se colocaba detr谩s—. Es parte del protocolo de estabilizaci贸n. Tu mente necesita anclarse al avatar o el traslado se corrompe.

Leo intent贸 gatear hacia adelante, intent贸 cerrar las piernas, intent贸 gritarle que se detuviera. Nada respondi贸. El cuerpo de D.Va obedec铆a a otro due帽o.

Sinti贸 la punta caliente presionar contra su entrada nueva. Un segundo despu茅s Kai empuj贸 hasta el fondo de un solo movimiento.

El grito que sali贸 de la garganta de Leo fue agudo, roto, completamente femenino. El dolor y una oleada absurda de placer se mezclaron. Cada embestida hac铆a que los pechos rebotaran y que un calor traicionero le subiera por la columna. Intent贸 morderse el labio, intent贸 quedarse en silencio, pero los gemidos se le escapaban igual.

—Mira… hasta tu avatar sabe lo que necesita —murmur贸 Kai, agarr谩ndole las caderas con fuerza.

Leo lo insult贸 entre jadeos. Lo llam贸 enfermo, traidor, hijo de puta. Kai solo aceler贸 el ritmo. Cuando por fin se corri贸 dentro, caliente y profundo, Leo tembl贸 con un orgasmo que le arranc贸 un sollozo.

Kai se retir贸. El semen digital le escurri贸 por los muslos. Un segundo despu茅s el avatar de Kai empez贸 a pixelarse.

—Tengo tiempo limitado. Vuelvo pronto. No te asustes… estoy trabajando en ello.

Y desapareci贸.

Leo se qued贸 en el suelo, todav铆a en cuatro patas, el cuerpo temblando y el semen ficticio corriendo por su piel nueva. El sol artificial segu铆a brillando como si nada hubiera pasado.

Estaba solo otra vez, desnudo, lleno y sin ninguna respuesta real.

El tiempo dentro del mundo digital no ten铆a sentido.

No hab铆a hambre real. No hab铆a sed. Solo una soledad densa que se pegaba a la piel como humedad. Leo camin贸 durante lo que sinti贸 horas por calles vac铆as, plazas perfectas y edificios que se repet铆an en bucle. El traje de D.Va hab铆a vuelto a materializarse solo, ajustado y brillante, pero 茅l sab铆a lo que hab铆a debajo. Cada paso le recordaba el peso de los pechos y la sensibilidad extra帽a entre las piernas.

Cuando lleg贸 la “noche”, el cielo se ti帽贸 de un violeta artificial y las luces de la ciudad se encendieron todas a la vez. Leo se acurruc贸 contra una pared y cerr贸 los ojos. El cuerpo no necesitaba dormir, pero la mente s铆. Y en esa semioscuridad empez贸 a notar el cosquilleo. Un hormigueo bajo en los pechos. Una pulsaci贸n suave e insistente entre los labios. Como si el avatar tuviera necesidades propias.

Al d铆a siguiente (o lo que el sistema decid铆a llamar d铆a) fue igual.

Soledad.

Silencio.

Y ese antojo raro de algo salado que no sab铆a c贸mo satisfacer.

Cuando la segunda noche cay贸, el portal se abri贸 otra vez.

Esta vez el avatar de Kai era distinto: m谩s grande, m谩s ancho, con una silueta que apenas parec铆a humana. Piel oscura, hombros imposibles, una verga ya dura y gruesa colgando entre las piernas. No dijo ni una palabra. Simplemente levant贸 dos dedos.

El cuerpo de Leo se gir贸 solo. Las rodillas tocaron el suelo. La espalda se arque贸. El traje desapareci贸 otra vez.

Kai se coloc贸 detr谩s y entr贸 de un solo empuj贸n.

No hubo explicaciones. No hubo “protocolo de estabilizaci贸n”. Solo embestidas profundas y constantes, el sonido h煤medo de piel contra piel digital, y los gemidos que Leo ya no pod铆a contener. Esta vez el cuerpo se doblegaba con m谩s facilidad. Cada embestida arrancaba un sonido m谩s alto, m谩s entregado. Cuando Kai se corri贸 y desapareci贸 otra vez, Leo se qued贸 temblando en el suelo, el semen escurri茅ndole por los muslos, odi谩ndose por lo r谩pido que hab铆a llegado al orgasmo.

Los d铆as siguientes se convirtieron en una rutina cruel.

Kai aparec铆a con avatares distintos: a veces humanos, a veces monstruosos, a veces directamente copiados de otros personajes del juego. Siempre sin avisar. Siempre con el mismo resultado. El cuerpo de Leo se pon铆a en la posici贸n que el comando ordenaba —de rodillas, contra la pared, mont谩ndolo a horcajadas— y aceptaba lo que viniera. Al principio segu铆a insultando. Despu茅s solo gem铆a. Despu茅s… empez贸 a esperar el sonido del portal.

La soledad entre visitas era peor que las violaciones.

Empez贸 a hablar solo. Empez贸 a tocarse por las “noches” cuando el cosquilleo se volv铆a insoportable. Empez贸 a preguntarle a Kai, cada vez que aparec铆a, c贸mo iba el arreglo, c贸mo estaba su cuerpo real, cu谩nto tiempo faltaba. Kai respond铆a con vaguedades y despu茅s lo usaba otra vez.

Leo dej贸 de llevar la cuenta de los ciclos de d铆a y noche.

Dej贸 de intentar escapar de los comandos.

Dej贸 de pelear contra los gemidos.

Se convirti贸 en algo que esperaba la pr贸xima conexi贸n con una mezcla de miedo y necesidad. Una mu帽eca digital que ya no preguntaba “por qu茅”… solo “cu谩ndo vuelves”.

Y el bosque de c贸digo segu铆a girando, indiferente, mientras el entrenamiento continuaba.

No sab铆a cu谩nto tiempo hab铆a pasado.

Pod铆an haber sido semanas. Pod铆an haber sido meses. Dentro del mundo digital los d铆as se repet铆an sin peso y la 煤nica marca real eran las visitas de Kai. Cada una lo dejaba un poco m谩s vac铆o y un poco m谩s acostumbrado. Ya no gritaba cuando el portal se abr铆a. Solo se quedaba quieto, esperando el comando, sintiendo c贸mo el cuerpo de D.Va se preparaba solo.

Esa vez Kai apareci贸 con su avatar humano original. Se acerc贸 sin prisa, le levant贸 la barbilla y sonri贸.

—Buenas noticias.

Leo (o lo que quedaba de 茅l dentro de ese cuerpo) levant贸 la vista con algo parecido a esperanza.

—¿Ya… ya puedo volver?

—Tu cuerpo real est谩 listo —confirm贸 Kai—. El proceso termin贸. En la vida real solo han pasado un par de semanas, aunque aqu铆 se sienta mucho m谩s. Voy a traerte de vuelta ahora.

El alivio fue tan intenso que a Leo se le aflojaron las rodillas. Por un segundo recuper贸 claridad: el deseo real de volver a su propio cuerpo, a sus propias manos, a su propia voz. Asinti贸 con fuerza.

—Hazlo. Por favor.

Kai levant贸 dos dedos. El mundo digital se disolvi贸 en luz blanca.

El despertar fue distinto.

Ya no hab铆a cielo artificial ni metal rosa bajo la espalda. Hab铆a un colch贸n real, s谩banas reales y el olor a desinfectante y electr贸nicos de siempre. Leo abri贸 los ojos esperando ver el techo del laboratorio… y se encontr贸 con un cuerpo que no era el suyo.

Se incorpor贸 de golpe.

Los pechos pesaron exactamente igual que en el juego. El pelo le cay贸 sobre los hombros. Baj贸 la mirada y vio el mismo escote, la misma curva de cintura, las mismas piernas. Estaba desnudo. Completamente. Y entre las piernas solo hab铆a una abertura suave y sensible que se contrajo cuando el aire fr铆o la roz贸.

No era un avatar.

Era real.

—¿Qu茅…?

Kai estaba sentado en una silla al lado de la cama, mir谩ndolo con una sonrisa tranquila, casi orgullosa. En una de las pantallas del laboratorio se ve铆a la imagen que Leo no quer铆a procesar: su cuerpo anterior, ahora femenino, conectado a una m谩quina que empujaba un dildo grueso dentro y fuera de 茅l con ritmo constante. El mismo ritmo que hab铆a sentido durante semanas en el mundo digital.

—Bienvenido de vuelta —dijo Kai.

Leo intent贸 levantarse. Las piernas le temblaron. La voz que sali贸 fue la de D.Va, pero esta vez sal铆a de una garganta de carne y sangre.

—¿Qu茅 me hiciste? ¡Devu茅lveme mi cuerpo!

Kai se rio bajito, se levant贸 y camin贸 hasta la orilla de la cama.

—Tu cuerpo est谩 exactamente como lo necesito.

Ahora te explico el resto.

Kai se sent贸 en el borde de la cama y habl贸 con la misma calma con la que antes explicaba sus proyectos de inteligencia artificial.

—Mi investigaci贸n estaba estancada. La tecnolog铆a actual no permite compactar suficiente poder de c贸mputo para crear una IA consciente del tama帽o de un cerebro humano. Entonces se me ocurri贸 algo m谩s simple: en lugar de construir una mente desde cero… usar una que ya existiera.

Se帽al贸 el pecho de Leo, los pechos reales que sub铆an y bajaban con cada respiraci贸n agitada.

—Tu cerebro es la computadora m谩s avanzada que pod铆a conseguir. El “accidente” fue controlado. La explosi贸n solo te noque贸. Mientras estabas inconsciente te administr茅 el c贸ctel hormonal y los bloqueadores necesarios. Cambiar el cuerpo fue la parte f谩cil. Lo dif铆cil era la mente.

Kai desliz贸 una mano por el muslo de Leo y este sinti贸 un escalofr铆o traicionero.

—Por eso te met铆 en el entorno de entrenamiento de D.Va. Cada d铆a que pasaste ah铆, cada vez que te foll茅, cada comando que obedeciste… estaba condicionando tu respuesta. Ense帽谩ndole a tu mente a aceptar este cuerpo. A necesitarlo. A necesitarme.

En la pantalla del laboratorio la m谩quina segu铆a empujando el dildo dentro del cuerpo femenino que una vez hab铆a sido de Leo. El mismo ritmo. El mismo 谩ngulo.

—Todo este tiempo estuviste siendo entrenado en dos capas a la vez: cuerpo y mente. Para convertirte en la novia perfecta.

Leo sinti贸 n谩useas. Quiso golpearlo, quiso gritar, quiso arrancarse la piel. Pero cuando intent贸 moverse, el cuerpo solo tembl贸. Kai levant贸 dos dedos exactamente igual que en el mundo digital y la voz de Leo se le atragant贸.

—De rodillas. En la cama. Cuatro puntos.

El cuerpo obedeci贸 antes de que la mente pudiera pelear. Leo se encontr贸 en cuatro patas sobre el colch贸n, el culo levantado, la cara contra las s谩banas. El rechazo le quemaba la garganta… y debajo de ese rechazo una humedad caliente ya le corr铆a por los muslos.

Kai se coloc贸 detr谩s, rompi贸 lo poco que quedaba del traje de D.Va con las manos y entr贸 de un solo empuj贸n real.

Esta vez no hab铆a c贸digo. No hab铆a simulaci贸n. Solo carne, calor y la verga de su mejor amigo abri茅ndolo hasta el fondo. Leo intent贸 resistirse. Intent贸 cerrar la boca. Kai se inclin贸 sobre su espalda y susurr贸 contra su o铆do:

—No te reprimas.

La orden fue suficiente.

Los gemidos salieron rotos, agudos, completamente femeninos. Cada embestida hac铆a que los pechos rebotaran contra el colch贸n y que un placer brutal le subiera por la columna. Leo odiaba cada sonido que sal铆a de su garganta… y al mismo tiempo el cuerpo ped铆a m谩s, se empujaba hacia atr谩s, se abr铆a con desesperaci贸n.

—Mira c贸mo te has adaptado —gru帽贸 Kai, agarr谩ndole la cintura—. Semanas de entrenamiento. Ya ni pelea de verdad.

Cuando Kai se corri贸 dentro, caliente y espeso, Leo se corri贸 tambi茅n, temblando, con un sollozo que era mitad rabia y mitad rendici贸n. Kai lo dej贸 caer sobre la cama, todav铆a dentro, y le acarici贸 el pelo con una falsedad casi cari帽osa.

Despu茅s se retir贸, se puso de pie junto a la cama y se帽al贸 su propia verga, brillante de semen y de los fluidos de Leo.

—L铆mpiame.

Leo se arrastr贸 hasta el borde del colch贸n. Abri贸 la boca. El sabor lo llen贸 por completo: salado, amargo, suyo. Mientras pasaba la lengua y los labios alrededor del miembro de Kai, una certeza fr铆a y definitiva se le instal贸 en el pecho.

Su mente ya no le pertenec铆a.

Su cuerpo tampoco.

Y lo m谩s aterrador de todo…

era que, mientras saboreaba la verga de su mejor amigo, una parte de 茅l —la parte que el entrenamiento hab铆a cultivado durante semanas— solo pod铆a pensar en que la vida no es un videojuego, se siente mucho mejor.

Fin.

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