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TG October: Día 9 - Reliquia

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Gwen había sido ama de casa durante los últimos tres años.

Casada con Greg, madre de una bebé de ocho meses llamada Mandy, y con una carrera de Filosofía que nunca llegó a ejercer. Amaba a su familia, pero por las noches, cuando la casa por fin se silenciaba, sentía que se le había escapado algo. Libertad. Fiestas. La posibilidad de despertar en una ciudad desconocida sin tener que explicarle a nadie dónde estaba.

Su mejor amigo de toda la vida, Dylan, era exactamente lo contrario: empresario exitoso, soltero empedernido, con más dinero del que podía gastar y cero ataduras. Una tarde, mientras se quejaba en su sofá, Dylan sacó una extraña estatuilla de piedra que había comprado en una subasta. Según el vendedor, concedía deseos.

Gwen la sostuvo entre las manos y, casi en broma, pidió poder salir a donde quisiera sin que importara nada.

El deseo se cumplió de la forma más literal posible.

Cuando abrió los ojos, estaba en el cuerpo de Dylan. Alto, fuerte, con la cuenta bancaria de un playboy y sin nadie que le exigiera volver a casa. Dylan, por su parte, se había quedado en su cuerpo cuidando a Mandy. Llegaron a un acuerdo: un mes. Ella disfrutaría de su libertad. Él cuidaría de la bebé. Después usarían la estatuilla otra vez y cada uno volvería a su vida.

Gwen no perdió el tiempo.

Esa misma noche reservó un vuelo a Lisboa, se llevó la estatuilla por “seguridad” y dejó atrás todo lo que había sido. Las primeras setenta y dos horas fueron un delirio de hoteles caros, ropa que nunca se habría comprado y bares donde nadie sabía su nombre. Bailó hasta el amanecer. Bebió lo que quiso. Besó a quien le dio la gana. Por fin estaba viviendo exactamente como siempre había fantaseado.

La tercera noche entró en un bar del barrio alto. Música alta, luces rojas, gente hermosa. Fue entonces cuando los vio: dos hombres ebrios acorralando a una chica contra la pared. Ella intentaba sonreír para no escalar la situación, pero el miedo era evidente.

Gwen sintió una rabia antigua. Cuántas veces había visto escenas parecidas y no había podido hacer nada.

Ahora sí podía.

Se acercó, apoyó una mano en el hombro del más pesado y sonrió con la arrogancia natural del cuerpo de Dylan.

—Creo que la señorita no está interesada.

El tipo se giró, listo para pelear. Gwen no le dio tiempo. Sacó la estatuilla, la cerró en el puño y murmuró:

—Ojalá estos dos supieran lo que se siente estar en su lugar.

La piedra se calentó.

Los dos hombres se doblaron. Sus cuerpos se encogieron, se suavizaron, se curvaron. En segundos, donde había dos tipos corpulentos ahora había dos mujeres desorientadas, con la ropa hecha un desastre y la cara de puro pánico. La chica que molestaban aprovechó para escapar corriendo.

Gwen les dio una palmada suave en la mejilla a cada una y habló con voz baja:

—Lección número uno: a veces el universo devuelve lo que das.

Disfruten la noche, chicas.

Volvió a la barra mientras ellas todavía intentaban entender por qué de pronto les pesaban los pechos.

Sonrió contra el vaso de whisky.

Esto apenas empezaba.

El mes casi terminaba y Gwen seguía sin querer mirar el calendario.

Lisboa se había convertido en su territorio. Conocía los bares, las terrazas, los callejones oscuros donde era más fácil usar la estatuilla sin testigos. Ya había perdido la cuenta de cuántos hombres había transformado. Algunos solo por molestar a una mujer. Otros simplemente porque le caían mal. Unos cuantos porque le apetecía llevarse una nueva juguete al hotel.

La estatuilla estaba hecha un desastre de grietas, pero ella seguía sin prestarse verdadera atención.

Hasta esa noche.

Estaba en la azotea de un edificio privado, con una de sus últimas creaciones de rodillas frente a ella, cuando decidió pedir un deseo más. Algo más grande. Más permanente. Quiso que el cuerpo de Dylan le perteneciera de verdad, sin límite de tiempo.

La piedra se calentó… y después se partió en dos con un crujido seco.

Los trozos cayeron a sus pies.

Gwen se quedó mirándolos en silencio. La mujer transformada levantó la vista, confusa, pero ella ya no la estaba prestando atención. Se agachó, recogió las dos mitades y las juntó como si pudiera arreglarlas con voluntad. No pasó nada.

Por primera vez en semanas sintió miedo real.

Podía huir. Tenía el dinero de Dylan, las tarjetas, el pasaporte. Podía desaparecer en cualquier ciudad de Europa y empezar de cero. Nadie la encontraría.

Pero entonces pensó en Dylan.

Dylan, que había aceptado quedarse en su cuerpo cuidando a Mandy. Dylan, que confiaba en que al final del mes volverían a cambiar. Dylan, que era lo más cercano a un hermano que había tenido en la vida.

No podía dejarlo así.

Al día siguiente hizo la maleta. Canceló la suite. Se subió a un avión de regreso con las dos mitades de la estatuilla en el bolsillo del abrigo y un nudo en el estómago.

En el aeropuerto de su ciudad, mientras esperaba el equipaje, escuchó una voz familiar.

—¿Gwen?

Se giró. Greg estaba a pocos metros, con una maleta de mano y cara de pocos amigos. Se quedó mirándola (mirando el cuerpo de Dylan) con el ceño fruncido.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Greg—. Se supone que estás en Lisboa… o donde sea que dijeras que ibas.

Gwen sintió un escalofrío. Todavía no sabía que Greg había vuelto antes de tiempo a la casa.

—¿No se supone que tú estabas de viaje de negocios hasta el final de mes? —respondió con la voz de Dylan, intentando sonar casual.

Greg soltó una risa amarga.

—Se canceló. Uno de los miembros de la junta… no sé, tuvo un ataque de nervios o algo. Empezó a hablar con voz de mujer y a decir que le habían crecido pechos. Un desastre. Tuvimos que suspender todo y volver.

Gwen sintió que la sangre se le iba a los pies. Recordaba perfectamente a ese hombre. Lo había transformado en un baño de hotel casi a principio de mes porque le había parecido un prepotente.

Greg la miró con sospecha un segundo más, luego negó con la cabeza.

—Como sea. Voy al trabajo. Nos vemos en otra ocasión.

Se marchó arrastrando la maleta.

Gwen se quedó quieta en medio de la terminal, con las dos mitades de la estatuilla quemándole el bolsillo.

Ya no había forma de volver atrás.

Y lo peor…

es que ahora tenía que ir a casa y mirar a Dylan a la cara.

Cuando Gwen abrió la puerta de su propia casa, Dylan ya estaba en la cocina.

Mandy golpeaba la bandeja de la trona con una cuchara. Sobre la mesa había dos cosas: una prueba de embarazo con dos rayas rosadas… y nada más. Dylan la miró en silencio, con el cuerpo de ella, y habló primero:

—Gwen… tenemos un problema.

Ella sacó las dos mitades rotas de la estatuilla y las dejó caer junto a la prueba.

—Dylan… tenemos un problema.

Se miraron. Las frases habían salido al mismo tiempo.

Gwen tragó saliva.

—Se me rompió. Anoche. Intenté… pedí demasiado y se partió. Ya no funciona.

Dylan señaló la prueba de embarazo con la barbilla.

—Greg llegó a la semana. Me folló casi todas las noches. Como le gusta a él.

Y al parecer… funcionó.

El silencio fue total.

Gwen miró la prueba.

Dylan miró los trozos de piedra.

Los dos entendieron exactamente la misma cosa al mismo tiempo:

Ella había destruido la única forma de volver.

Él estaba embarazado del marido de su mejor amiga.

Ninguno ofreció una solución.

Ninguno dijo “lo siento”.

Solo bajaron la mirada a la mesa y hablaron al unísono, con la misma voz de derrota absoluta:

—Carajo.

Fin.

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