La luz del mediodía entraba torcida entre las cortinas del hotel.
Javi abrió los ojos con la boca pastosa y un dolor de cabeza que le golpeaba al ritmo de una canción que todavía le sonaba dentro del cráneo. Lo primero que notó fue el calor de otro cuerpo pegado al suyo. Lo segundo fue que ese cuerpo no tenía el pecho plano.
Se incorporó de golpe.
A su lado, Toni dormía boca abajo, el pelo más largo de lo normal esparcido sobre la almohada. Cuando Javi le tocó el hombro, Toni gruñó y se giró… y dos pechos suaves se movieron con el gesto. Abrió los ojos, los entrecerró por la resaca y después los abrió de par en par.
Hubo un silencio muy largo.
—Javi… —dijo con una voz más aguda de lo normal—. ¿Por qué tengo tetas?
Javi se pasó las manos por la cara.
—Yo qué sé, tío. Yo qué coño sé.
Los dos se quedaron sentados en la cama, desnudos de cintura para arriba, mirándose como si el otro fuera un error del universo. La habitación olía a alcohol, a sexo y a esa resaca espesa que deja la noche cuando se le da demasiado fuerte al karaoke.
—¿Qué recuerdas? —preguntó Toni al fin, cruzándose de brazos sobre el pecho de forma torpe.
Javi entrecerró los ojos, buscando entre la niebla.
—Llegamos con Mónica y una amiga. Pedimos la primera botella. Tú subiste a cantar esa de siempre que desafinas… la de “Me rehúso”. Yo me partía de risa. Después más alcohol. Retos. Cada vez que alguien elegía una canción cursi, chupito. Cada vez que alguien se pasaba de dramático, otro.
—Las chicas se cabrearon —añadió Toni—. Mónica dijo que éramos unos patéticos. Se fueron. Y nosotros… seguimos.
Javi asintió despacio.
—Sí. Pedimos otra botella. Y entonces pusiste tú esa canción. La de siempre. La que pones cuando estás demasiado borracho.
Toni frunció el ceño.
—¿Cuál?
—“Cómo te atreves”. La de Carlos Rivera. La cantaste completo. Hasta el falsete final. Y después… no sé. La pusiste otra vez. Y otra. Como si no quisieras que parara.
Toni se quedó callado un segundo. La melodía le dio un tirón en la memoria, borroso pero real.
—La estuvimos escuchando en bucle —murmuró—. En el local… y después aquí. En la habitación. La tenías puesta en el móvil mientras… mientras pasaba lo que fuera que pasó.
Javi se levantó, todavía en calzoncillos, y buscó entre la ropa tirada. Encontró los dos móviles. El suyo estaba muerto. El de Toni todavía tenía batería.
—A lo mejor hay algo.
Desbloqueó el teléfono de Toni y abrió la galería. Solo había un vídeo reciente. La miniatura ya era suficiente para que a los dos se les helara la sangre. Javi tragó saliva y le dio a play.
El vídeo empezó con la cámara temblando. De fondo, clara y distorsionada por los altavoces del móvil, sonaba exactamente esa canción: Cómo te atreves. La misma que habían estado escuchando toda la noche.
En la imagen se veía a Javi, completamente desnudo, embistiendo con fuerza a alguien que estaba en cuatro patas sobre la cama. Ese alguien tenía el cuerpo de una mujer: caderas anchas, pechos moviéndose al ritmo, pelo pegado al sudor. Y la voz que salía de esa boca era la de Toni, aguda y rota de placer, cantando a medias la letra entre gemidos:
—Cómo te atreves… aah… más fuerte… joder, Javi… no pares…
El Toni del vídeo empujaba el culo hacia atrás para encontrar cada embestida mientras la canción seguía sonando sin piedad. Javi le agarraba los pechos y le hablaba sucio, y el otro solo pedía más, mezclando la letra con súplicas.
El vídeo duraba casi doce minutos. Cuando terminó, el silencio en la habitación fue absoluto. Solo se oía la respiración de los dos.
Toni fue el primero en hablar. Su voz salió baja:
—Ahora… ahora sí recuerdo.
Javi se pasó una mano por el pelo, sin mirarlo.
—Toni, yo… joder, perdona. Estaba demasiado borracho, la canción esa, el alcohol… no quería…
—No te disculpes —lo cortó Toni, todavía mirando la pantalla en negro—. De verdad. No hace falta.
Hubo otra pausa. Toni se mordió el labio y habló sin levantar la vista:
—Tenemos que buscar la forma de volver. Esto no puede quedarse así.
Javi asintió enseguida, demasiado rápido.
—Sí. Claro. Buscamos. Tiene que haber algo.
Toni asintió también. Se levantó de la cama con el cuerpo nuevo todavía torpe y empezó a recoger la ropa del suelo. Mientras se vestía, la melodía de Cómo te atreves le seguía dando vueltas en la cabeza, mezclada con la sensación de las manos de su amigo en las caderas y la forma en que había suplicado en el vídeo.
No dijo nada.
No iba a decirlo.
Solo guardó el móvil en el bolsillo y pensó, con una claridad que le asustó un poco:
Primero fingimos que queremos volver.
Después… ya veremos.
Porque la canción seguía sonando dentro de su cabeza.
Y esta vez no quería que parara.
Fin.
Comments
Post a Comment