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TG October: Día 10 - Corona

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August Spiere II nació solo dos minutos después que su hermano gemelo.

Esos dos minutos le costaron el trono.

Desde que tuvo uso de razón, August creyó que el destino se había burlado de él. Era más inteligente, más disciplinado, más ambicioso. Mientras su hermano mayor se limitaba a cumplir con las apariencias, August se formaba en estrategia, esgrima, política y administración del reino. Coleccionaba logros como otros coleccionaban medallas. Pero nada de eso importaba. La ley del primogénito era sagrada. Él siempre sería el segundo.

La rabia se le metió en los huesos.

Aprendió a sonreír en público y a odiar en privado. Se rodeó de seguidores leales, de consejeros que susurraban que él hubiera sido mejor rey, de soldados que preferían sus órdenes a las de su hermano. Nada cambió. Seguía siendo el príncipe de más. El que nunca heredaría.

Hasta que su padre, el rey de Spiere, lo llamó a su despacho una mañana de otoño.

—Te casarás con la primogénita del reino de Moles —dijo sin rodeos—. El rey está gravemente enfermo y no tiene heredero varón. Esta unión te convertirá en su sucesor.

August sintió cómo la sangre le golpeaba las sienes.

Por fin.

No le importó que fuera un matrimonio arreglado. No le importó que apenas conociera el nombre de la princesa. Solo vio el camino directo al poder que siempre le habían negado. Asintió con una calma que no sentía y salió del despacho con la certeza de que, esta vez, el destino no iba a escapársele.

El reino de Moles era más pequeño que Spiere, pero rico en recursos y estratégicamente ubicado. August llegó con una comitiva imponente, decidido a impresionar desde el primer momento.

La princesa Elara lo recibió en los jardines del castillo.

Era exactamente como se la habían descrito: delicada, de piel pálida, movimientos suaves y voz baja. Una doncella perfecta. Hablaban con facilidad. Ella escuchaba con atención genuina, reía en los momentos correctos y bajaba la mirada con modestia cuando él hablaba de sus logros. August se sintió en control. Esta mujer no sería un obstáculo. Sería una herramienta.

Los consejeros, sin embargo, lo tomaron aparte esa misma noche.

—Su Alteza debe saber algo —dijo el más anciano—. La princesa padece una enfermedad de la mente. Puede caer en la locura en cualquier momento. Todo el reino lo sabe. Por eso la urgencia de este matrimonio. Necesitan un rey fuerte antes de que ella… deje de ser útil.

August sonrió por dentro.

Todavía mejor. Una esposa frágil y potencialmente loca sería fácil de manejar. Podría gobernar sin interferencias y, si ella desaparecía en la demencia, nadie cuestionaría su autoridad absoluta.

La ceremonia fue masiva. Digna de dos reinos. Cuando el sacerdote los declaró unidos y la corona de Moles se posó sobre la cabeza de August, sintió por primera vez en su vida que el peso del poder le pertenecía.

Era rey.

Y esa misma noche pensaba reclamar lo que le correspondía.

Los aposentos de la princesa olían a jazmín y cera de abeja.

August entró con paso firme, ya sin la capa ceremonial. Elara lo esperaba de pie junto a la cama, todavía con el vestido de novia, las manos cruzadas frente a sí. Él se acercó, decidido a no perder tiempo. Quería un heredero lo antes posible, mientras ella aún estuviera lúcida.

—Siéntate un momento —dijo ella con suavidad.

La orden lo sorprendió. Por un segundo casi se rio. Después notó que su voz no temblaba.

—Elara…

—Siéntate.

Había algo en su tono que no admitía discusión. August, más por curiosidad que por obediencia, se sentó en el borde de la cama. Ella se acercó, se arrodilló frente a él y tomó sus manos entre las suyas. Sus ojos, que siempre habían parecido dóciles, ahora brillaban con una inteligencia fría.

Empezó a pronunciar palabras en una lengua que August no reconoció. Una lengua muerta. El aire de la habitación se espesó. Un frío imposible le recorrió la espalda.

Después el mundo se torció.

Cuando August abrió los ojos, estaba mirando su propio cuerpo desde abajo.

Elara —ahora en su cuerpo de hombre, alto, fuerte, entrenado— se puso de pie con una sonrisa lenta y satisfecha. Miró sus nuevas manos, flexionó los dedos y soltó una risa baja.

—Por fin.

August intentó levantarse y casi cae. El cuerpo que ahora ocupaba era ligero, frágil, sin la fuerza que había pasado años construyendo. Su voz salió aguda, temblorosa:

—¿Qué… qué has hecho?

Elara (en su cuerpo) se acercó y le acarició la mejilla con una condescendencia casi cariñosa.

—Lo mismo que tú habrías hecho si hubieras tenido la oportunidad. Tomar lo que me negaron por nacer mujer.

Llevo años gobernando este reino desde la sombra de mi padre enfermo. Tomaba las decisiones. Firmaba los decretos. Pero nunca pude sentarme en el trono porque… —hizo un gesto despectivo— soy mujer.

Tú me entendías mejor que nadie. También te negaron el poder por dos minutos estúpidos. Por eso te elegí.

August sintió que la rabia le subía a la garganta, pero el cuerpo no respondía igual. Elara continuó:

—El hechicero real preparó el hechizo hace meses. Permanente. Y el rumor de mi “locura”… eso también fue idea mía. Si intentas contar la verdad, todos pensarán que finalmente perdí la cabeza. Nadie te creerá.

Se inclinó hasta quedar a su altura y sonrió con los labios que antes fueron de August.

—Ahora yo soy el rey.

Y tú… tú serás una reina muy obediente.

August quiso pelear.

Quiso gritar, golpear, recuperar lo que le habían robado. Pero el cuerpo de Elara no tenía la fuerza ni la resistencia que él conocía. Cada movimiento era torpe. Cada intento de imponerse terminaba en frustración.

Elara, en cambio, se movía en su antiguo cuerpo como si siempre hubiera sido suyo. Se quitó la camisa con calma y miró a August (ahora en el cuerpo femenino) con una mezcla de triunfo y hambre.

—Dijiste que querías un heredero esta noche —recordó—. Yo también lo quiero.

Después de todo… será de mi sangre. Y de mi nuevo cuerpo.

Lo que siguió destrozó lo poco que le quedaba de orgullo a August.

Elara lo tomó con la misma determinación con la que él había planeado tomarla a ella. Lo empujó contra los almohadones, lo puso en cuatro y entró en él con un solo empujón profundo. August gritó. El cuerpo femenino era demasiado sensible, demasiado estrecho, demasiado traicionero. Cada embestida le arrancaba sonidos que odiaba soltar. Intentó morderse el labio, intentó quedarse en silencio, pero el placer forzado se le escapaba por la garganta.

—Mírame —ordenó Elara, sujetándole la barbilla—. Quiero que veas quién te está follando.

August abrió los ojos. Vio su propio rostro, su propio cuerpo, usándolo sin piedad. La humillación fue peor que el placer. Y el placer fue peor que la humillación.

Cuando Elara se corrió dentro de él, August temblaba. No solo por el orgasmo que le habían arrancado… sino porque entendió que había perdido de verdad.

Resignado a ser la reina, entendió que ahora estaba a merced de quien se suponía y sería su medio para llegar a la cima. Con temor de que le acusaran de loca si no le resultaba de utilidad, dejó de lado su orgullo y de forma voluntaria se arrodilló, juró lealtad y se dispuso a limpiar su propia verga con su lengua en un acto de sumisión.

Los meses siguientes confirmaron la derrota.

Elara gobernó como rey con una eficiencia brutal. Nadie cuestionó su autoridad. August, en el cuerpo de la antigua princesa, mantuvo la compostura. Sonreía en público. Asistía a las ceremonias. Y cuando el vientre se le redondeó con el primer hijo de su propio cuerpo original, cerró la boca y soportó.

Dio a luz.

Después volvió a quedar embarazada.

Gobernó a su lado… pero nunca como rey.

Como reina.

Y cada vez que Elara lo miraba desde el trono con su antigua cara y le dedicaba una sonrisa privada, August recordaba la lección más cruel de todas:

Había alcanzado el poder.

Solo que ya no era él quien lo disfrutaba, ahora cargaba con otra responsabilidad.

Fin.

Comments

  1. Esta es de mis favoritas hasta ahora en el TG october 🖤

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  2. Una historia increíble. Gracias por traerla.

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  3. Me alegra que les guste, esta también es de mis favoritas

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